Sobre nuestras piedras lunares

Manuel Montejo

Se pierden las batallas que se abandonan

Rehuir determinados debates o actos públicos con el argumento de no “blanquear” al adversario no es una muestra de fortaleza democrática

He de reconocer, en primer lugar, que hoy voy a seguir una moda mediática. A pesar de que me he intentado resistir, no he podido evitar seguir la senda de cientos de artículos en estas últimas semanas. Así que voy a hablar yo también de David Uclés. No se trata de algo especial ni novedoso, ya que posiblemente sea lo único que haya que hacer respecto al escritor jiennense; hablar de Uclés es lo que más vamos a hacer sobre Uclés, más que leerlo o mirar su pintura. Sobre Uclés y su personaje, se habla y quien más lo hace es el propio David Uclés.

Lo voy a hacer por el papel que ha desempeñado en la cancelación del acto previsto en Sevilla bajo el título “1936: La guerra que todos perdimos”. No se trata de un simple desencuentro académico ni de una anécdota cultural más. Es un hecho político, revelador de una deriva preocupante en parte de la izquierda contemporánea. Reconozco que me incomoda escribir esto desde dentro de la izquierda. Pero quizá precisamente por eso es necesario. La cancelación no es ni una victoria ni un malentendido puntual. Es un síntoma. Y en ese síntoma aparece como trascendente la figura que condensa bien el problema, David Uclés, no solo como participante que se retira, sino como referente mediático de una izquierda progresista más preocupada por el gesto que por el conflicto político real.



Uclés no es un actor menor ni irrelevante. No porque sea el único, ni siquiera porque sea el más importante, sino porque se ha convertido en un referente mediático de una izquierda que ha cambiado la confrontación política por la coherencia estética, el conflicto por la pose y la disputa material por el capital simbólico. Un escritor más preocupado por lo que representa su presencia que por lo que podría decir y confrontar en ese espacio. Representa una forma de entender la política cultural desde la autoafirmación moral. Su proyección pública, su presencia en medios y su capital simbólico lo convierten en algo más que un escritor que declina participar en un acto y, por todo ello, el problema no es su decisión individual, sino lo que normaliza.

Rehuir determinados debates o actos públicos con el argumento de no “blanquear” al adversario no es una muestra de fortaleza democrática, sino, muy a menudo, el síntoma de una izquierda insegura de sus propios argumentos. Al retirarse desde una supuesta superioridad ética, lo que se hace en realidad es ceder el espacio, entregar el relato y permitir que la derecha —y especialmente la ultraderecha— se presente como víctima de una censura injusta.

Ese repliegue no es neutral. Tiene consecuencias políticas concretas. Cada silla vacía en un debate, cada congreso cancelado, cada negativa a confrontar ideas en público, refuerza el discurso victimista de quienes llevan años construyendo su identidad política sobre la idea de persecución, silenciamiento y rebeldía frente a un supuesto consenso progresista. Se les regala exactamente lo que necesitan: atención, legitimidad emocional y un marco narrativo favorable.

Los argumentos que justifican la retirada son, en apariencia, irreprochables. A algunos de los ponentes no son dignos de recibirlos con aplausos. Cierto. Nos provocan incomodidad y rechazo, pero eso no hace sino destacar la importancia de sostener debates públicos incluso cuando son incómodos o contradictorios. Alejando esa superioridad tan nuestra, no deberíamos limitarnos a aislarnos en espacios afines y evitar el diálogo con los que piensan diferente, porque eso empobrece la comprensión colectiva del pasado y del presente. Porque el problema no es con quién se debate, sino tener el compromiso con confrontar hechos y contextualizar y contrastar datos, algo más valioso que encerrarse en “trincheras” ideológicas donde solo se repiten las mismas ideas. Ese es la guerra que hay que dar, especialmente en un momento en que prima el ruido y la polarización.

Además, el título del acto es erróneo. Y lo es. La Guerra Civil no fue “una guerra que todos perdimos”. La República fue derrotada y los golpistas ganaron, y negar esa asimetría es falsear la historia. Hasta aquí, acuerdo total. El problema es convertir ese desacuerdo en una excusa para no acudir, para romper el espacio de debate, para retirarse con gesto grave y dejar el escenario intacto para quienes sí quieren ocuparlo.

Si el título es falso, se dice allí. Si el marco es tramposo, se desmonta en público. Si hay revisionismo, se combate. Lo contrario no es dignidad política, es abandono. Y cada abandono es una cesión. Porque el espacio que uno deja vacío no desaparece: lo ocupa otro. Y normalmente no con mejores argumentos, sino con más ruido y más victimismo.

Uclés no actúa solo. Actúa como expresión de una izquierda cultural e institucional que ha aprendido a moverse mejor en el terreno de la señalización moral que en el del conflicto real. Una izquierda que confunde no mezclarse con no legitimar, cuando en realidad no estar es la forma más eficaz de legitimar al adversario. Se retira creyendo que desautoriza, y lo que hace es reforzar.

Este comportamiento encaja demasiado bien en una lógica política más amplia. Desde hace tiempo tengo la sensación —y no soy el único— de que a determinados sectores del PSOE les conviene la polarización. El crecimiento de Vox funciona como un vaso comunicante: tensiona el sistema, debilita al PP y refuerza la centralidad del PSOE como única alternativa “responsable”. Es una estrategia conocida, cortoplacista y peligrosa, que ya hemos visto fracasar en otros países.

Lo preocupante es que parte de la izquierda cultural se haya adaptado sin resistencia a ese marco. En lugar de disputar la hegemonía cultural, abandona el terreno. En lugar de confrontar a Vox y a los revisionistas con argumentos, contexto histórico y política material, opta por la cancelación, el repliegue o el silencio altivo. Y al hacerlo, no frena a la ultraderecha: le regala el relato.

El relato de la censura. El de la élite moral que no debate porque no puede sostener sus posiciones fuera de espacios seguros. El de quienes se presentan como rebeldes porque nadie les discute cara a cara. Exactamente el papel que la ultraderecha necesita para seguir creciendo.

Me preocupa esta izquierda que ha sustituido la política por la imagen, la militancia por la identidad y el conflicto por la pose. Una izquierda que se siente más cómoda retirándose que discutiendo, más segura cancelando que argumentando. Porque mientras se mira al espejo para comprobar si sigue siendo moralmente coherente, la batalla cultural se está librando sin ella.

Y esa batalla no se gana desde la ausencia. Se gana estando, discutiendo, incomodando y aceptando el conflicto. Renunciar a eso no es una muestra de superioridad ética. Es una renuncia política. Y las renuncias, en política, siempre las paga alguien. Casi nunca quien se retira. Casi siempre quienes vienen detrás.

Si la izquierda quiere seguir siendo algo más que un decorado moral del sistema, necesita volver a pisar el terreno incómodo del conflicto. Eso implica acudir a debates que no controla, aceptar marcos imperfectos para disputarlos desde dentro y asumir que la confrontación no contamina, fortalece. Significa entender que la batalla cultural no se gana evitando al adversario, sino desmontándolo públicamente, con datos, contexto histórico y una política anclada en lo material, no en la pose. Implica también exigir a sus referentes culturales e intelectuales algo más que coherencia estética: coraje político.

Estar, hablar, incomodar y asumir el riesgo de perder alguna discusión concreta para no perder el terreno entero. Porque una izquierda que renuncia al debate por miedo a mancharse no se protege: se vuelve prescindible. Y cuando eso ocurre, otros no tardan en ocupar su lugar. La Guerra se perdió, como también se perderán todas las batallas que se abandonen.