A veces me sorprendo imaginando una vida que no he vivido: no una vida alternativa nacida de una decisión tardía —de un cruce mal tomado o de una renuncia que aún duele—, sino una vida surgida de otro origen, de otra latitud moral y climática, de otro paisaje interior. Me imagino haber nacido directamente allí, en un pequeño pueblo de Montana o del Medio Oeste, donde el mundo es más horizonte que muro, más cielo que ciudades, más silencio que ruido; un lugar donde el tiempo no empuja, sino que se deja atravesar; donde la mirada aprende pronto a demorarse porque no hay urgencia que la persiga. En esa vida, mis primeros pasos habrían despertado el crujido antiguo de un porche de madera, y mis primeras memorias estarían hechas de nieve, de inviernos largos que enseñan resistencia sin palabras, de carreteras tan rectas que parecen diseñadas para educar la paciencia y la espera. Aprendería pronto que el paisaje no es un decorado, sino una pedagogía: la amplitud como forma de carácter, la soledad como entrenamiento de la conciencia.
Si hubiese nacido allí en enero de 1976 —en vez de aquí, al otro lado del océano— mis primeros recuerdos políticos serían imágenes borrosas de Jimmy Carter hablando con voz suave, casi doméstica, como si la presidencia fuera una extensión de la decencia privada. En Reagan habría aprendido a desconfiar del brillo fácil y de la épica hueca; en Bush padre, a refugiarme en los libros adolescentes de aventuras cuando la política degenera en idioma ajeno, pronunciado desde muy lejos. Al cumplir la mayoría de edad habría votado a Bill Clinton, con ese optimismo juvenil que cree que cada giro del país es un comienzo limpio, una página aún sin mancha. Con Bush hijo me habría instalado en la rabia de ver que se pueden destruir las bases morales de una nación por puro cálculo económico. Y habría recuperado fugazmente la esperanza con Barack Obama, cuando el “Yes, we can” sonó en todo el mundo como una promesa que podía sostenerse con las manos, aunque luego se nos deshiciera entre los dedos como la nieve herida. Ahora, con Trump empujando al mundo hacia los horrores que el mundo ya ha vivido, comenzaría a caminar hacia la definitiva madurez transido de desolación.
Pero antes de toda esa conciencia política, estaría mi infancia. Porque incluso en esa vida imaginada hay un origen más hondo. Mi abuelo, que conoció la guerra en España y después los campos de batalla de Europa, me enseñaría el amor a los libros como quien entrega un salvoconducto: no como un lujo, sino como una forma de resistencia íntima. Me pondría entre las manos “El Quijote”, en aquella traducción de Robinson Smith editada en Nueva York por la Hispanic Society of America en 1932, que yo guardaría en mi biblioteca como mi tesoro más preciado: ese libro lo había acompañado en las guerras de su juventud y había sido para él un refugio moral en medio del estruendo, una manera de no dejarse embrutecer por la violencia del mundo. Recordaría aquel día de mi infancia en el que mi abuelo, ya con la voz más templada por los años, me abriría el “Tom Sawyer” como quien destapa un venero secreto: entregándome, ya para siempre, la certeza de que la literatura puede ser travesura y brújula, juego y hogar al mismo tiempo. Aquellas lecturas ya tan lejanas y siempre tan presentes —y la música que mis padres escuchaban: Springsteen sonando como un evangelio profano bajo la luz tibia y suave del salón en las tardes de verano— serían la patria verdadera de mi memoria. Un país más interior que geográfico, más hecho de frases, acordes y silencios que de banderas. Allí aprendería que pertenecer no siempre es una cuestión de suelo, sino de ritmo, de voz y de reconocimiento. Pertenecer es siempre una memoria compartida y feliz.
En esa vida norteamericana que invento —o que me sueña— me imagino profesor en una universidad pequeña, una de esas instituciones que no aparecen en los rankings pero que poseen una belleza humilde, sostenida por la tradición, la puntualidad y el silencio. El campus estaría formado por un puñado de edificios de ladrillo rojo, senderos de grava que crujen bajo los pasos, arces casi gigantes que anuncian el otoño semanas antes de que llegue. La biblioteca olería a madera vieja y papel usado; las bajas lámparas verdes dibujarían círculos de concentración; las escaleras crujirían como si guardaran la memoria acumulada de generaciones enteras. Y yo, cada semestre, volvería a sentir que entrar en un aula es repetir un pequeño milagro: un grupo de desconocidos reunidos en torno a una promesa invisible.
