Mis amores

Juan José Gordillo

La tradición es la tradición (Mis amores cuarenta y dos)

La tradición es la tradición podría sin embargo argumentarse frente al nieto vegano o al hijo rapero

En estos días, cuando la Semana Santa todavía es discreta y apenas calienta las velas del viernes santo, escucho como todos los años la pasión de Johan Sebastian Bach, la más emocionante que es la de San Mateo, mientras, igual que siempre, hago faenas y tareas en la casa, todas las que se puedan hacer, al tiempo que suenan los pasajes, coro a coro, aria tras aria, recitativos y corales. A lo largo de los años he escuchado varias interpretaciones del oratorio, con más músicos o menos, con coro infantil o adulto o ambos, en salas de concierto o a los pies de los altares, pero desde que descubrí la que interpreta la Netherlands Bach Society bajo la dirección de Jos van Veldhoven no le pongo oídos a ninguna otra por mucho Otto Klemperer que se ponga al mando. La producción sonora y visual que se puede encontrar de esta formación en All of Bach es una verdadera joya. Su respeto por lo que pudo ser el estreno de la obra (muy accidentada se cuenta, con ausencia de coristas…), la calidad constructiva y sonora de los instrumentos, las voces que encarnan al Evangelista, a Cristo o a Judas son de una belleza extraordinarias, la disposición de los músicos en la formación orquestal, su juventud y encanto, la austeridad de sus vestidos, el cuidado y delicadeza de cada plano visual hacen de ella una auténtica delicia musical. Es ya una tradición en mi casa, en estos días cercanos al Viernes Santo, escucharla ininterrumpidamente, por las mañanas, aunque suene el timbre y llegue un repartidor, la vecina, un amigo de mi hijo, suene el teléfono o el pitido del microondas. Una costumbre contra la intemperie de las rutinas.

En estos días de Semana Santa considerados menores dada su carga cofradiera más liviana, de pasos recién inventados, las habas y el cordero no faltan en la mesa. Guardo como un tesoro un pequeño recetario de mi madre y de él extraigo algunas maneras para enfrentarme a semejante responsabilidad. Las habas requieren de esa capacidad de asumir las consecuencias si no salieran con el punto de fritura exacto, el color entre gris y verdoso esperanzado, embadurnadas por un aceite apenas frito que ocultan los aros de la cebolla fresca que hacen al plato merecedor de un humilde pan blanco por lo que aconteciera. Y qué decir del cordero pascual (con perdón), con su prometedor color rojizo, estofado bajo los jugos y el calor de la cebolla, el laurel y el tomate, la naranja, el ajo y la canela, bañado en un buen vino blanco, que se deja saborear en cada boca de cada comensal, la esposa, los hijos. Wer hat dich so geschlagen solo puede situarse en esta emoción del gusto a la par que el oído en una suma de tradiciones particulares.

Tradiciones particulares frente a otras colectivas o populares. Costumbres que se convierten en tradición por el simple hecho de la repetición más o menos fiel en un tiempo convenido. Tradiciones que permanecerán mientras alguien se empeñe en considerar valiosa la utilidad con la que se construyeron. El día en que en la familia un vegano levante la mano posiblemente el cordero salga del paladar familiar o tendrá menos presencia o, simplemente, convivirá con el tofu a la plancha. Y por razones similares, otros gustos, sometidas al invencible ser del yo y mis circunstancias, es muy probable que Bach suene solo en mis oídos bien cubiertos por la cálida almohadilla de mis auriculares.



La tradición es la tradición podría sin embargo argumentarse frente al nieto vegano o al hijo rapero, más entonces qué sentido tendría el mantenimiento a la fuerza de la costumbre que excluye. La mayor parte de lo que llamamos tradiciones populares tienen un origen concreto, ocurren una vez y logran mantenerse porque unen y reúnen, porque satisfacen necesidades tan racionales como viscerales, porque permiten marcar pausas de descanso y convivencia en vidas ajetreadas por trabajos y obligaciones. Se basan asimismo en la voluntariedad o aceptación voluntaria de las mismas permitiendo la disidencia o la desobediencia, es decir, no hay tradición que sea obligatoria más allá de la que libremente sea aceptada, si no queremos convertir el castigo en odiosa tradición, curiosamente.

Las tradiciones tienen algo de abrigo de la vida en tiempos fríos y de abanico en otros ardientes. Suelen marcar pautas de calendario que renuevan el tiempo pues sosteniéndose en el pasado señalan un horizonte cercano. Se dejan querer, a veces con auténtica pasión, descontándose los días y las horas que nos separan de su renovación.

La tradición en Semana Santa marca horas y lugares, cita a familias y amigos sin apenas recordatorios ni avisos innecesarios pues ya se sabe, abre nuestras puertas a quienes tuvieron que salir de ellas y la vuelta es alegre reencuentro y reconocimiento de los cambios que la distancia nos ha impedido observar, es la comida compartida todos los años con los mismos platos y aderezos, y nos sirve y es útil porque afirma la memoria de las emociones y de los hechos, de tantos acontecimientos vividos, pequeñas teselas de la vida, que componen nuestras biografías compartidas, un lienzo enorme, como un cuadro de El Bosco, con dioses y demonios, monstruos y ángeles, vicios y virtudes, paraísos y tormentos. Sin embargo, y a diferencia de ese jardín de El Bosco en el que no parece haber escapatoria, las tradiciones deben permitir la disidencia, como el tofu y el rap en las mías, para hacer valer el carácter de adhesión que las subraye y sostenga para su propia subsistencia. Esos jóvenes varones de una cofradía machista de Sagunto no se han enterado del verdadero valor de las tradiciones, aunque aleguen con tozudez que la tradición es la tradición, a pesar de que justifiquen su postura en la decisión democrática de la mayoría de cofrades que aprueba el carácter exclusivo de los varones en su constitución impidiendo la entrada a las mujeres. Desconocen que la tradición, cualquiera, hubo de romper el férreo argumento de la rutina y repetición ante el avance de los cambios sociales y que de esta permeabilidad obtuvo su auge y vitalidad. Argumentar como lo han hecho va en contra del calor y cobijo que las tradiciones alientan con denuedo cada año tras cada año.