Sobre nuestras piedras lunares

Manuel Montejo

El problema no es la unidad: es el terreno de juego

En el debate sobre candidaturas unitarias en la izquierda alternativa, se pasa por alto lo esencial: la unidad puede ser necesaria, pero ya no es suficiente

Llevo un tiempo con la sensación de que una parte importante de la izquierda española está discutiendo en un plano que ya no es el decisivo. Mientras se suceden los debates sobre unidad, listas y liderazgos, el terreno real de la competición ha cambiado. Y cuando el terreno cambia, las reglas también. El problema no es tanto cómo se organizan Sumar y Podemos, sino que están intentando hacerlo en un escenario donde cada vez hay menos espacio para que exista algo distinto al PSOE.

Hay algo que resulta cada vez más evidente en la evolución reciente de la estrategia de Pedro Sánchez: cuanto más limitado es su margen de actuación en la política interna, mayor es el peso que adquiere su proyección exterior. No se trata de un giro ideológico, sino de una adaptación bastante pragmática. Sin presupuestos y con dificultades para intervenir sobre los problemas materiales —vivienda, salarios, coste de vida—, el Gobierno ha encontrado fuera un espacio donde todavía puede tomar la iniciativa sin depender de equilibrios parlamentarios inestables.



Pero esto no va solo de agenda. Va de incentivos. En política interior, cada decisión relevante implica costes claros: negociación, cesiones, desgaste y, muchas veces, resultados lentos o invisibles. En política exterior, en cambio, el retorno es más inmediato y mucho más controlable: posicionamientos nítidos, visibilidad mediática y construcción de un relato de liderazgo con menor fricción institucional. Es, en términos políticos, un terreno más eficiente.

La cumbre de Barcelona de este fin de semana es probablemente el mejor ejemplo de todo esto. Durante dos días, la ciudad se ha convertido en un punto de encuentro de líderes progresistas de Europa, América Latina y África, en un intento de articular una respuesta global frente al avance de la ultraderecha. Pero más allá de los contenidos, lo relevante ha sido la imagen: jefes de Estado, referentes internacionales y figuras políticas buscando la foto con Pedro Sánchez, reforzando su papel como uno de los nodos centrales de ese espacio político global.

No es un detalle menor. Es exactamente el tipo de capital político que hoy no se puede construir en el ámbito interno. Mientras dentro las decisiones se bloquean o se diluyen, fuera se proyecta liderazgo, coherencia y capacidad de influencia. Y esa imagen, en política, importa.

El problema es que ese desplazamiento no es neutro. Cuando la política se aleja de lo material, necesita apoyarse más en lo simbólico. Y cuando lo simbólico gana peso, la simplificación se vuelve casi inevitable. El lenguaje cambia: menos explicación, más consigna; menos matiz, más identificación rápida. No ya porque sospechemos, quizás con razón, que los actores políticos “desprecien” al votante, sino simplemente porque el ecosistema comunicativo premia ese tipo de mensajes.

Y eso tiene una consecuencia directa: cambia la forma en la que el votante toma decisiones. Ya no compara programas con el mismo nivel de detalle, sino que responde a marcos generales, a identidades políticas amplias, a percepciones de riesgo. En ese terreno, los matices pesan menos y las diferencias internas dentro de un bloque tienden a diluirse.

Ahí es donde el PSOE parte con ventaja. Porque si el eje del debate se redefine en términos amplios —democracia frente a autoritarismo, estabilidad frente a incertidumbre—, la competición deja de ser horizontal y pasa a ser vertical. No se elige entre varias opciones progresistas, sino entre bloques. Y en ese tipo de elección, el incentivo dominante es concentrar el voto en quien se percibe como más competitivo.

Y es aquí donde, en mi opinión, está el verdadero problema del momento. No es solo organizativo, ni de nombres, ni siquiera de siglas. Es un problema de terreno de juego.

En pleno debate sobre candidaturas unitarias en la izquierda alternativa, se está pasando por alto lo esencial: la unidad puede ser necesaria, pero ya no es suficiente. Porque incluso una candidatura conjunta de Sumar y Podemos seguiría compitiendo en un marco que empuja al votante a simplificar su decisión y a priorizar la opción con mayor probabilidad de victoria.

Y aquí aparece otro problema, más incómodo: la falta de credibilidad del propio proceso. Después de años de rupturas, vetos cruzados y acuerdos que nacen débiles o directamente fracasan, cada nuevo intento de unidad suena menos a proyecto político y más a trámite obligado. Se percibe como el mal menor, no como una propuesta ilusionante.

Mientras tanto, el tiempo político avanza en otra dirección. La conversación pública no está en los detalles de esos acuerdos, ni en sus equilibrios internos, ni en quién ocupa qué lugar en una lista. Está en otra parte. Y esa desconexión se paga. Porque cuando una estrategia no genera expectativa ni sentido de futuro, deja de competir por ampliar su base y pasa, simplemente, a intentar no desaparecer.

Y mientras eso ocurre, la imagen que proyecta el otro lado del tablero es muy distinta, generando un contraste evidente. Frente a una izquierda alternativa atrapada en negociaciones que pocos entienden. que casi nadie cree que vayan a cambiar sustancialmente el resultado y que, sinceramente, fuera de su propio espacio, cada vez interesan menos, el PSOE aparece ocupando el centro del escenario, marcando agenda y acumulando legitimidad simbólica ya que proyecta una imagen de liderazgo reconocible mientras sus competidores más cercanos siguen atrapados en debates absurdos. No es solo una cuestión de comunicación: es una asimetría real de poder político.

Por eso muchas de las discusiones actuales parecen llegar tarde o desarrollarse en el plano equivocado. Se debate sobre la forma —listas, liderazgos, equilibrios internos— cuando el fondo ya ha cambiado. Y ese fondo es un escenario en el que Pedro Sánchez no solo compite con ventaja, sino que además define, en gran medida, las reglas de la competición.

Puede que esta dinámica no sea decisiva en todos los niveles electorales, pero en unas elecciones generales —cada vez más planteadas como una confrontación de bloques— resulta determinante. Y eso deja a la izquierda a la izquierda del PSOE en una posición estructuralmente incómoda: necesita diferenciarse para justificar su existencia, pero esa misma diferenciación reduce su capacidad de captar voto en un contexto de polarización.

La paradoja es evidente: cuanto más necesaria parece la unidad, menos espacio hay para que tenga sentido. Y quizá el problema no sea solo que Pedro Sánchez haya ocupado todo el terreno, sino que nadie construyó uno propio a tiempo. Por eso la pregunta ya no es cómo unirse, sino para qué, cuando la partida parece decidida antes de empezar.