A veces comenzaría mi seminario de literatura estadounidense de los siglos XIX y XX por Harper Lee, para recordar a mis estudiantes que la literatura nace de lo cotidiano antes de volverse canon; después subrayaría la relevancia fundacional de Twain —ese veneno dulce y moral que ya había intuido de niño, cuando mi abuelo me leía las aventuras de Tom Sawyer y de Huckleberry Finn como quien abre un manantial oculto—; la gravedad bíblica y abismal de McCarthy; la moral quebrada de Heathcock, espejo oscuro de los pueblos pequeños; la fraternidad rural de Butler; la sabiduría melancólica de Stegner; la musculatura narrativa de Philipp Meyer, que entiende que un país también se escribe desde sus fracturas. Me detendría en la mirada empática y rural de Kent Haruf, capaz de convertir la sencillez en territorio espiritual; en la violencia áspera y casi litúrgica de Donald Ray Pollock; en la amplitud moral y doméstica de Jane Smiley; en la lucidez afilada de Joan Didion, que transforma el desconcierto en una forma de claridad. Con Faulkner aprenderíamos que escribió novelas para desenterrar la conciencia de un sur herido, demostrando que el pasado no ha muerto y que ni siquiera es pasado. Leeríamos a Colson Whitehead, con su épica subterránea; a Percival Everett y su ironía corrosiva que perfora las certezas; recorreríamos la tradición del rural noir y del realismo sucio, donde la belleza aparece como un relámpago sobre la precariedad. Y en medio de ese mapa movedizo, siempre leería con mis estudiantes —con una emoción casi ritual— “La gran marcha” de Doctorow. Cuando por fin llegáramos a Philip Roth —siempre al final del semestre, siempre como quien abre un combate necesario— la clase se volvería un espacio vibrante: identidad, deseo, culpa, pertenencia… todo el arsenal de interrogantes humanos que Roth desentierra sin piedad. Sé que me gustaría ese temblor en la sala, ese instante en que la literatura dice una verdad que preferiríamos no escuchar. Y entonces comprendería que mi trabajo no es enseñar libros, sino custodiar una aspiración más noble: transmitir la emoción de leer, devolver a mis alumnos —tan intacta como mi abuelo me la entregó a mí— esa combustión secreta de la literatura que mantiene encendida la vida interior.
A veces, entre semestre y semestre, viajaría. En esa vida imaginada, un Japón lejano me intriga hasta llevarme a Kioto. Allí estudiaría literatura japonesa con la esperanza de comprender ese misterio pausado suyo: la capacidad de narrar lo esencial como si fuera apenas un susurro. Iría a Japón con la esperanza de encontrarme entre los almendros florecidos a los personajes rotos de Mishima, Katayama, Murakami o Ishiguro, pero sería leyendo a Kawabata en un jardín cuajado de serenidades —cada roca, cada sombra, cada gota, colocadas con una intención milenaria— cuando entendería que la serenidad puede ser tan profunda y radical como la conmoción. Italia la visito en cualquiera de mis vidas posibles, para descubrir otra forma de mirar y para comprender que el pasado es una habitación a la que uno entra según lo que necesita recordar, y que los museos no son depósitos de belleza, sino casas espirituales donde el arte no es banal decoración sino algo que orienta, corrige y sostiene.
A veces creo que imagino esta vida americana no para huir de la mía, sino para comprenderla mejor. Para reconocer, en esos paisajes no vividos, las preguntas que sí me acompañan. Imaginar que crecí con Carter, que voté a Clinton, que creí —aunque fuera brevemente— en Obama; imaginar que doy clases entre nieve y praderas, que viajo para aprender misterios que no caben en mi lengua materna, me ayuda a entender por qué la literatura me sostiene: porque en ella se cruzan todas mis vidas posibles, sin exigirme elegir solo una.
Nunca viviré en Montana. Nunca cruzaré cada mañana un campus rodeado de silencio. Pero dentro de mí habita esa versión imaginaria: ese profesor que abre un libro en una clase pequeña y observa cómo una frase bien escrita cambia la gravedad de la habitación. Y sé que, en el fondo, esa vida también me pertenece. Porque la literatura —la vivida y la soñada— es el territorio donde el alma se concede el permiso de ser todo lo que pudo haber sido sin dejar de ser lo que es.
Y cuando imagino mi vejez en esa otra vida, me veo caminando despacio por uno de esos cementerios que reposan bajo arboledas inmensas. Las lápidas, austeras y alineadas, conversan entre ellas con una serenidad que solo concede la tierra cuando ha aprendido a aceptar lo que guarda. Me veo allí, un día plomizo de noviembre, escuchando cómo el viento mueve las hojas de los arces y comprendiendo, sin tristeza, que todas mis vidas —las reales, las soñadas, las que nunca existieron y las que nunca van a existir— han estado siempre dialogando entre sí. Y pienso entonces que un cementerio así no sería un mal lugar para descansar: un rincón del mundo donde incluso el silencio parece una forma de sentido, y donde la luz, aun al final, no abandona del todo a quienes aprendieron a leer, que es ver y es volar.