Palomos de papel

Manuel Palomo

La bandera que nos une

la próxima vez que alguien quiera adueñarse de una bandera, quizá convenga recordarle que los colores no entienden de exclusividades

Me enseñaron, desde pequeño, que las banderas no eran solo trozos de tela ondeando al viento, sino sentimientos cosidos con historias. Que cada color, cada franja, tenía detrás una emoción, una memoria, una manera de entender el mundo. Y también me enseñaron algo aún más importante: que ninguna bandera debería servir para separar a quienes, en el fondo, comparten mucho más de lo que creen.

Con los años fui haciendo amigos de todos los sitios y lugares. Y entre risas, cañas y conversaciones largas, cada uno defendía la suya. Que si el amarillo y el rojo, que si esos son los colores de España; que si aquí en Jaén habría que meter el morado, porque también forma parte de nuestra identidad, de lo que somos y sentimos. Y entre tanto debate improvisado, casi sin darnos cuenta, salió una bandera que algunos señalaban rápido: “eso es la República”, decían. Y otros respondían: “eso es lo público”.

Y ahí está la clave.

Porque quizá el error ha sido pensar que los símbolos tienen dueño. Que alguien puede apropiarse de ellos como quien se guarda una silla en la plaza del pueblo. La bandera —cualquiera— no debería ser de unos pocos, ni patrimonio de quienes más gritan o más la agitan. La bandera es de todos. O no es de nadie.

Nos gusta discutir, eso es cierto. Nos encanta ponerle etiquetas a todo, incluso a los colores. Pero qué curioso que, cuando rascas un poco, descubres que detrás de cada postura hay más coincidencias que diferencias. Que quien defiende una bandera también quiere, en el fondo, dignidad, respeto, convivencia. Que quien apuesta por otra, también está hablando de lo mismo, aunque use palabras distintas.

Tal vez deberíamos mirarlo con un poco más de ironía y bastante más alegría. Pensar que, si unimos los colores de unos y otros, no estamos creando conflicto, sino algo nuevo. Algo que nos representa mejor, porque es más amplio, más generoso, más nuestro.

Jaén sabe de eso. De mezclar, de sumar, de hacer de lo diverso una identidad compartida. Aquí nadie es menos por sentir de una manera u otra. Aquí lo importante —o debería serlo— es que cada cual pueda defender lo suyo… sin olvidar lo de todos.

Porque lo público, ese concepto tan manoseado y tan poco entendido a veces, no es una idea abstracta. Es lo que compartimos. Es lo que nos iguala. Es lo que debería estar por encima de cualquier intento de apropiación.

Así que, la próxima vez que alguien quiera adueñarse de una bandera, quizá convenga recordarle —con una sonrisa, si puede ser— que los colores no entienden de exclusividades. Que ondean mejor cuando lo hacen para todos.
Y que, al final, lo importante no es de quién es la bandera, sino para quién se levanta.