Hace muchos siglos que la miramos y sentimos paz. ¿Quién de nosotros no ha pensado, al observarla, “ya estoy en casa”?
Mi amigo que, a pesar de sus circunstancias, amó a la misma mujer que yo, logró con su hazaña que ese símbolo permaneciera en nuestras retinas. Su gesta colmó, no sólo a mi amor, sino a toda esta tierra, de humanidad. No os discuto que pueda llegar a ser un poco ñoño, antiguo, tradicional… pero me gusta la esencia. Este sentimiento de pertenecer a un lugar, de saber dónde está mi sitio: me colma de felicidad.
Acaso, algunos os estáis decepcionando. ¿Creéis que he olvidado mi vena revolucionaria? Desde luego que no. Pero son cosas distintas, porque yo os estoy hablando del alma. De eso que nos sobrepasa cuando ya somos polvo. Os estoy hablando de un infinito que sobrevive, más allá de lo imaginable.
Yo siempre estoy ahí. Velando para que se os respete el derecho a amarla, perderos en sus calles, abrazar su viento, acariciar vuestras raíces. Yo siempre estoy ahí.
Os contaba de mi amigo y sus circunstancias. Valiente mujer la suya. Quiso descubrir un mundo con una sola firma allá en un palacio de la calle Campanas. Y vaya si lo consiguió. Pero aquellos eran otros tiempos. Tiempos de luz y sombra. Él estaba obsesionado con ella, con la que ya me había robado el corazón. Quería entrar un su cuerpo a toda costa. Es por ello que hizo una serie de pactos. Algún día os lo contaré, ahora, sabéis que mi memoria suele estancarse en un tiempo determinado… eso ocurre, a veces. Y, en este instante, me hallo en aquel momento, hace algunos años. Pocos. Fue en el mil doscientos y cuarenta y seis. Lo dicho, pocos. Entonces, Fernando, mi amigo, firmó el pacto más importante: la hizo suya. Febrero terminaba sus días y marzo luchaba por entrometerse con sus vientos violentos.
Cuántas veces el viento ha querido tumbar su espada, el símbolo de su valor. Pero, tanto vosotros como yo, lo hemos evitado, reemplazando su señal. Allá por Santa Catalina, mientras le observaba desde su almena, al saberla suya, Fernando clavó su espada en el pico más alto. Y allá quedó.
Andando el tiempo, en su recuerdo, la madera fue aliada para perpetuar la hazaña. Siempre un soplo de Jabalcuz intentaría rebajarla. Hasta que, finalmente, hicimos de ella algo sólido, fuerte como el cemento. Y hoy ya no entendemos esta tierra sin su silueta en el horizonte. La que tantos pintores han inmortalizado, la que tantos poetas han cantado. Hasta don Antonio le escribió un exquisito Soneto que perdura aún grabado en piedra, como una cicatriz… “con la excelsa cabeza abriendo el cielo y con los brazos abarcando el mundo”. Ay, este corazón descompasado que se agita con el recuerdo. Siempre os lo digo, leed a nuestros poetas: es el mejor tributo que podemos hacernos a nosotros mismos.
Hemos de agradecer que las monjas franciscanas clarisas cuidaran durante siglos de aquella bella silueta formada en el cuerpo de ella. Fue ya en 1840 cuando la familia Balguerías se hizo cargo del deseo de mi amigo por mantener el recuerdo de su espada en pie. Y aún la podéis admirar. Símbolo de una hazaña o, como a mí me gusta llamarla, símbolo de nuestra propia identidad. O, acaso, ¿no os vibra la sangre en las venas cuando, venís de lejos, y encontráis su silueta recortando el horizonte?
La belleza alcanza su punto más sublime cuando los ojos que la observan están llenos de amor. El amor. Sin él, nada tendría sentido. Pero hoy me siento viejo de tanto recordar. Vuelvo a mi rincón de Valparaíso. La calle Almenas permanece en silencio. Mientras embriaga mis sentidos el sonido del agua al caer, escucho que don Alonso me interroga, allá en su penumbra, junto al Caño Santo. Yo le digo: “tranquilo, todo está en paz”
En mi duermevela, el tiempo retrocede. Veo frente a mí el palacio que se hiciera mi amigo, cuyos muros son ya un lejano recuerdo. Aún más lejana queda esta historia que ahora os voy a contar. Quiero hacerlo precisamente hoy, pues dentro de poco saldréis a las calles para compartir una de las muchas manifestaciones artísticas que residen en esta tierra. Fernando, en su Palacio de la Plaza Vieja, mandó construir una capilla. Allí se veneró al Señor del Trueno. Aquella imagen del Crucificado que, según la leyenda, se sacó en procesión para acabar una sequía e hizo rugir los cielos. Otrora, el Señor del Trueno fue el Cristo de la Vera Cruz.
Quisiera creer que mis tristes monólogos puedan ayudaros, en algún momento, a recuperar nuestra historia. Yo ya soy viejo y, aunque mi alma eterna no deje de vagar por estas calles, siento miedo a un futuro incierto sin raíces, sin luz, sin esencia. Que todo lo vivido pueda florecer en cualquier plaza. Que no deje de latir este corazón. Empecé a hablaros del alma, de aquello que siempre queda más allá de nosotros mismos. Ya puedo descansar, tengo la conciencia tranquila. A pesar de los siglos, todos recuerdan a mi amigo. Ahora le llaman el Santo. Don Alonso se queja, ea. Quizás esté esperando aún algún reconocimiento. Mientras tanto, esperaré que el horizonte se vuelva a iluminar y marcharé allá, hacia las Peñas de Castro. En fin, otro amanecer que me pilla con los bolsillos vacíos y el corazón sediento de amor por mi tierra. Pronto va a florecer la primavera. Os espero en cualquier esquina. No me dejéis escapar…