Hace tres años, en una semifinal de liga contra el campeón de Europa, Dani Rodríguez, entrenador del Jaén Paraíso Interior —o Jaén FS, como ustedes gusten— respondió a aquello de que su equipo ganaba “por suerte” con una frase que ya es casi doctrina, que se nos quedó grabada: “como dicen los que saben, que la suerte nos pille trabajando”.
Pues este fin de semana, la suerte nos volvió a pillar trabajando. Y también cantando. Y dejándonos la garganta.
Más de cuatro mil jiennenses se reunieron en Granada durante tres días, sosteniendo al equipo cuando tocaba sufrir y empujándolo cuando hacía falta algo más que fútbol. Y, al final, otra vez; una nueva gesta. La cuarta Copa de España. Y uno todavía lo escribe y le cuesta creérselo, porque siendo honestos con lo que somos, con lo que tenemos y de dónde venimos, es profundamente extraordinario.
O no lo es. Pero no es casualidad. Hace tiempo que dejamos de considerarlo suerte. Es un sistema, un método. Aquí ya lo llamamos, sin complejos, el proceso.
Y, además, es medible; cuantificable.
Porque esto no sale de un fin de semana bueno. Esto viene de muy atrás. De cuando había que juntar 38.000 euros para no caerse de la categoría. De cuando se viajaba en furgonetas y en coches particulares. De cuando nadie miraba a Jaén para nada. Ese era el punto de partida. Y desde ahí, poco a poco, sin ruido, sin atajos y sin vender humo, se ha construido algo que ahora mismo es difícil de explicar sin que suene a exageración.
Los números, de hecho, ayudan bastante a poner los pies en el suelo. Desde 2011 hasta hoy, en la Copa de España —que es el torneo más serio, más duro y más bonito de este deporte— hay tres nombres grandes y uno que se ha colado por derecho propio: el Barça con cinco, el Jaén FS con cuatro, el Inter con tres. Y ya. No hay más.
El Jaén está ahí. Con los dos gigantes.
Y eso, dicho así, ya es una barbaridad. Pero es que además hay que mirar quién es cada uno. Porque el Barça y el Inter juegan en otra liga económica, con plantillas llenas de internacionales y presupuestos que aquí ni se sueñan. Y, aun así, en la competición donde no puedes fallar un día, donde te la juegas a cara o cruz, el Jaén FS lleva quince años compitiendo de tú a tú. Ganando. Volviendo. Insistiendo.
La primera vez, en 2015, fue una locura. Nadie contaba con nosotros. La segunda ya no era casualidad. La tercera empezó a molestar. Y la de este año ya es otra cosa. Ya no es sorpresa. Es confirmación.
Y en medio de todo eso, ha pasado otra cosa que a veces se nos olvida porque nos hemos acostumbrado demasiado rápido. Hemos pasado de La Salobreja a un Olivo Arena lleno. De 1.400 a más de 5.000 abonados. En una ciudad de poco más de 100.000 habitantes. En fútbol sala.
No hay comparación posible en Europa. Probablemente tampoco en el mundo. Pero reducir esto a una cuestión de ambiente sería simplificar demasiado. Lo que ha construido el Jaén Paraíso Interior en estos años es una de las grandes anomalías —en el mejor sentido de la palabra— del deporte español contemporáneo. Y como toda anomalía sostenida en el tiempo, tiene variables identificables.
Este proceso no lo ha regalado nadie. No es una ventaja caída del cielo. Es trabajo. Es años de hacer las cosas bien, de enganchar a la gente, de representar algo más que un equipo. Y, sin embargo, hay quien lo señala como si fuera un privilegio injusto. Como si llenar un pabellón fuera comparable a tener millones para fichar.
Y tiene gracia, porque se le llama ventaja a lo único que aquí se ha construido sin dinero.
Porque el Jaén FS no compite fichando más que nadie. Compite siendo más equipo que nadie. Compite con una identidad que se nota en cuanto un jugador pisa la pista. Compite en pertenencia. Aquí el que viene sabe a qué viene. Sabe lo que representa. Y eso, en el deporte de equipo, vale muchísimo más de lo que se suele reconocer. Muchos equipos ricos compran talento; el Jaén FS compra sentido.
