Agustín González: Carta a Jaén
El exalcale de Jaén, Agustín González, se despide de la ciudad y sus vecinos en EXTRA JAÉN
Foto: RAMÓN GUIRADO
Agustín González.
Hay ciudades que se recorren. Otras se contemplan. Y existen algunas, muy pocas, que terminan escribiéndose en el corazón de quienes las viven.
No sé si uno elige alguna vez la ciudad a la que ama o si, como ocurre con los grandes libros, es ella quien acaba eligiéndonos.
Mi vida profesional me llevó a vivir en otras ciudades y a trabajar incluso en otros países. Durante mucho tiempo pensé que viajar consistía en descubrir lugares; con los años comprendí, como sugirió Ortega y Gasset al reflexionar sobre nuestra circunstancia, que salir también es una forma de comprender mejor quiénes somos. Cada ciudad me enseñó una manera distinta de resolver los problemas, de cuidar el espacio público, de entender la convivencia o de mirar el futuro. Y confirmé una certeza: viajar sólo merece la pena cuando uno regresa con algo aprendido.
Nunca sentí que aquellos caminos me alejaran de Jaén. Al contrario. Cada ciudad ensanchó mi horizonte; ninguna consiguió mover mis raíces. Amar una ciudad no es afirmar que es perfecta; es negarse a dejar de soñarla.
Entonces comprendí que no era yo quien llevaba siempre a Jaén conmigo. Era Jaén quien me llevaba a mí. Como una brújula silenciosa que nunca deja de señalar el norte.
Por eso hoy no escribo un artículo. Escribo una carta.
Una carta de gratitud a todos los jienenses por haberme concedido el mayor honor que puede recibir un vecino: servir a su ciudad como alcalde.
Ser alcalde es vivir con la ciudad por dentro. Es descubrir que la ciudad también habita los domingos, las noches y los silencios. Quien ha tenido el privilegio de ejercer esa responsabilidad sabe que la ciudad deja de mirar el reloj. Ya no existen horarios, ni festivos, ni una frontera nítida entre la vida pública y la privada. Solo queda la responsabilidad de estar siempre disponible.
Porque la política, cuando merece ese nombre, no consiste solo en gestionar. Consiste en mejorar la vida de las personas, sí, pero también en despertar conciencias. Las ciudades no las construyen únicamente quienes las gobiernan; las hacen grandes quienes las sienten, quienes las cuidan y quienes entienden que el bien común empieza en los pequeños gestos de cada día.
Quizá por eso siempre he creído que la literatura y la filosofía tienen mucho que decir a la vida pública. Nos enseñan a escuchar antes que a responder, a comprender antes que a juzgar y a desconfiar de quienes reducen la complejidad de la vida a un eslogan. Antonio Machado nos dejó una advertencia que hoy sigue siendo necesaria: “sólo el necio confunde valor y precio”. Hay valores —el respeto, la palabra dada, la convivencia o la educación— que nunca deberían cotizar al alza o a la baja.
Vivimos tiempos de demasiada prisa y demasiado ruido. Parece que todo invita a dividir, a etiquetar y a convertir al adversario en enemigo. Yo sigo creyendo justamente lo contrario. Creo en la moderación, en el acuerdo y en esa manera serena de hacer política que Andalucía ha sabido reivindicar y que Juanma Moreno representa con naturalidad. Porque las ciudades avanzan cuando suman inteligencias, no cuando levantan trincheras.
Quiero agradecer de corazón el trabajo de quienes compartieron conmigo la responsabilidad de gobernar. A mi equipo, que siempre estuvo a mi lado y que entregó una parte importante de su vida a esta ciudad. Y también a quienes, desde otras posiciones políticas, trabajaron con el mismo propósito de hacer de Jaén una ciudad mejor. Las diferencias enriquecen la democracia; el respeto la hace posible.
Porque Jaén nunca será patrimonio de un partido ni de un amor exclusivo. Jaén pertenece a todos y para todos.
He aprendido que gobernar es escuchar, que nadie posee toda la razón y que las mejores decisiones nacen cuando se antepone el interés común al interés propio. Y también he aprendido que, en política como en la vida, no siempre es posible ser comprendido de inmediato. Hay decisiones que solo el tiempo termina de explicar. No sé si siempre acerté, pero nunca dejé de actuar con honestidad y con fidelidad a aquello que, en conciencia, consideraba justo.
Solo deseo que Jaén nunca pierda esa capacidad de encontrarse consigo misma. Que siga siendo una ciudad culta, abierta, orgullosa de sus raíces y ambiciosa en sus sueños.
Cervantes puso en boca de don Quijote una frase que atraviesa los siglos: “El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”. Ojalá sigamos leyendo, caminando nuestras calles y aprendiendo unos de otros. Porque las ciudades también se hacen con libros, con conversaciones y con ciudadanos capaces de imaginar un mañana mejor.
Viajar me enseñó a mirar el mundo. Jaén me enseñó a mirar dentro de mí. El camino continúa y seguiré recorriéndolo con la misma curiosidad con la que un día salí y con la convicción de regresar siempre con algo que ofrecer a la tierra que me enseñó quién soy. Porque hay compromisos que no terminan cuando termina un cargo. Simplemente encuentran nuevas maneras de cumplirse.
Quizá por eso esta carta no es una despedida. Es, sencillamente, una forma de dar las gracias.
Gracias por vuestra confianza.
Gracias también por vuestra exigencia, porque me hizo mejor.
Ha sido el mayor honor de mi vida servir a esta tierra. Los cargos pasan, pero el compromiso con Jaén permanecerá siempre.
Con afecto, con gratitud.