Corre por las calles de Jaén una brisa suave que mece entre susurros la voz de un poeta. Ha perdido dos estaciones, otoño y verano, y aun así canta venturas y desdichas con su voz de terciopelo.
José Gómez Garrido no es un poeta nuevo, aunque es la primera vez que nos entrega sus versos en forma de libro; el autor conoce bien el oficio. No hay improvisación en sus versos, sino una trayectoria íntima construida a lo largo del tiempo.
Y esa sabiduría es reconocible desde los primeros versos: no existe la duda, sino una mirada firme que sabe lo que quiere decir y cómo decirlo. José escribe este libro desde la pérdida, pero no desde la derrota. Hay en sus versos una melancolía brillante que da luz a las sombras de la experiencia. Nos describe con precisión en qué consiste la aceptación de lo irrecuperable sin renunciar a la belleza. Existe también en sus páginas una conciencia nítida del significado del tiempo, ese tiempo que se va para nunca volver, pero que perdura en el recuerdo mezclando dolor y ternura, como una herida sin sutura que no sangra, pero sigue palpitando. «Hay pájaros que pían desagradables/cuando me ven con nidos en las manos/aun siendo míos».
Gómez Garrido nos demuestra también una notable soltura en el manejo del lenguaje. Cada verso encaja con el anterior de forma maestra. No existe el azar en la elección de las palabras: todo está en su sitio. Mantiene el ritmo de los poemas sin florituras innecesarias; su poesía se sostiene en la naturalidad de sus versos, no necesita artificios ni alardes. Me encuentro con un poeta pleno, o tendría que decir que encuentro a un alfarero de la palabra, alguien que moldea el lenguaje con esmero, experto en la materia con la que trabaja.
José, que además es un artista multidisciplinar, nos acerca la musicalidad, que bien conoce, a sus poemas. Muchos de ellos podrían ser, así, canciones.
«Yo escribiré las letras que me dejen más cerca de tu música», escribe para acabar el poema Afinar.
En “Otoño y el verano perdido”, el autor se mueve entre lo íntimo y lo cotidiano, destacando su honestidad emocional para nombrar el mundo que le rodea. Se expone sin llegar a caer en la rotura profunda, manteniendo una elegancia que refuerza la autenticidad de su voz. Consigue algo extraordinario: hacer partícipe al lector de su propia experiencia.
“Todo acabó/como todo siempre acaba” termina diciendo en su poema Todo pasó.
Este libro de poemas no es un punto de partida, sino una afirmación.
José Gómez Garrido ha llegado para quedarse, en el momento justo, para llenar las noches de nuestra tierra de poesía, para dejar prendidos sus versos en las cancelas y en los jardines, para sumarse al universo poético de nuestro querido Jaén, y lo hace con voz propia. Una voz singular que convierte la pérdida en materia poética, en un refugio y en un testimonio. En definitiva, en una forma de permanecer incluso cuando todo parece haber pasado.