Abierto por derribo

Manuel Madrid Delgado

Hablar (y III)

Tercer y último artículo de Manuel Madrid sobre las jornadas "La guerra que todos perdimos" suspendidas después de que Uclés y otros declinaran participar

Llegados a este punto debemos preguntarnos hasta cuando la guerra de 1936 va a seguir contaminando los diálogos del siglo XXI español. La guerra es pasado y nosotros ni la perdimos ni la sufrimos. Hoy, nos toca estudiarla, nos toca reflexionar sobre sus causas y consecuencias, nos toca comprender a sus actores y a sus víctimas, nos toca reparar todas las heridas que aún permanecen abiertas y que siguen supurando sufrimientos. Pero también nos toca enfrentarnos a las frases manitas, también a esa que dice que la guerra la perdieron todos los españoles. No es verdad.



 

A menudo se recurre al tópico de que en una guerra entre hermanos todos pierden. Y esa frase, que en su sentido más radical puede encerrar una verdad humanista profunda, muchas veces termina convertida en una trampa de equidistancia que nos lleve a ignorar la realidad política y social de la durísima posguerra española.

 

La Guerra Civil fue una guerra política, fue una guerra social, fue una guerra religiosa, fue una guerra ideológica. Pero fue, ante todo, el certificado de defunción de la palabra, un gran fracaso colectivo en el que una sociedad entera entendió que necesitaba recurrir al exterminio de su vecino para conquistar el futuro porque la palabra no era suficiente. ¿Cabe concebir mayor colapso moral? ¿Existe mayor fracaso colectivo? En 1936 fracasaron las instituciones, que no supieron —o no pudieron, atenazadas por la extrema izquierda y por la extrema derecha— canalizar las ansias de reforma de las clases trabajadoras ni calmar los miedos de las clases medias. En 1936 fracasaron las élites políticas, económicas, militares, sindicales, sociales, eclesiásticas… que prefirieron incendiar el país antes que ceder en sus pretensiones, que se ataron al maximalismo y condenaron la reforma gradual. En 1936 fracasó la convivencia, porque el otro dejó de ser visto como un compatriota y se convirtió en una alimaña que debe ser extirpada: cuando esto se produce, la tragedia colectiva ha comenzado sin necesidad del primer disparo.

 

Pero todo ese fracaso y ese estallido gigantesco que deviene en guerra cuando fracasa el golpe de estado del 18 de julio, no puede llevarnos a ocultar el sufrimiento concreto, tangible, de los vencidos. No todos perdieron la guerra. La pudo perder la Nación española en su conjunto, porque perdió varias décadas como proyecto europeo, de modernidad, democrático. Pero a nivel individual, los perdedores fueron hombres y mujeres de carne y hueso.

 

 La verdad histórica es que la victoria del bando sublevado, permitió a una parte de España recuperar sus privilegios de casta, sus tierras, sus monopolios en la moral, su derecho a la explotación sistemática y brutal de los humildes —¿recuerdan Los santos inocentes? —. Para los vencedores, la guerra fue el medio tan sangriento como eficaz para asegurarse un orden que les favorecía en todos los aspectos de la vida: no perdieron casas, no perdieron trabajos, no perdieron su derecho a existir, no perdieron su lugar en la historia oficial, pudieron honrar a sus muertos.

 

La otra parte de esa gran verdad histórica es que la victoria del bando sublevado dejó millones de vencidos absolutos, españoles expulsados del cuerpo vivo de la propia Nación, en el exilio o en el insilio, ese silencio forzado dentro de las propias fronteras de España. Para millones de personas, la victoria franquista fue la derrota absoluta, el campo de concentración, los trabajos forzados, la tortura, la cárcel, fue el paredón al amanecer. Perdieron la guerra los que perdieron la patria, la voz, la identidad y, en muchos casos, la propia vida.

 

La otra gran derrotada de la guerra fue la inteligencia. Como bien señalaron Chaves Nogales o Clara Campoamor —tan incómodos hoy para la izquierda posmoderna— la mayor derrota la sufrieron quienes no querían la guerra: aquellos que, desde la clarividencia y la sensatez, denunciaron los excesos de ambos bandos y fueron aplastados por la maza de los dos extremismos. Chaves Nogales, Clara Campoamor: el coraje de la lucidez.

