El 7 de enero es, probablemente, el día más honesto del calendario, básicamente porque llega sin presupuesto para relaciones públicas que lo vendan como amable. El 7 de enero no presume de nada. No inaugura nada. No tiene el prestigio simbólico del 1 ni la magia impostada del 6. Es un día que llega sin llamar, casi pidiendo disculpas, como el electricista que dice “buenas tardes, vengo a solucionarles su problema”. Y nosotros, que aún arrastramos brillantina en los calcetines y los villancicos nos siguen martilleando en el lóbulo central, lo recibimos con la misma simpatía que a un inspector de Hacienda.
El 7 de enero es “el día después” de todo. El día en que la Navidad se retira sin ceremonia, sin liturgia, apagando las luces de una en una, dejando la casa a media luz y a nosotros a medio camino entre la nostalgia y el alivio. Las bombillas aún cuelgan, pero parpadean cansadas. El portal de Belén permanece en su rincón, un poco ladeado, con esa melancolía discreta de las escenas que ya han cumplido su misión, con San José sufriendo una crisis de equilibrio y una oveja balando para que le peguemos la cabeza que un golpe tonto desprendió de su pescuezo. Los papeles de regalo, los que no recogimos del todo, crujen bajo los pies y suenan a reproche.
Hoy el mundo empieza a oler a realidad. Es un aroma menos festivo, pero infinitamente más necesario. Se han ido los Reyes —dejando juguetes que requieren una ingeniería industrial para ser montados, facturas que suplican un milagro y conflictos entre cuñados que tardarán meses en cicatrizar— y lo que queda es un salón que parece el escenario de una batalla medieval: restos del desayuno más ceremonioso del año, cajas que nos miran con reproche y un árbol que empieza a perder dignidad. El 7 de enero es, en esencia, el lunes de los lunes: un lunes convertido en concepto metafísico.
Y, sin embargo, hay una nobleza extraña en este día. Algo que en diciembre no sabemos ver porque todo es demasiado brillante para pensar con claridad. Hoy termina oficialmente la convivencia imposible entre el polvo de las estanterías y la magia de Oriente. Hoy el belén —con sus figuritas de barro, su musgo prestado y su estrella apuntando a la lámpara del salón— nos pide permiso para echarse un rato. Ya ha cumplido su función de recordarnos que lo importante no entiende de envoltorios ni de etiquetas regalo.
La Navidad, esa fiesta que inventamos para sostenernos unos a otros en pleno invierno, tiene esta crueldad amable: dura lo justo para hacernos creer que somos mejores y se apaga lo bastante pronto como para que no nos acostumbremos. Deja un eco. Y el 7 de enero es el día en que ese eco se escucha con más nitidez. Cuando se retiran los manteles largos, hay risas que aún flotan en el aire… y ausencias que pesan más. Porque cuando todo se calla, lo esencial habla más alto.
Hoy redescubrimos el silencio. No un silencio vacío, sino uno lleno de restos: conversaciones a medias, abrazos que todavía calientan, canciones que nos persiguen como una maldición. Tras semanas de villancicos capaces de competir con los motores de un aeropuerto, vuelve el sonido real de la casa: la nevera que protesta, el vecino que recupera su derecho a taladrar las paredes y los niños que aprenden de golpe —con el trauma de un filósofo existencialista— que la vida incluye la obligación de madrugar para ir a la escuela. El del 7 de enero es un silencio extraño, mitad descanso, mitad vértigo, como el que queda después de una confesión importante.
También es el día de las pequeñas verdades, de las verdades desnudas de la vida. Volver a hacer café sin solemnidad, ordenar juguetes, desmontar el belén con cuidado casi ritual, reencontrar el ritmo normal de los días y mirar la cuenta corriente con el valor del que salta al vacío. En esos gestos mínimos se esconde una certeza que solo aparece después de la fiesta: la luz que celebrábamos no se queda en las calles ni en los escaparates; ahora tiene que aprender a vivir en nosotros, sostenida por la paciencia, la bondad discreta y la capacidad —siempre heroica— de empezar otra vez oír la alarma sonar a las seis de la mañana.
Pero no todo es drama en el 7 de enero. También vuelve la ironía, esa vieja aliada que impide que nos pongamos excesivamente solemnes. Hoy comprendemos que los propósitos del 1 de enero tienen la misma consistencia metafísica que un polvorón desmigado. Hoy, por primera vez, le decimos luego al gimnasio, a la dieta, al libro. Y lo mejor es que le decimos luego a todos esos propósitos sin que nos remuerda la conciencia. El 7 de enero es el día en que uno se mira al espejo sin filtros, y el espejo, harto ya de la impostura, agradece el gesto.
Y aun así, algo queda. Un resplandor residual, discreto, casi doméstico. No es un milagro, pero se le parece: como si el corazón, después de tanto ajetreo, recordara que también sabe latir despacio. Esa claridad sobrevive al árbol, a los turrones, a los discursos y, milagrosamente, incluso al propio 7 de enero. Por eso este día tiene algo de examen silencioso, de espiritualidad laica: nos pregunta, sin levantar la voz, si algo de lo celebrado —la ternura, la generosidad, la mesa compartida— puede incorporarse a la rutina y sobrevivir sin luces ni villancicos. Si volvemos distintos, aunque sea un poco más pacientes, un poco menos rencorosos, un poco más atentos a lo frágil y a lo valioso, entonces la Navidad no habrá sido solo un paréntesis.
El 7 de enero no inaugura nada espectacular. No tiene brillo propio. Pero lo reclama todo. Nos reconstruye sin fotos, sin aplausos y sin magos. Nos devuelve a la normalidad, que es donde de verdad se ponen a prueba las enseñanzas. Porque al final es exactamente aquí —en la lista de la compra y en la lavadora que hay que tender— donde se decide si la Navidad ha sido solo ruido o una lección.
Aunque sea 7 de enero.
Aunque ya nadie esté mirando.