Sobre nuestras piedras lunares

Manuel Montejo

Jaén frente a su memoria: cuando preferimos olvidar

San Eufrasio no es solo patrimonio. Es memoria. Y no una memoria neutral. En sus fosas comunes hay miles de nombres que remiten directamente a la Guerra Civil

Hay lugares que no se abandonan por falta de dinero. Se abandonan por falta de decisión. O peor aún: por exceso de cinismo. En Jaén sabemos mucho de esto: se abandonan lugares y espacios con enorme valor (social, histórico y económico), se abandonan proyectos, se abandonan barrios y calles, etc. Podríamos decir que, en muchos sentidos, se ha abandonado a Jaén y a los propios jiennenses.

Y, sin embargo, en medio de ese abandono, de repente, empiezan a pasar cosas pequeñas pero significativas, de las que producen cambios reales. Gente que se organiza, que se mueve, que pregunta, que incomoda. Así está ocurriendo ahora. Desde hace unas semanas, algunos jiennenses (conocidos y amigos), pocos todavía, han decidido que el Cementerio de San Eufrasio no puede seguir siendo un problema olvidado, otro abandono a sumar en la lista de tanto Patrimonio que sólo existe en la memoria. Están empezando a hacer contactos, a generar conversación, a plantear actos, a empujar. No es aún un movimiento fuerte, ni mucho menos. Pero ya es algo, admirable y de valor. Y en una ciudad como Jaén, eso ya es mucho. Por citar sólo a algunos: gracias, Santi; gracias, José Antonio.



El Cementerio de San Eufrasio no es una ruina cualquiera. No es un espacio degradado más de una ciudad que crece mal y cuida peor. Es, probablemente, uno de los pocos sitios de Jaén donde se puede leer la historia completa de la ciudad sin intermediarios. Sus élites, sus clases populares, sus guerras, sus silencios. Todo está ahí. O, mejor dicho: todo estaba.

Porque lo que hoy tenemos es otra cosa. Un espacio cerrado a medias, parcheado, intervenido a golpes de urgencia, sostenido con discursos grandilocuentes y decisiones mínimas. Un símbolo perfecto de cómo se gestiona el pasado cuando incomoda: se reconoce, se protege… y se deja caer.

Yo no creo que el problema de San Eufrasio sea técnico. Ni siquiera económico. El problema es político. Y, además, es un problema político bastante reconocible: el del doble discurso permanente.

Durante años, tanto el Partido Popular como el PSOE han ido construyendo un relato idéntico desde posiciones opuestas. Cuando están en la oposición, descubren de repente el valor histórico del cementerio, denuncian su abandono, hablan de “memoria”, de “dignidad”, de “deuda con la ciudad”. Exigen inversiones, planes integrales, actuaciones urgentes. Se indignan.

Cuando gobiernan, el tono cambia. Entonces aparece la palabra mágica: “falta de recursos”. El mismo cementerio que era una prioridad moral pasa a ser un problema presupuestario. Se anuncian estudios, fases, intervenciones puntuales. Se actúa, sí, pero siempre lo justo para evitar el colapso definitivo. Nunca para resolver el problema de fondo.

Y así llevamos años.

Recuerdo titulares hablando de millones necesarios para salvar el cementerio. Millones. Como si estuviéramos ante una infraestructura imposible. Como si una ciudad no fuera capaz de priorizar aquello que define lo que es. Porque aquí está la clave: no es que no haya dinero, es que hay otras prioridades.

Siempre las hay.

Hay dinero para eventos, para proyectos de los que se desconoce su utilidad, para aquello que genera foto, titular y rendimiento político rápido. Pero no lo hay —o eso nos dicen— para un espacio que exige continuidad, planificación y una cierta honestidad con la historia.

San Eufrasio no da votos rápidos. No inauguras un cementerio. No cortas una cinta en una restauración compleja que dura años. No es un proyecto “agradecido”. Y eso, en nuestra política local, pesa más de lo que se dice. Pero hay algo más incómodo todavía.