 

Mientras David Uclés opta por el repliegue y por la ausencia para no contaminarse con el que habita las antípodas de su ideología, Chaves Nogales y Campoamor encarnaron la vía de la lucidez frente al horror, que es al fin y al cabo una posición mucho más heroica, pero también mucho más solitaria. Ellos, no tuvieron una legión de palmeros batiendo palmas por su causa.

 

Chaves Nogales fue ese periodista que, desde el corazón de la tormenta, tuvo el coraje de denunciar el terror de los suyos sin abrazar el de los otros: su “Prólogo” en A sangre y fuego es el acta de defunción de todo sectarismo además de la defensa más dolorida de la República burguesa de 1931. Chaves no se marchó de las “jornadas” de su tiempo: se quedó en ellas, hablando desde “Ahora” hasta que le fue físicamente imposible permanecer en su puesto defendiendo una República a la que amaba, pero de la que no dudaba en diseccionar sus miserias. Para él, el silencio de la palabra no era una opción ética sino un síntoma de la barbarie que se venía encima. Clara Campoamor, por su parte, fue aquella mujer que conquistó el voto femenino frente a la incomprensión de su propia bancada y que, como Chaves, tuyo que salir huyendo del territorio republicano, repudiada por unos y por otros y amenazada por todos. Su defensa de la legalidad republicana fue compatible con la denuncia, amarga, de la violencia de la retaguardia. Ella jamás buscó espacios seguros, sino que siempre lucho por espacios sólidos construidos por el imperio de la ley. Chaves Nogales y Clara Campoamor también habrían puesto, en estos días, sus ladrillos de materiales reciclados en el muro de mi instituto. Ellos también habrían escrito, como solución a los conflictos, la palabra HABLAR. Quienes, como David Uclés, optan por no hablar con el que piensa diferente, ignoran que la paz no se firma sino con los adversarios. Y para eso hay que hablar porque si no, la paz, como la de 1939, es victoria nada más. O sea: odio revestido de incienso y oropel.

 

La izquierda tiene que recuperar los valores de la Ilustración. Debe abandonar el miedo a la dialéctica, a la confrontación inteligente de ideas. La izquierda debe afirmar que la Guerra Civil fue un fracaso colectivo, y debe hacerlo como invitación a la humildad democrática, que sabe que nadie tiene la verdad absoluta. Pero reconocer que no todos perdieron la guerra es una exigencia de justicia: no se puede construir el futuro ignorando que una parte del pueblo español fue enterrada en la humillación y la miseria mientras la otra celebraba la victoria y se lucraba con ella. La verdadera historia colectiva, que todavía estamos intentado perfeccionar, es la de la Constitución de 1978, donde —por vez primera en nuestra historia— el otro tiene derecho a ser diferente sin que eso implique su aniquilación, física o civil.

 

Por eso, el muro construido por los alumnos de mi instituto con la palabra HABLAR como gran protagonista, es mejor antídoto contra la soberbia moral de la cancelación. Los alumnos han entendido mejor que muchos autointelectuales que el diálogo no es un premio que se le concede al adversario por ser bueno, sino una herramienta de supervivencia para evitar que la sociedad salte por los aires. La triste paradoja que nos asola hoy es que, quienes se autoproclaman herederos de la Ilustración y del racionalismo, se comportan con el mismo dogmatismo de los inquisidores. Si alguien no es capaz de sentarse frente a Aznar o frente a Espinosa de los Monteros o frente a cualquiera que represente esa España que le disgusta, no está defendiendo ni protegiendo su integridad moral sino confesando su debilidad intelectual. Está, definitivamente, admitiendo que su muro no es el de la paz y la palabra sino el del aislamiento y del miedo.

 

Por eso, el ladrillo que dice HABLAR no es una opción: es el único material que mantiene en pie el edificio de nuestra difícil y merecida libertad.