Como siempre que llega o pasa un periodo electoral, donde lo primero que hace uno es rezar al dios del voto para que no me toque estar en una mesa todo el santísimo día, antes y después aparecen conversaciones donde cada cual se explaya diciendo esto y lo otro, como queriendo dar lecciones sobre cómo deberían ser las cosas.
La edad va haciendo su trabajo en muchos aspectos en la vida personal de cada persona, llevándonos en determinadas ocasiones por unos caminos u otros. A los 20 te quieres comer el mundo sin haber aprendido a masticar, a los 30 aparecen las primeras cicatrices, a los 40 piensas que ya puedes dar lecciones y a los 50… a empezar de nuevo, pero con la experiencia acumulada ante tantos fracasos. Las vivencias personales y ajenas te explican que vivir es un mejunje de expectativas borradas de un plumazo y de metas conseguidas, más o menos grandes. En mi caso, el camino que llevo andado me ha enseñado de todo. Cosas buenas, malas, regulares y algunas que ni siquiera he querido conseguir. Quizá no por inalcanzables, sino porque, simplemente, no me interesan.
Yo soy de esas personas que ha soltado lastre en muchas ocasiones para aligerar el paso. Estos desechos no son siempre cosas malas para uno, sino pequeñas piedras en el zapato que ni chicha ni limoná. Es más, con toda seguridad retomaré algunas de ellas más adelante. Entre este cierre y apertura de viejas y nuevas ventanas, al final lo que más valor tiene para mí es mi forma de ver la vida, asociado a que, siempre que esté en mi mano, mi avance como persona incluye no dejar a nadie atrás dentro de mis posibilidades. He ayudado y ayudaré siempre a quien me pida un empujoncito para lograr un sueño o una necesidad imperiosa. Básicamente, porque así me enseñaron en mi casa a pasar por la vida.
Esta ha sido mi máxima siempre al «hablar de política», más que nada porque quien se dedica a estos menesteres debería tener grabado a fuego esto mismo. ¿Quién en el espectro político comparte este de vista? Y lo más importante, ¿quién lo demuestra? He llegado a la conclusión de que el mundo se divide en dos grupos y de esta burra no me bajo: buenas y malas personas. Así que voy a tratar de explicar esto y que cada cual se instale en el lugar de la historia que prefiera. Suelo resumirlo con esta frase: «Quien se comporta de forma racional, humilde y sensata cuando nadie lo ve, es buena persona». Son estas personas las que están listas para actuar en nombre del bien común, ese fantasma que hoy día para muchas otras se ha convertido en algo así como «barra libre para todos», justo el argumento de los malos que sus seguidores repiten. ¿Quién presta atención a quién lo está pasando mal, ya sea porque lo han echado de su casa o porque está luchando por unos servicios públicos de calidad para todas? Por lo visto, pocas personas. Esto responde a que los malos han convencido a gran parte de la clase trabajadora de que ese sentimiento de amor al prójimo no es la evolución lógica como personas, sino mantras seguir siendo eso mismo, los malos, muy bien alimentados, dicho sea de paso.
Añadamos también a esa clase media-alta que retoman el pensamiento de que nadie más que ellos se merecen todo. El que no llegue, que se arrastre por las cloacas, que sus impuestos no están para mantener a los pobres. Estas personas abrazaron los colmillos del capitalismo y ahora van de abanderados de la libertad. Que por qué no van a poder ellos alquilar sus pisos al precio que quieran, que no es culpa suya la situación del resto. Que la educación concertada es un «derecho» como la pública. Que lo mejor es un seguro privado para no sufrir las eternas listas de espera de los pobres. ¿Lo veis ya o recurro a Canva?
Los malos tienen bajo control los medios de comunicación en sus territorios, así que olvidaos de contar con la información adecuada para hacer juicios de valor. En un mundo amable, justo y equilibrado, las buenas acciones tendrían un premio y las malas la hoguera. Por desgracia, esas malas acciones se han convertido en el pan nuestro de cada día y ni les hacemos caso. Por ejemplo. Una orden religiosa que alquila más de un centenar de pisos en el centro de Madrid, recientemente ha desahuciado a un pensionista, dejándolo en la calle con una mano delante y otra detrás. Sí, sí, una orden religiosa. En lugar de arder las calles de la capital, miramos para otro lado. También existen cómplices sumisos de los malos que podemos meter en la bolsa de malas personas. En estas historias de sufrimiento, a los que intentan evitar estas injusticias los llaman perroflautas comunistas. Pues bien. ¿Por qué la clase trabajadora ni se inmuta ante estas vivencias tan terribles? Porque la anestesia funciona desde hace tiempo y la maquinaria de la manipulación sabe muy bien qué piezas tocar para convertir a los que buscan el bien de todos en peligrosos. Ah, y porque noticia que no se publica, asunto que no existe.
Pues bien. Esas charlas antes y después de unas elecciones, siempre vienen aderezadas con comentarios ante los que me muerdo la lengua. «El tema de la vivienda está fatal y nadie hace nada por solucionarlo». «Es que mira para cuando me han dado cita para el especialista». «Yo no soy ni de unos ni de otr...». ¡Quieto todo el mundo! Ya sabía yo que esta melodía me sonaba de algo. Aquí somos todos muy sensatos a la hora de pedir, pero parece que solo a algunos. De lo que no hacemos tanta gala es a la hora de reconocer algo tan sencillo como esto: «Cucha que te diga. Que sí, que también es culpa mía que vivienda, sanidad y educación estén como estén porque voto a los que no quieren que todos avancemos juntos». Esperad sentados, queridos y queridas. A esto se le llama sensatez, y de eso andamos más bien cortitos.
De hermosas palabras para quedar bien cuando se está acompañado, está el mundo lleno. De ahí que empezara diciendo que lo importante es lo que hacemos cuando nadie nos mira. Esa es la realidad, no lo que voceamos en los bares. Las palabras no valen nada si no se acompañan de actos consecuentes. Al menos, sed honestos y no intentéis mentir a quienes ya os conocemos, porque lo único que conseguís es agrandar vuestra mala imagen. Quienes lo están pasando mal no esperan nada de vosotros porque saben que vuestro universo es otro, sin cabida para pobres llorones.
Para terminar, me gustaría decir algo que creo haber comentado en varias ocasiones. Hay quien ha llegado lejos en su economía doméstica de manera trabajada y quienes partían con ventaja. Lo malo, es que muchas de esas personas que han conseguido ciertos logros, cambiaron automáticamente de forma de pensar y se creen por encima de quienes, por sus orígenes o desgracias vitales, no han llegado tan lejos en cuanto a posesiones y cuenta bancaria. Despreciar e ignorar a esta gente creyéndose superiores, solo viene a demostrar todo lo que aquí comento.
Las desigualdades socioeconómicas tienen muchos motivos, la mayoría estructurales y ese no querer solucionarlas, pero flaco favor le hacemos a nuestros compatriotas, ahora que parece estar de moda esta prioridad, si nos olvidamos de los que gritan a diario pidiendo ayuda. Ya sé que con muchos no va este tema, pero os aseguro que me haría cambiar de opinión sobre cómo os veo, cómo os vemos. Pero sabemos que esto también os la sopla.