Y luego está lo otro, lo que en el fútbol moderno parece casi un pecado: la estabilidad. Quince años el mismo entrenador. Quince. En un deporte donde a la mínima se cambia todo. Eso no es inmovilismo, eso es ventaja. Es conocer cada detalle, cada error pasado, cada momento de presión. Dani Rodríguez no solo dirige; interpreta el club, anticipa los ciclos, reconoce patrones que otros ni siquiera han tenido tiempo de detectar. Mientras otros reinician cada temporada, prueban, el Jaén FS acumula. Hablamos de Dani Rodríguez, pero todo no es mérito exclusivo de este entrenador, por muy brillante que sea, que lo es. La directiva que le dio la oportunidad, el respaldo y una confianza a prueba de bombas, comparte el reconocimiento. Mucha gente, muchas manos, trabajando para que esto salga adelante, de forma muchas veces desinteresada. Al frente, un nombre. Guste o no guste, sin Nicolás Sabariego todo esto no sería posible. Y la estabilidad, el éxito, es cosa de ambos.
No podemos obviar que el Jaén FS sabe utilizar mejor que nadie la masa social como combustible. Lo del Olivo Arena no es solo ambiente. Es contexto psicológico. En competiciones de eliminación directa, donde cada error se amplifica, jugar en un entorno donde todo importa de verdad marca diferencias. No es ventaja injusta: es capital emocional construido durante años. Y estos días se ha visto. La final contra un todopoderoso FC Barcelona, que venía de arrasar a los rivales que se le ponían por delante, fue un ejemplo de lo que es el Jaén FS y su afición.
Y todo ello, con menos dinero, además. Que eso tampoco se puede olvidar. Porque cuando no puedes ganar por talento bruto, tienes que ganar por inteligencia. Por trabajo. Por preparación. Por creer más que el de enfrente cuando el partido se pone feo. Es convertir la escasez en catalizador. Preparación táctica, gestión emocional, optimización física. La falta de recursos obliga a afinar lo que sí depende de ti. Y bien ejecutado, eso es replicable.
Y claro, todo esto, cuando sale bien durante tanto tiempo, tiene un efecto que va más allá del deporte. En una ciudad como Jaén, que no va sobrada de motivos para sacar pecho, esto pesa. Da orgullo. Hace que la gente se reconozca en algo. Hace que cuando en cualquier sitio se diga “Jaén”, no sea solo por el aceite o por lo que nunca llega.
Y eso, aunque a algunos les cueste entenderlo, también importa.
Jaén no es una ciudad cualquiera en el mapa económico español. Es un ejemplo evidente del olvido y la marginación política y administrativa. Nuestra provincia se mantiene con sus dificultades estructurales, siendo dependiente, con visibilidad limitada y viviendo, durante demasiado tiempo, con una cierta resignación instalada en el imaginario colectivo.
En ese contexto, el Jaén Paraíso Interior hace tres cosas que trascienden el deporte: da orgullo de pertenencia. Proyecta el nombre de la ciudad donde antes no llegaba. Y, sobre todo, demuestra que lo extraordinario es posible desde lo ordinario. Esto, en términos sociales, vale mucho, más de lo que puede significar un club de fútbol sala y rompe con ese fatalismo tan nuestro, tan jaenero. Es un valor que ni se improvisa ni se compra; se construye con tiempo, coherencia y arraigo.
Por eso duele un poco más ver lo que pasa cuando las cosas no salen perfectas. Porque entonces aparece lo de siempre. El runrún. El “esto ya no da más”. El “hay que cambiar”. El “se podría hacer más”.
Es la paradoja del éxito. Y ahí es donde uno se pregunta: ¿más qué?
No es nuevo, pero esta temporada ha vuelto a asomar. En un contexto en el que parece casi una obligación ganarlo todo, lo que no es real ni posible, en cuanto el rendimiento baja mínimamente o los resultados no acompañan, emergen voces que cuestionan “el proceso”. Como si unos meses pudieran borrar quince años. Como si el error no formara parte del mismo sistema que ha permitido ganar. Y ese eco, que considera que ha llegado la hora del cambio se va haciendo más grande, alimentado por el ventajismo. No es de extrañar que, en estos tres partidos, el número de aficionado amarillos que ha llegado a Granada haya ido aumentando progresivamente, ya que muchos no esperaban ver al Jaén FS en la final, y menos aún, ganarla.
