El duende del callejón

Mari Ángeles Solís

Arroz con Pentecostés

Vuelven mis pasos ateridos, abrazados a este olvido que no me suelta porque los recuerdos me atenazan

Es primavera y llueve. Parece llanto. Igual a tantas otras tardes que lloré cobijado en su abrazo de madrastra, de novia infiel que olvida el lugar de la cita con su último amante. Honraré cada fecha de llegada y de despedida. Los días en los que llora el cielo con el recuerdo. Y se oscurece con la ausencia.

Hace tiempo os contaba que le debía una visita a don Miguel. Allá en su Palacio de calle Maestra. Mucho le he hecho esperar pero era menester poner mis recuerdos en su sitio para que no pueda tenderme una emboscada. Es que él es así, brillante, embaucador, insistente en su afán. A pesar de su amor hacia ella, despierta en mí cierta curiosidad. Pues es bien sabido entre todos que doña Teresa, su esposa, le apoya incansable en todos aquellos amoríos que les atan a estas tierras.



Esta vez sí acudí a su llamada. Me recibió, yo no merezco menos, en el mejor de sus salones. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo cuando, tras atravesar la inmensa entrada, un hombre me acompañaba para bajar aquella coqueta escalera de caracol. Cuántos recuerdos vinieron a mi memoria. Acaso, recuerdos de cosas aún no acontecidas. Pero, bien mi pulso sabía, no sé si en vida o en muerte, que yo bajaría esas escaleras millones de veces solo por amor al arte, por amor al quejío de esa mujer que adormece, esta tierra del ronquío.

El largo salón, de hermosos y coloridos azulejos, brillaba más que el sol. En su techo, las vigas de madera mostraban un mundo, hablaban de la historia. Don Miguel me pidió que tomase asiento, todo ello envuelto en su exquisita educación. Y empezó a hablar, a contarme su plan. Quería organizar un gran convite para que asistiese todo el pueblo. Todo a lo grande. Había seleccionado cuidadosamente el lugar. Allá, en un punto rodeado por la Peña de Jaén, Jabalcuz y las Peñas de Castro. A la vez, había ideado una prolongación cercando los Pagos del Río Cuchillo, el Jardín del Obispo y Valparaíso. Cuál era el motivo de aquella fiesta popular, me preguntaba yo mientras escuchaba que relataba sus planes, pletórico. Pronto entendí que su objetivo era celebrar la Pascua del Espíritu Santo. Diseñó una sala con muchas mesas bajo el frescor de la arboleda. Allí habría comida y jarana para todos. Aves, cabritos, corderos. Todo regado con buen vino. Y, tras ello, el baile.

Yo le di el visto bueno a todo aquello pues, siempre, es hermoso celebrar con los demás cualquier acontecimiento que sirva para unirnos. Sólo me pareció excesivo su afán de protagonismo. Además del despliegue de euforia que pretendía se viese antes de la celebración. Quería que todo un cortejo presidido por representantes civiles y eclesiásticos, junto con el pueblo, música y bailes incluidos, llegasen hasta el lugar partiendo de Santa María para luego discurrir por calle Campanas, Puerta de Santa María, Plaza del Mercado, Puerta Barrera, Plaza de San Ildefonso, calle Ancha y Puerta Noguera. Para, desde allí, llegar a su elegido vergel, nuestra Fuente de la Peña. Sin embargo, a pesar de parecerme buena idea todo aquello de la celebración en sí, yo quise advertirle, contarle de mis recuerdos atemporales que posiblemente, algún día, señalarían a aquel lugar como “algo más”  

Cierto que sentía cierto reparo al hablar de estas cuestiones pues, por mi condición de Duende, tenía información que aquel noble señor no debiera conocer en ese momento. Pero yo ya sabía, allí sentado frente a él, en un macizo sillón de madera que llegaría un aciago día, por 1473 en que tras asistir a misa de doce en Santa María, alguien le arrebataría la testa sin más miramientos. Yo aquello no lo podía contar y me hervía la sangre. Tal vez, ese era el motivo por el que había retrasado tanto la visita.

Mientras él me miraba con gesto extraño, yo en medio de aquel inmenso salón vi pasar ante mis ojos siglos de historia aunque mis labios callaran. Sabía que aunque pasado el tiempo él faltase, las gentes seguirían acudiendo a aquel lugar en busca de fiesta. Hasta que en 1588, un señor llamado Sebastián Carrera mandara construir una ermita a los pies del cerro y la encomendaría a Nuestra Señora de la Peña, fundando incluso una Cofradía. Sin embargo, el paso cruel del tiempo arruinó aquella construcción de añeja cantería que servía de refugio espiritual a los labradores en épocas de recolección. Y también fue refugio de algún que otro ermitaño, todo hay que decirlo.

Andando los años, el Deán José Martínez de Mazas arregló todo el lugar para que se convirtiera en lugar de convivencia y recreo. La Fuente de la Peña se convirtió en un lavadero público hasta donde las mujeres llegaban llenando el campo de pureza. También aquello pasó…

El siglo XIX traería sombras golpeando al pueblo con la epidemia del cólera en 1885. Por entonces, un matrimonio mayor de campesinos moraban en el lugar. Cuentan los viejos de aquel tiempo que, en una noche de tormenta, el hombre oyó gritos provenientes del campo. A pesar de la oposición y miedo de su esposa, salió y en un charco encontró un Crucificado. Y se forjó la leyenda. Se construyó una ermita para aquel Cristo. La imagen encontrada entre charcales. Aquello fue un motivo más para que el pueblo siguiera frecuentando el lugar, un espacio para la unión, la convivencia y festejar la vida, por supuesto. Por ello, tal como quiso don Miguel, se siguieron sirviendo banquetes pero esta vez, eran las gentes quienes las elaboraban. Arroz, conejo, verduras y nuestro caldo típico.

Quién le hubiera dicho a don Miguel aquel día que ese lugar sería de veneración para el pueblo, porque el Cristo de la Peña, de Charcales, del Arroz ya había anclado su alma en aquel preciso enclave entre la Peña de Jaén, Jabalcuz y las Peñas de Castro. Es por ello que preferí guardar silencio y dejé que llevara su plan a buen fin.

Al finalizar el día de la celebración, ya anochecido, volvía la cabalgata. Atravesaron la Puerta de Granada hacia el Arco de San Lorenzo. Luego hasta Santo Domingo y San Andrés, haciendo una paradita en la Puerta de Baeza para, por San Pedro, llegar a San Bartolomé y de allá a Palacio. Yo, en aquel momento, me sequé las lágrimas y sentí dolor al notar una mano aprisionando mi garganta. Aún así callé. Algún día tras la misa de doce se cumpliría la triste sentencia del tiempo. Injusta, quizás, pero inevitable.

Vuelven mis pasos ateridos, abrazados a este olvido que no me suelta porque los recuerdos me atenazan. Mirad, ya no llueve. Pero el llanto se sigue deslizando por las piedras porque, cada día que pasa, damos de lado a nuestra historia para convertirnos en vacío. Ojalá todos los domingos de Pentecontés haya arroz con conejo cerca de la Fuente de la Peña en honor del Cristo de Charcales. Una muestra más de nuestra identidad.