Palomos de papel

Manuel Palomo

19 millones y 500 días

Celebrar unos presupuestos así es como brindar con agua del grifo, sonreír para la foto y jurar que todo va bien mientras el barco sigue haciendo agua

El 14 de enero de 2026, Jaén no despertó de resaca tras una gran celebración. Esto no fue una noche de bodas, ni hubo champán ni promesas eternas. Fue, como casi todo aquí, un acuerdo forzado, después de que nos dieron las diez y las once, las doce y la una… hasta que alguien decidió que ya tocaba votar los presupuestos.

Unos presupuestos que no nacen del amor ni del proyecto, sino del aviso serio de Hacienda: corrijan 19 millones o no hay visto bueno. Y se corrigieron. Los famosos 19 millones no representan ilusión ni futuro; representan la pega. El “esto así no” convertido en cifra. Adivina, adivinanza: ¿qué se aprueba sin entusiasmo pero se vende como un logro histórico?

El camino hasta aquí ha sido largo y conocido. El Partido Popular tuvo durante un tiempo al sobrino de Joaquín Sabina como concejal, con dedicación exclusiva y la misión —al menos sobre el papel— de cuadrar las cuentas municipales. Exclusiva era la dedicación; los presupuestos nunca llegaron. Se fue sin dejarlos hechos, cantando lo niego todo y dejando a Jaén esperando en la barra.

Después vino Chema Álvarez, otro intento fallido, otro capítulo del mismo disco rayado. Tampoco hubo cuentas. Jaén siguió navegando sin rumbo,(incluso con ayuda de bravo por la música) como uno de esos peces de ciudad que nadan en aguas turbias, endeudada hasta las branquias y mirando hacia arriba, como en Mi vecino de arriba, preguntándose quién manda aquí y por qué nunca baja a arreglar el desaguisado.

Ha tenido que llegar finalmente el señor Lechuga para lograr que las cuentas salieran adelante. No por audacia ni por épica, sino porque son las únicas que Hacienda ha permitido. Aquí no se ha compuesto una canción; se ha pasado una inspección. Todo en tono menor, sin estribillos, sin solos, sin aplausos.

Jaén es uno de los ayuntamientos más endeudados de España, así que esto no va de brindar, sino de resistir. No estamos en 19 días y 500 noches; estamos en 19 millones y 500 días, que es lo que durarán estos presupuestos antes de que llegue la campaña electoral y alguien vuelva a preguntar ¿quién nos ha robado el mes de abril?

Porque el año que viene, con elecciones municipales, no habrá presupuestos nuevos. Habrá promesas, reproches y mucha lírica de mitin. Luego, otra vez, la prórroga. El clásico.

Así que sí, Jaén tiene presupuestos. No son los ideales, no son ilusionantes y no son una historia de amor. Son un apaño. Y ante eso, este articulista confiesa que le entraron ganas de tirar un ladrillo al escaparate del viejo Banco Hispano Americano. No por rabia, sino por coherencia estética: si esto no es una noche de bodas, al menos que parezca una despedida de soltero mal organizada.

Porque celebrar unos presupuestos así es como brindar con agua del grifo, sonreír para la foto y jurar que todo va bien mientras el barco sigue haciendo agua. Un brindis rápido, sin mirar el saldo, y a otra cosa.

En Jaén, cuando por fin pasa algo, pasa tarde, pasa mal y pasa con permiso. Y aun así, se aplaude. Se aplaude mucho. No vaya a ser que alguien piense que pedimos más.

Y después, con la tranquilidad del deber cumplido, lo negamos todo, volvemos al bulevar de los sueños rotos y esperamos sentados a que alguien nos vuelva a explicar por qué nunca llega abril.

Porque aquí, incluso cuando hay presupuestos, no hay final feliz… solo lo habrá cuando este año veamos los proyectos funcionando. Cuando se le de al botón de las obras que vienen y que vendrán. Y yo estaré en mi calle donde habita la melancolía y el crédito.