Andalucía habló ayer. Y como casi siempre ocurre en política, el problema no es escuchar el resultado, sino entenderlo de verdad. Porque sí, el PP ganó las elecciones. Ganó con claridad. Ganó ampliamente. Pero quien quiera reducir lo ocurrido a una simple “victoria incontestable” probablemente está leyendo solo el titular y no la letra pequeña. Y la letra pequeña, en política, suele ser lo más importante.
Juanma Moreno seguirá siendo presidente. Eso parece evidente. Pero también parece evidente algo que hasta hace unas semanas el propio PP daba prácticamente por descontado: Moreno Bonilla ya no puede gobernar solo. Y eso cambia mucho el significado político de la noche.
El objetivo del adelanto electoral no era únicamente ganar. Eso estaba prácticamente asegurado desde hace meses. El verdadero objetivo era reforzar el poder personal del presidente andaluz, ampliar la mayoría absoluta y consolidar la idea de que Andalucía había encontrado por fin una derecha “moderada”, “gestora”, “centrada”, distinta del resto del PP español. Y ese objetivo fracasó.
Porque cuando alguien adelanta elecciones para fortalecerse y acaba dependiendo de Vox, aunque siga siendo el más votado, algo ha salido mal.
Durante años se ha construido alrededor de Moreno Bonilla una imagen política casi quirúrgicamente diseñada: el hombre tranquilo, moderado, razonable, distante del ruido madrileño y alejado de los excesos de otros dirigentes del PP. Una especie de excepción andaluza. El problema es que una cosa es el perfil y otra las políticas reales.
Y quizá parte del electorado andaluz ha empezado a percibir precisamente eso.
Porque por mucho que el tono sea suave, los problemas materiales siguen ahí: deterioro de la sanidad pública, dificultades de acceso a la vivienda, precariedad laboral, privatizaciones encubiertas, infrafinanciación de servicios y una sensación creciente de que Andalucía sigue instalada en un modelo económico débil, dependiente y resignado a competir siempre por abajo.
La gran habilidad política de Moreno ha sido convertir la moderación estética en una forma de blindaje político. Pero las elecciones de ayer indican que ese blindaje empieza a tener grietas.
Aun así, el PP gana. Y eso obliga también a la izquierda a dejar de vivir instalada en el autoengaño.
Porque el PSOE andaluz sufrió algo más que una derrota. Sufrió una confirmación. La confirmación de que ya no es el partido central de Andalucía. Y eso, para quien conozca la historia política de esta tierra, es un terremoto.
Durante décadas, el PSOE no era simplemente una fuerza política dominante. Era casi el paisaje. Una estructura emocional, cultural y territorial. Gobernaba incluso cuando decepcionaba. Hoy eso ha desaparecido.
Y no parece un problema coyuntural. Parece estructural.
El partido lleva años sin proyecto reconocible para Andalucía, sin liderazgo sólido y sin capacidad para conectar con una comunidad que ya no se siente representada por inercias históricas. A eso se suma una candidata mal elegida, sin implantación real ni relato propio, y un contexto nacional donde Pedro Sánchez moviliza mucho rechazo incluso entre antiguos votantes socialistas andaluces.
Pero hay un matiz muy importante. La izquierda no desapareció ayer. De hecho, una parte del electorado progresista sí se movilizó. Solo que decidió hacerlo fuera del PSOE. Y eso probablemente es una de las claves más relevantes de estas elecciones.
Muchos votantes de izquierdas parecen haber confiado más en quienes no gobiernan con el PSOE en Madrid y se presentan como alternativa real al sistema político actual. Hay ahí un mensaje político profundo: una parte de la izquierda quiere frenar a la derecha, sí, pero también quiere dejar de sentirse subordinada a un PSOE que percibe agotado, institucionalizado y demasiado pendiente de sobrevivir.
El crecimiento de otras fuerzas a la izquierda del PSOE demuestra precisamente eso. Existe espacio político. Existe demanda social. Existe descontento. Lo que no existe todavía es suficiente coordinación.
Porque si algo vuelve a demostrar Andalucía es que la división en la izquierda cuesta carísima. Especialmente en un sistema electoral provincial que penaliza brutalmente la fragmentación. Cada candidatura separada puede sentirse moralmente muy pura, muy coherente y muy auténtica. El problema es que los escaños no se reparten por autenticidad, sino por matemáticas.
Mientras tanto, Vox consigue algo extraño: crecer sin parecer avanzar realmente.
Será decisivo. Tendrá influencia. Condicionará al gobierno andaluz. Pero no logra ese gran salto político que buscaba. Más que expandirse por sí mismo, parece alimentarse parcialmente del desgaste del PP por la derecha. Y eso limita bastante su capacidad de convertirse en alternativa hegemónica.
La ultraderecha mantiene presencia, influencia y capacidad de presión. Pero no rompe el tablero.
Y luego está Jaén. Siempre Jaén.
Lo de Jaén Merece Más merece una reflexión bastante más seria de la que algunos dirigentes parecen dispuestos a hacer. Porque culpar al votante suele ser el último refugio de quien no quiere analizar sus propios errores. Y “haberlos, haylos”.
Los partidos provincialistas funcionan mientras representan algo distinto. Mientras parecen incómodos. Mientras transmiten autenticidad y capacidad de confrontar al poder tradicional. El problema llega cuando una parte de sus votantes empieza a percibir que aquello que prometía ser “otra forma de hacer política” acaba convirtiéndose simplemente en otro partido más. Y probablemente eso es lo que ha ocurrido.
No basta con reivindicar Jaén constantemente. No basta con repetir agravios históricos. Andalucía entera está llena de territorios cansados de sentirse olvidados. La diferencia la marca la credibilidad. Y la credibilidad se pierde muy rápido cuando se generan expectativas enormes y después la ciudadanía no percibe cambios reales ni una posición política clara. Cuando se incumplen las promesas, perteneciendo o dando respaldo a gobiernos que las incumplen.
Quizá el golpe electoral de ayer no sea solo una derrota puntual para Jaén Merece Más. Quizá sea el final de un espejismo: el de pensar que cualquier proyecto local puede sobrevivir indefinidamente únicamente sobre el enfado ciudadano, sin que haya de por medio una idea y un proyecto, una estructura social real y capacidad para desarrollarlo. Y, sobre todo, coherencia. Porque el enfado moviliza. Pero no fideliza eternamente.
En el fondo, las elecciones andaluzas dejan una conclusión bastante incómoda para todos: nadie sale completamente reforzado.
El PP gana, pero pierde autonomía.
El PSOE resiste, pero confirma su decadencia.
La izquierda alternativa crece, pero sigue fragmentada.
Vox influye, pero no domina.
Y Jaén Merece Más aprende que protestar es mucho más fácil que consolidar confianza, tras un duro aterrizaje en la realidad.
Quizá por eso el resultado de ayer no cierre nada. Al contrario. Probablemente abre una etapa política mucho más inestable, más fragmentada y más imprevisible de lo que parecía hace apenas unos meses.
Porque a veces una victoria electoral también puede ser una advertencia.