El duende del callejón

Mari Ángeles Solís del Río

Estrellas cautivas

En estos días, en los que todo adquiere movimiento, es cuando mi alma más ansía la paz del barrio viejo

En estos días, en los que todo adquiere movimiento, es cuando mi alma más ansía la paz del barrio viejo. Acaricio cada historia de sus sombras, pues más de una vez he creído ver la luz de Belén en el ninfeo donde, tiempo atrás, habitó aquel que convirtió mi amor en sierpe.

No sé qué tendrá este tiempo que tanto incita al recuerdo. A mí me obliga a abandonar Valparaíso y recorrer callejas. Calles tristes, calles de duendes sin rumbo, como yo. Calles donde habitan las almas perdidas…



Y, el andar por estas calles, trae a mi memoria el recuerdo desgastado de aquel extraño amigo. Hace ya tantos años… Nunca, en ningún cielo, pudo verse más dolor que en el cielo de sus ojos.

Su nombre jamás le importó a nadie. Mucho menos, acaso  que su sonrisa: era tan sincera… Vivía en una pequeña plazoleta que presidía una magnífica escultura de un tal Constantino Unghetti. Un artista que debió ser muy famoso, por las cosas tan bonitas que hacía. A los pies de su casa, se hallaba una de sus obras: un zagal acompañado de ese gran amigo del hombre, el perro. A él le gustaba mirarla cuando la noche y el silencio caían por las calles. Siempre le contaron que, antaño, aquella plazuela estuvo llena de bullicio. El Colegio de San Agustín desbordaba de risas y alboroto los días que, a pesar de todo, se sucedían monótonos.

Su vida, a los ojos de todos, era bastante vacía. Pero a él no le importaba que murmuraran. Se hacía llamar “el buscador de estrellas”, pues era su obsesión diaria, recoger todas las estrellas posibles de la calle, alardeando de su belleza. Todos se reían de aquella hazaña pues nunca lograron que se las enseñara. Eso provocó que las burlas de todos cayeran sobre él. Sin embargo, no parecía importarle.

Sus momentos de calma transcurrían envueltos con el olor a azahar de la plaza de San Bartolomé. Las horas muertas se deslizaban entre sus dedos, casi siempre con arañazos. Cuando las viejas entraban en la iglesia, él corría presto a advertirlas de que miraran sus ojos, los ojos de aquel Cristo Expirante. Ojos llenos de sufrimiento. Y, a la vez, ojos llenos de luz. Un tormento que daba refugio en sus noches. “No hay mejor guía ni camino que su mirada mirando al cielo, rogando al cielo, suplicando al cielo… que acabe este dolor”.

Justo al lado de la Hermandad del Trabajo había una taberna. Casi haciendo esquina con Josefa Sevillanos. Calle que miraba de reojo pues allí vivió su gran amor, aquella mujer que un día le abandonó. Y los recuerdos se amontonaban en su mente por las muchas horas que pasaba allí, frente a la taberna. Esperando que el alcohol pariera su milagro. Algunas veces, si ellos tardaban mucho en salir, se recostaba en algún portal de la calle Las Palmas mientras el tiempo pasaba y mientras observaba sus dedos: habían nacido para recoger estrellas, dijeran lo que dijeran los demás. En sus manos, es donde mejor descansaban las estrellas del cielo jaenés.

A las claras, comenzaba siempre el bullicio. Y era la señal de que el alcohol había consumado el milagro que sus dedos esperaban. Los hombres salían con su ebriedad a cuestas y comenzaban las discusiones, las amenazas y los golpes. Las botellas rotas sembraban en la calle un camino inescrutable de cristales rotos. Él quedaba un rato más, hasta que los demás se marchaban. En silencio, mirando desde la calleja. Luego, recorría el sendero  andado. Tras él, la calle quedaba limpia. Y, entonces, se dirigía hacia el Campillejo del Vinagre para hablar, a solas, frente al Cristo de la Amargura, que cada día, amaneciendo, escuchaba el Padrenuestro más sincero del mundo, desde su hermosa hornacina. Cuando el sol se colaba por la espadaña de San Bartolomé, él ya estaba de regreso a casa. Y, mientras las campanas volteaban llamando a la primera misa de la mañana, él ya se encontraba durmiendo, soñando con sus estrellas y con las calles llenas de esperanza.

Sin embargo, una vez, a las claras, los borrachos volvieron al lugar de los hechos para seguir con sus peleas y le encontraron recostado sobre el suelo.

-        Pero, ¿qué hace éste?

-        Estoy recogiendo estrellas, dijo él.

-        ¿Qué dices “sooo tonto”? ¡Si son cristales de botellas!

-        ¡No!. ¡Son estrellas!

Las burlas no se hicieron esperar. Entre risas y achuchones, le pedían que enseñara sus estrellas, mientras las carcajadas clavaban una lanza infame en el Cristo de la Amargura, que desde lejos, sentía caer sus lágrimas. Le empujaban, le empujaban sin piedad. Hasta que, a la fuerza, sacaron una de sus manos de los bolsillos de su abrigo. La mano delgada, huesuda, estaba cubierta de sangre y la sangre se deslizaba. Por querer retener a sus estrellas, las había apretado fuerte entre sus manos, para que no las encontraran, para que no se escaparan…

Al ver la sangre correr, los hombres se asustaron, no pudiendo evitar que los agentes del orden se personaran en el lugar al ser informados de los gritos. Sin embargo, no hubo detenciones. En realidad, no había ocurrido nada. Se quedaron a solas con él y que les contara lo que había ocurrido. Sin faltar a la verdad, dijo que nada, que él solo estaba recogiendo estrellas. Pero se negó a enseñárselas. Ellos se armaron de paciencia y le preguntaron dónde vivía, pues le acompañarían a casa.

A la altura de San Bartolomé se empezó a tambalear. Su único pensamiento era volverse y correr hasta el Campillejo del Vinagre pues el Cristo de la Amargura esperaba un Padrenuestro… y sus palabras. Los agentes le sujetaron. La quietud de los naranjos lanzaba un perfume que embriagada. Él, inconscientemente, sacó una de sus manos de los bolsillos. Los hombres vieron que sangraba. Y, para curarle las heridas, uno de ellos metió sus manos en el agua de la fuente. Y la sangre se diluía, como si fuera un tul de rosas macabras.

Registraron sus bolsillos y sacaron trozos de cristales rotos, ensangrentados… que también tiraron en la taza. Y, al disiparse la sangre, ahora, a las claras, que casi los primeros rayos del sol acariciaban la espadaña. Y la luz se impuso en los trozos, sobre el reflejo del agua… brillaban… más que las estrellas brillaban. Él sonrió levemente. Los agentes estaban confundidos, sin saber qué decir. Más aún, cuando llegó una vieja  casi sin aliento a la plaza asegurando que al pasar por el Campillejo, al Cristo de la Amargura, le brotaban lágrimas.