San Eufrasio no es solo patrimonio. Es memoria. Y no una memoria neutral. En sus fosas comunes hay miles de nombres que remiten directamente a la Guerra Civil, a la represión, a un pasado que sigue sin estar del todo resuelto. Y eso introduce un elemento que explica muchas cosas: no todos los patrimonios generan el mismo consenso.

Cuidar una catedral es fácil. Cuidar un cementerio con memoria política es otra cosa.

Por eso el abandono no es solo negligencia. Es también una forma de evitar el conflicto. Se protege formalmente —ahí está la declaración como Bien de Interés Cultural—, pero no se activa realmente. Se mantiene en un estado intermedio: ni se recupera ni se deja desaparecer del todo. Un limbo perfecto.

Mientras tanto, el deterioro avanza. Nichos vacíos, estructuras colapsadas, vegetación descontrolada, zonas cerradas por seguridad. Intervenciones de emergencia que llegan siempre tarde. Y cada cierto tiempo, el mismo ciclo: denuncia, promesa, actuación mínima, olvido.

Y vuelta a empezar.

Lo más llamativo es que el diagnóstico lo comparten todos. Nadie discute el valor del cementerio. Nadie niega su importancia histórica. Nadie cuestiona que es una pieza clave de la ciudad. El consenso es total… en el discurso. En la práctica, no.

Aquí es donde, sinceramente, cuesta no hablar de hipocresía. Porque no estamos ante un problema nuevo, ni desconocido, ni inesperado. Es un deterioro lento, documentado, advertido durante años. Y, aun así, cada gobierno actúa como si lo recibiera por sorpresa. No es verdad. Lo reciben exactamente igual que lo dejaron.

Y eso nos lleva a una pregunta incómoda: ¿qué quiere hacer realmente Jaén con San Eufrasio?

Porque esta es la decisión que nadie termina de tomar. Mantenerlo como está no es una opción neutra: es dejar que el tiempo haga el trabajo. Convertirlo en un espacio de memoria activa exigiría inversión y, sobre todo, un relato claro. Apostar por su valor patrimonial implicaría integrarlo en la ciudad, resignificarlo, hacerlo visitable, explicarlo.

Nada de eso se hace de forma decidida. Se sobrevive. Se mantiene mientras llega lo inevitable: su desaparición sin remedio.

Y mientras tanto, seguimos repitiendo el mismo guion político. Gobierno y oposición intercambiando papeles, utilizando el cementerio como argumento cuando conviene y como excusa cuando toca gestionar. Denunciando lo que uno mismo hará —o no hará— cuando le toque.

A estas alturas, el problema ya no es quién gobierna. El problema es que el modelo es el mismo. Y eso sí que es preocupante.

Porque significa que el abandono no es un accidente. Es una consecuencia.

Yo no creo que San Eufrasio necesite millones. Probablemente sí necesite una inversión importante. Pero lo que seguro necesita es algo mucho más escaso: coherencia. Decidir que es importante de verdad. No en un titular, no en una crítica al rival, sino en la práctica sostenida.

Decidir que la memoria no se gestiona a base de urgencias. Decidir que el patrimonio no es solo lo que luce bien en una foto.

Decidir, en definitiva, que hay cosas que una ciudad no puede permitirse perder sin perderse un poco a sí misma.

Y quizá —solo quizá— ese pequeño grupo de personas que empieza a moverse esté señalando algo que la política institucional no ha querido ver hasta ahora: que las ciudades también se salvan desde abajo, cuando alguien decide que ya está bien.

Porque eso es lo que está en juego. No un cementerio. No unas tapias, unos nichos o unos mausoleos.

Lo que está en juego es si Jaén quiere seguir mirando hacia otro lado cuando se trata de su propia historia.

O si, esta vez, alguien consigue que mire de frente. Para no olvidar; para no olvidarse. Y así seguir reconociéndose y valorándose, intentando dejar de ser esa ciudad de abandonos y abandonados. Porque salvar San Eufrasio también es salvarnos a nosotros mismos.