Es un fenómeno profundamente humano: cuando un proyecto modesto tiene éxito sostenido, deja de ser medido por lo que es y pasa a ser medido por lo que no es.
Porque parece que hemos pasado de celebrar lo imposible a exigir lo imposible como si fuera lo normal. Como si ganar cuatro Copas con este presupuesto fuera quedarse corto. Como si no ganar la Liga fuera un fracaso.
Eso no es ambición. Eso es no entender nada.
Es medir al Jaén con la regla del Barça. Es comprar el discurso del dinero como única forma válida de éxito: si no haces lo mismo que el grande, algo estás haciendo mal. Es olvidar de dónde venimos y, peor aún, dejar de valorar lo que tenemos delante.
Y luego está el oportunismo. El de los que esperan el momento malo para salir. El de los que no estaban cuando había que empujar y aparecen cuando hay que señalar. El de los que se suben al carro cuando gana y se bajan cuando pierde. Eso también forma parte de esto. Y también conviene decirlo.
Porque lo fácil es pedir cambios cuando algo falla. Lo difícil es sostener lo que funciona cuando no es perfecto.
La historia del deporte está llena de clubes modestos que, tras un éxito, decidieron imitar a los grandes. Endeudarse, crecer artificialmente, abandonar su identidad.
El resultado casi siempre es el mismo: peores resultados, crisis económica y pérdida de aquello que les hacía competitivos. El modelo de la inmediatez no solo exige ganar ya; destruye las condiciones que permiten ganar a medio plazo.
Y cuando llega el fracaso, nadie recuerda haber pedido el cambio.
Cuestionar a un entrenador después de quince años de éxitos relativos excepcionales no habla tanto del entrenador como de quien cuestiona. De una idea de éxito que solo reconoce el dominio absoluto. De una incapacidad para valorar lo propio si no se parece a lo ajeno.
Es, en el fondo, una forma de derrotismo disfrazado de ambición.
Y la historia está llena de ejemplos de clubes que, por querer parecerse a otros, dejaron de ser lo que eran. Gastaron lo que no tenían, rompieron lo que funcionaba y acabaron peor de lo que estaban. Eso sí que es un clásico. La presión para cambiar el modelo —gastar más, fichar más, renovar, “dar el salto”— responde a una lógica conocida. Y peligrosa.
Por eso, cuando se habla de cambiarlo todo, en el fondo no se está hablando solo de fichajes o de táctica. Se está hablando de qué tipo de éxito queremos reconocer. Si solo vale ganarlo todo, entonces sí, el Jaén siempre va a perder. Pero si el éxito se mide con un poco de sentido, con contexto, con memoria… entonces lo que está haciendo este club es algo que no tiene comparación.
Y por eso la pregunta, en este momento de celebración, no es si el Jaén FS debería ganar más. La pregunta es si somos capaces de valorar lo que tenemos.
O si, como tantas veces, sólo lo vamos a entender cuando ya no esté. Porque cuando el proceso se acabe, cuando sus artífices nos falten, costará más que la suerte nos alcance, ya sea trabajando o de vacaciones. Y seguro que entonces nos lamentaremos.
Así que, por una vez, hagamos lo contrario a lo de siempre. Disfrutemos sin matices. Celebremos estos días como lo que son, algo que no era obligatorio, algo que no entraba en ningún guion, algo que solo se explica desde el trabajo, la identidad y la gente que empuja desde fuera y desde dentro.
Y empecemos también a valorar mejor lo que tenemos. A cuidar este proyecto. A entender que no es normal, que no es fácil y que no se repite sin más. Que detrás hay personas que, aun equivocándose, llevan años haciendo las cosas bien para que todo esto pase.
Porque sí, a lo mejor tenían razón.
Es cuestión de suerte.
La suerte de que nos pille trabajando.
Y, sobre todo, la suerte de que ese trabajo esté pasando aquí, en Jaén.