Mis amores

Juan José Gordillo

En la torre de los salesianos (Mis amores cuarenta y cuatro)

No era difícil que el chivatazo le llegara al bueno de Felipe. Úbeda tenía más de pueblo, entonces, que de ciudad

La cultura, en sentido amplio, se pensaba como una actualización que recuperaba tantos años perdidos, libros prohibidos, cine prohibido, poesía prohibida, debates prohibidos. Hasta besos prohibidos como cantaba Sabina en su canción inédita Si te beso en la calle (en la que “ajusta cuentas con un país de guardias civiles, siniestros vigilantes y encapuchados frailes” en palabras de Julio Valdeón). Hasta aquellas misas o eucaristías que organizaban los cristianos por el socialismo estaban prohibidas. De este modo apareció ante nosotros un enorme paisaje en el que creímos, y por eso mismo, impulsamos la organización de nuevas propuestas de espacios para la libertad, para la palabra y el gesto libre.

Fue una mañana de un lunes de marzo o tal vez abril. Entré por la puerta principal de los salesianos como hacía siempre dispuesto a iniciar otra semana de colegio con mi quinto A de Primaria. En el enorme zaguán de entrada me esperaba Felipe Acosta. Felipe era el director en aquel año de 1976 y no permitía que nadie lo llamara de otra forma. Nada de Don Felipe. Era un salesiano canario que de genética ya portaba siempre una hora menos. Era paciente y tranquilo y poseía una sonrisa encantadora. Aquella mañana de lunes no sonreía cuando me invitó a entrar en su despacho. Se sentó y yo también. Sin preámbulos, que era su estilo, me interrogó en aquella hora en la que uno estaba para responder muy pocas cosas, ya sabes, el saludo, el todo bien, el vamos por otra semana. Me preguntó si era cierto lo que le habían dicho. Qué, le respondí. Que en la torre se están reuniendo el Partido Comunista. Me di cuenta en una décima de segundo que frecuentar tantas reuniones con algunos de sus militantes me había preparado para situaciones como ésta, aunque se presentaran un lunes a las nueve menos cuarto de la mañana con un solo café con leche y alguna galleta entre pecho y espalda. De ninguna manera, qué va, Felipe. En la torre nos estamos reuniendo para lo que te pedí permiso. Estamos redactando los estatutos de una asociación cultural. Somos amigos y sé que no hay comunistas entre ellos. Pues es lo que me han dicho, Juan José. Ten cuidao. Gracias, Felipe.

El sábado anterior y algunos sábados más nos estábamos juntando, y la palabra no es inocente, un grupo de amigos para redactar unos estatutos que pudieran legalizar una asociación cultural que veíamos urgente, necesaria y posible conforme soplaban los vientos frescos de la libertad que, a poco, todavía pero ya, refrescaban nuestras vidas, jóvenes y entusiastas vidas por un mundo mejor, nada menos. Y entre ese grupo de amigos redactores o mejor dicho copiadores de los únicos estatutos posibles como eran los prescritos por la autoridad competente, más de la mitad eran militantes del PCE y el resto no tanto, pero casi todos miembros de la Junta Democrática Local de nuestra ciudad.



No era difícil que el chivatazo le llegara al bueno de Felipe. Úbeda tenía más de pueblo, entonces, que, de ciudad, aquí sí, Zahara, y todo terminaba sabiéndose. Los chismes corrían por los bares y por los portalillos de la plaza a partes iguales. Juntarse con el Padre Antonio era sospechoso. Acudir a sus misas a las doce en la capilla del Instituto de Bachillerato también. Tomarse una cerveza en el Gasparín o en el mismísimo Diana un sábado al mediodía o un domingo por la tarde también lo era, porque a cuento de qué un grupo de jóvenes melenudos y barbudos acudían a esos bares medio burgueses y de gentes de orden habiendo esos otros sitios de menos porte y habas con bacalao, tan distintos a estos…

Pudimos hacerlo así por el descaro que nos aportaba nuestro firme convencimiento de que todo iba a cambiar y que de clientes que frecuentaban aquellos bares del centro no podría venir nunca la alta traición al régimen, moribundo, pero régimen invicto en cuarenta años.

Les comenté esa misma tarde de lunes en nuestros paseos, que eran reuniones móviles donde se actualizaban informaciones y tareas a realizar, a algunos compañeros, principales responsables del grupo, el interrogatorio de la mañana. Así que la redacción definitiva de aquellos documentos se hizo a la velocidad de ciento veinte pulsaciones por minuto sobre las teclas de una hispano olivetti portátil, sobre una mesa pequeña que ocupaba el centro de la sala superior de la torre del colegio de los salesianos.

Esta pequeña historia más parecida a un cuento que a una crónica tuvo después un final que hizo justicia, poética o melodramática, a los sábados de “la torre”. En la campaña de afiliación a aquella asociación cultural que un profesor onubense o gaditano, no sé, de la SAFA propuso llamar, con acierto, Aznaitín, se apuntó el claustro entero de los salesianos y Ramón, nada de Don Ramón, Gutiérrez, el nuevo director, a la cabeza. Meses más tarde, la presentación y conferencia sobre la enseñanza pública a partir de la publicación de El libro rojo del cole provocó la salida un tanto intempestiva de casi todo el mismo claustro y Ramón, nada de Don Ramón, a la cabeza otra vez.

Escribo estas notas con cierta prisa y con cierta rabia. Ahora que algunos aznaitineros preparan algunos actos en memoria y autohomenaje, y eso está muy bien, de aquel 1976 fecundo me ha parecido necesario escribir este otro recuerdo para la memoria y autohomenaje, no creo que esté mal, de quienes participamos en los meses previos a su constitución y al arrojo para proponer una salida cultural tan brillante como esta que se conmemora tras algunos años, año y medio tal vez, de aventura clandestina y valiente añadidos, con perdón.