Palomos de papel

Manuel Palomo

La OMS declara plaga de oportunistas

El mar no distingue banderas cuando decide tragarse o infectar un barco

Dicen que las ratas son las primeras en abandonar el barco. Pero viendo el panorama político, las pobres ratas han pedido públicamente que se deje de usar su nombre en vano. Ellas, al menos, tienen dignidad biológica: si el barco se hunde, huyen. Aquí no. Aquí algunos esperan a que entre agua para sacar rédito electoral, convocar tertulias urgentes y posar muy serios delante del naufragio.

Canarias se ha convertido en el gran crucero de la hipocresía internacional. Un lugar donde unos llegan agotados, hambrientos y medio muertos después de jugarse la vida en el Atlántico,( entienda la ironia) mientras otros aprovechan el drama para competir por ver quién parece más duro, más patriota o más indignado en televisión.

Y las ratas observando el espectáculo desde la bodega pensando: “menos mal que nosotros solo transmitíamos peste”.

Porque en China la rata simboliza inteligencia y prosperidad. En la India representa riqueza material. En la política occidental moderna, en cambio, parece simbolizar el comité de campaña permanente. Aquí ya no hay roedores: hay expertos en olfatear votos.

La famosa ratita presumida madrileña aparece perfectamente peinada explicando desde tierra firme cómo deben gestionarse los barcos ajenos. Qué admirable facilidad para hablar del océano sin haberse mareado jamás. Desde ciertos despachos el Atlántico parece una fuente ornamental.

Y luego llegan los gatos que sueñan con ser leones. Rugen delante del micrófono, enseñan la zarpa patriótica y hablan de invasiones como si estuvieran defendiendo Numancia desde un plató con aire acondicionado. Mucho rugido institucional… hasta que hay que mirar a los ojos a un niño tiritando después de cruzar el mar.

El presidente canario intenta mantener la prudencia entre tanto circo flotante, aunque a veces algunas frases salen tan desafortunadas que da la impresión de que un ratón travieso debería haberle mordido el cable del micrófono a tiempo. En política hay silencios que salvan carreras y declaraciones que no las reflota ni Salvamento Marítimo.

Por eso la OMS debería intervenir inmediatamente. No por epidemias clásicas, sino por algo mucho más contagioso: la Plaga Internacional de Oportunistas de Cubierta.
Los síntomas son evidentes: solidaridad solo cuando hay cámaras, humanidad condicionada al sondeo electoral, patriotismo de pulsera, empatía con tarifa plana y ataques de ansiedad cada vez que un pobre llega en barco pero no cuando un millonario extranjero compra media costa en efectivo.

Porque esa es otra maravilla contemporánea: si llegan ricos en yate se llama inversión internacional; si llegan pobres en cayuco se llama crisis migratoria. El mismo mar, distinto bolsillo.



Mientras tanto, las verdaderas ratas siguen dando lecciones morales sin quererlo. No distinguen entre nacionalidades, no preguntan por el PIB y jamás montan una tertulia sobre qué humano merece menos auxilio. Bastante tienen con sobrevivir.

Y quizá ahí está la ironía final de esta historia: los humanos llevamos siglos insultándonos llamándonos ratas, cuando probablemente las ratas serían mucho más solidarias viendo un barco hundirse.
Porque al final todos viajamos en el mismo barco, aunque algunos tengan camarote y otros solo una tabla para flotar.

Y la única conclusión decente entre tanto oportunista, tanto rugido de despacho y tanta bodega llena de discursos vacíos es bastante simple: hay que ayudar a los humanos. A los ricos y a los pobres. A los que llegan en avión y a los que llegan empapados. A los de dentro y a los de fuera. Dentro y fuera de los países de la OMS.

Porque el mar no distingue banderas cuando decide tragarse o infectar un barco.