Abierto por derribo

Manuel Madrid Delgado

Tres luces en el belén

Van hacia Belén llevando lo que tienen: un poco de pan, quizás un queso, tal vez un cordero

El belén no es una estampa inmóvil, un adorno piadoso ni un mero recuerdo infantil fijado por la inercia de la costumbre en el desván de la memoria. Es, en esencia, un mapa: un pequeño territorio simbólico donde, bajo la apariencia humilde de figuras de barro y caminos de corcho, se despliega una gramática entera para que podamos comprender la vida. En este escenario nada es accesorio: hay centros y hay márgenes, hay trayectos y hay umbrales, hay una luz que convoca y una sombra que resiste con tenacidad. Se trata de una auténtica escuela de humanidad, una pedagogía silenciosa que se renueva cada año sin agotarse para obligarnos a ejercitar los difíciles artes de aprender a mirar, aprender a buscar y aprender a proteger.

LOS PASTORES. Quizás por eso el relato no comienza en los palacios del poder o en aquellas salas asépticas donde se arbitra el destino del mundo. El belén prefiere nacer fuera, en la intemperie de la noche abierta. Allí aguardan los pastores, figuras que en el reparto silencioso del misterio suelen ocupar un rincón secundario: hombres modestos, de pies descalzos y ropa gastada, con el gesto cansado por la brega diaria y un cordero al hombro. Si uno se acerca hoy a estas figuras de barro que han sobrevivido a mudanzas y eneros, descubrirá en ellas las cicatrices de la vida misma: los desconchones en el barniz que simula el cuero de los zurrones, las manos ásperas y romas que el artesano esculpió con tosquedad, las túnicas de colores sordos que el roce del tiempo ha ido descascarillando. Son gente del margen, del frío y del silencio, acostumbrados a dormir al raso, a esquivar lobos, a medir el paso del tiempo por el pulso de las estrellas y no por el tictac tiránico de los relojes. Nada en ellos parece destinado a la gran historia: carecen de prestigio o de influencia reconocida y, sin embargo, han sido los primeros. Antes que los sabios, antes que los poderosos, antes incluso de que la historia supiera siquiera cómo nombrar lo que estaba ocurriendo, ellos han escuchado la noticia: “Hoy os ha nacido un Salvador”.

Como conocen bien la noche, los pastores saben que no toda oscuridad es enemiga y que hay una forma de sabiduría que solo se adquiere a la intemperie: la de quien no lo controla todo y, por eso mismo, permanece atento. Los pastores no discuten el mensaje, no solicitan garantías que avalen lo insólito ni aplazan una decisión esperando explicaciones previas. Dicen simplemente “vamos a Belén”, y van, con su sabiduría humilde y sus rebaños. Andan el camino sin prisa, sin nerviosismo, con una disponibilidad absoluta para lo que han sentido en sus corazones. Caminan y antes no han pedido pruebas: les ha bastado el cántico de los ángeles en medio de la madrugada.



Van hacia Belén llevando lo que tienen: un poco de pan, quizás un queso, tal vez un cordero; regalos pobres, sí, pero suficientes, porque no son las sobras lo que van a entregar sino lo que ellos mismo necesitan para vivir, o sea, todo lo que tienen. Los vemos torpes, parados en la puerta del establo sin saber qué hacer, los vemos entrando con sus manos ásperas, sintiendo el contraste entre la fragilidad de un recién nacido y la dureza de su propia existencia. Se postran delante del Niño y encuentran allí un silencio distinto: denso, hospitalario y sagrado. Al regresar a sus rebaños, aunque sus circunstancias externas permanezcan intactas —seguirán cuidando ovejas y enfrentándose a la noche—, vuelven distintos porque algo se les ha encendido por dentro. Y así, la lección más honda de los pastores es que lo decisivo no siempre transforma la realidad exterior, pero sí la mirada, revelando que lo extraordinario sólo se ofrece a quien permanece despierto para acoger la vida antes de intentar entenderla. Los pastores representan esa parte de nosotros que aún es capaz de maravillarse sin pedir pruebas, en un tiempo que exige evidencias para todo.

LOS REYES MAGOS. Un poco más allá, avanzando con la cadencia de quienes están acostumbrados a la pompa, aparecen los Magos, figuras de la búsqueda paciente y del viaje largo que han decidido fiar su destino a una señal leve que se les apareció en el firmamento. En el paisaje de corcho y musgo seco, sus figuras destacan por una elegancia herida, casi melancólica: los mantos llevan todavía restos de una purpurina vieja que el polvo de los años ha apagado, y en sus coronas de imitación se adivina —si uno mira de cerca— el rastro de pegamento de alguna antigua reparación, una cabeza pegada con cuidado tras una caída accidental en navidades pasadas. Esas imperfecciones del barro no restan dignidad a su marcha, sino que la humanizan profundamente. Los Magos no se han puesto en camino por herencia ni por inercia, sino por la intuición de que lo verdaderamente valioso merece desplazamiento, renuncia y tiempo. Aceptan, dócilmente, seguir a una estrella que no manda ni impone certezas, sino que sugiere y orienta la mirada. Caminan sin seguridades absolutas, atravesando desiertos exteriores e interiores y sosteniendo la incertidumbre sin renunciar al sentido, encarnando así lo contrario de quienes exigen evidencias totales antes de dar un solo paso. Su sabiduría no consiste en poseer la verdad como un trofeo, sino en buscarla con fidelidad, reconociendo en sus cofres de oro, incienso y mirra la dignidad, la trascendencia y la fragilidad reunidas en un mismo acto de reconocimiento.

