Palomos de papel

Manuel Palomo

Del escaño al botiquín (y del botiquín al monte)

En Jaén (y en campaña) el espectáculo siempre viene bien presentado… y con degustación incluida

En la provincia de Jaén, la campaña al Parlamento andaluz ha alcanzado ya ese nivel de sofisticación creativa en el que uno no sabe si está asistiendo a un mitin… o a una mezcla entre consulta médica, aula de ciencias naturales y fiesta de pueblo con orquesta incluida. Porque aquí no se viene solo a prometer: se viene a curar, reciclar y, si hace falta, a animar la verbena.

Por un lado, Catalina García —o “Lina García”, en su versión más cercana y de andar por casa— ha decidido ampliar catálogo sin complejos. De la sanidad al medio ambiente en un giro que no es tanto cambio de área como ampliación de servicios: del botiquín al bosque pasando por caja. Su eslogan podría ser perfectamente: “García: te lo cura, te lo tapa… y si sobra, te lo planta”.

En su etapa sanitaria dominaba el noble arte del vendaje político: cubrir, ajustar y transmitir tranquilidad aunque por dentro la cosa siguiera latiendo y sin cribados. Ahora, en clave medioambiental, la evolución es lógica: donde antes había una gasa, ahora hay un pino; donde había una venda, ahora un plan verde. Todo muy sostenible, todo muy visual… y, sobre todo, todo muy útil para que no se vea demasiado el origen del problema.

Y entre una cosa y otra, planea ese eco de sabiduría popular que nunca falla:
“Sana, sanita, culito de rana…” Aunque aquí la versión extendida podría ser:
“…y si no se cura hoy, mañana lo revisamos entre el quebrantahuesos —con rigor ambiental— o el quebrantavasos, si el asunto se nos va de las manos y acaba en barra de feria”.

Porque en Jaén la política tiene ese punto festivo: un día se debate sobre listas de espera y al siguiente sobre especies protegidas, y al tercero todo puede resolverse con una buena conversación al fresco. Multidisciplinaridad, lo llaman algunos.


En el otro lado del mostrador, Francisco Reyes continúa fiel a su marca de siempre, que ya es casi denominación de origen: “Pipas Reyes”. Un producto clásico, reconocible al primer vistazo, que no necesita campañas agresivas porque forma parte del paisaje. Las pipas están ahí, como han estado siempre: acompañando, entreteniendo, generando esa sensación de continuidad que tranquiliza al consumidor habitual.

Eso sí, como todo producto veterano, tiene su ritual: abrir, pelar, consumir con paciencia. Puede que no sorprenda con sabores nuevos, pero ofrece algo que no se puede comprar fácilmente: costumbre. Y en política, la costumbre es un ingrediente poderoso. Uno empieza con un puñado y, casi sin darse cuenta, ya lleva años con la misma bolsa. A veces con sal, a veces sin, pero siempre reconocible. Y aunque alguno mire la fecha de envasado con curiosidad, lo cierto es que sigue estando en la estantería principal.

Mientras tanto, Benito Morillo mantiene su línea de negocio sin desviarse un milímetro: “Distribuciones Morillo: aquí se reparte”. Nada de eslóganes inspiracionales ni embalaje emocional. Esto es logística pura. Política al por mayor, directa del almacén al votante, sin intermediarios ni adornos innecesarios.

Su propuesta recuerda a esos catálogos industriales donde cada producto tiene su código, su función y su lugar en el inventario. Aquí no se viene a seducir, se viene a cumplir pedidos. Puede que no haya relato, pero sí una cierta honestidad de polígono: lo que ves es lo que hay… y viene en formato palé.

Eso sí, en este modelo siempre queda la duda de si el cliente sabe exactamente qué está pidiendo o si simplemente confía en que el repartidor llegue a tiempo.

Y cerrando esta peculiar feria, Luis García Millán apuesta por el terreno más sensorial: “Gazpacho & Salmorejo García Millán”. Producto local, fresco, con ese aroma a cocina de casa que conecta directamente con la memoria colectiva. Aquí el mensaje entra por el estómago: tomate, aceite, pan y cercanía bien batida.

Su propuesta tiene algo de barra de verano y conversación tranquila: parece sencilla, accesible, casi inevitable en esta tierra. Pero como todo buen gazpacho político, siempre deja una pequeña incógnita: ¿estamos ante receta tradicional, hecha con tiempo y mimo… o ante una versión de campaña, bien triturada y lista para servir en frío?

En cualquier caso, funciona: refresca, entra fácil y deja buen sabor… al menos mientras dura.

Así transcurre esta campaña jiennense, entre botiquines, frutos secos, naves industriales y recetas de toda la vida. Donde el votante ya no es solo ciudadano: es paciente, cliente, distribuidor ocasional y comensal improvisado.

Porque al final, entre gasas que tapan, pipas que acompañan, pedidos que se reparten y gazpachos que se sirven, conviene no perder de vista lo importante:

No todo se cura con un “sana, sanita”…

No todo se mantiene por costumbre…

Y no todo lo que se sirve está recién hecho.

Aunque eso sí, en Jaén —y en campaña— el espectáculo siempre viene bien presentado… y con degustación incluida.