Resulta conmovedor que sean precisamente tres forasteros quienes primero pronuncien la verdad de lo que está ocurriendo, recordándonos que a veces hace falta mirar desde lejos para comprender lo que tenemos de cerca. Los Magos encarnan una forma adulta de esperanza que sustituye el entusiasmo inmediato por la perseverancia; son sabios no tanto por lo que saben, sino por lo que están dispuestos a perder: comodidad, seguridad y control. En ellos conviven la inteligencia y el asombro, la experiencia acumulada y la intuición primigenia, recordándonos que la vida no se agota en lo inmediato y que lo esencial rara vez se encuentra en los caminos cortos: lo importante siempre llega pasado mañana. Como sugirió Rilke, ellos han aprendido a vivir las preguntas para que, tal vez un día lejano, puedan vivir la respuesta; parten, pues, no con dogmas cerrados, sino con preguntas habitables y por eso, cuando se declina la noche del 5 de enero, llegan a su destino con la satisfacción del Misterio comprendido.

LOS SANTOS INOCENTES. Pero el belén no se encierra en una lectura complaciente ni en un sentimentalismo fácil: en mitad de la luz de las bombillitas parpadeantes, aparece la violencia terrible de los Santos Inocentes. Esta escena irrumpe como una nota que desentona con la armonía del establo, como un recordatorio incómodo de que la luz siempre nace en un mundo que no ha renunciado del todo a su oscuridad ni a sus mecanismos de destrucción. De los Inocentes no conocemos nombres ni palabras heroicas ni biografías extendidas: apenas han comenzado a vivir y su martirio es puro desamparo, una vulnerabilidad extrema. Por eso nos cuesta tanto mirarlos de frente en medio de la fiesta, porque en ellos se concentra una verdad que preferimos no afrontar: que las grandes derrotas humanas comienzan siempre cuando la vida más frágil deja de ser protegida. Frente al poder de Herodes, que busca eliminar todo aquello que no controla, los Inocentes permanecen como memoria incómoda,  como herida abierta y como advertencia perenne. Los Inocentes no nos invitan al sentimentalismo fácil sino a la vigilancia activa.

Hannah Arendt advirtió que el mal más peligroso no es aquel que se presenta con rostro de monstruo reconocible, sino el que se normaliza en la cotidianidad, el que se vuelve burocracia o indiferencia. Por ello, los Inocentes nos obligan a no normalizar la desprotección, recordándonos que toda sociedad se mide, en última instancia, por el trato y el cuidado que brinda a quienes no pueden defenderse por sí mismos. La lección de los Inocentes reside en lo que reclaman de nosotros: una responsabilidad que va más allá de la ley. Es una idea que Harper Lee evocó con una imagen de profunda y rotunda humanidad en Matar a un ruiseñor: “Los ruiseñores no hacen otra cosa que crear música para que la disfrutemos. No se comen los frutos de los huertos, no anidan en los arcones del maíz, no hacen nada más que derramar su corazón por nosotros. Por eso es pecado matar a un ruiseñor”. Despreciar, ignorar, relativizar o justificar el sacrificio de lo frágil bajo cualquier pretexto es siempre el inicio de algo oscuro. Por eso esta escena situada en un rincón del belén honra la memoria de los indefensos y afirma —tenaz— que proteger la vida, incluso con gestos diminutos, constituye una forma radical y necesaria de esperanza.

CARTOGRAFIA ALTERNATIVA. Contempladas juntas, estas tres escenas revelan que el belén es una auténtica escuela de humanidad que propone, sin gritos, una forma de estar en el mundo. Las figuras, con sus cuellos pegados, sus bases desconchadas por el uso de generaciones y sus colores gastados por los muchos diciembres, nos hablan de una trascendencia que no teme mancharse con la materia humilde. La atención humilde de los pastores, la búsqueda perseverante de los Magos y el cuidado vigilante ante los Inocentes. Mirar, caminar, proteger: tres verbos que componen una cartografía alternativa en un mundo saturado de ruido, de velocidad y de consignas vacías que nos instan a no detenernos.

El belén nos recuerda que la historia no avanza solo por la fuerza de los poderosos ni por los grandes titulares, sino por la fidelidad silenciosa de quienes saben permanecer atentos a las luces que no conquistan la oscuridad de golpe, pero la habitan con sentido. Nos recuerda que no todo lo valioso es visible de inmediato y que la esperanza es una forma paciente de resistencia. Al final, el relato que el belén nos trae cada Navidad nos devuelve siempre a la misma pregunta formulada sin estridencias, casi al oído, en el silencio de la noche: qué hacemos nosotros con lo que se nos confía. El belén nos pregunta si somos capaces de mirar sin poseer, de caminar sin dominar y de proteger la vida ajena —la frágil, la que no tiene voz— incluso cuando ese cuidado no recibe aplausos ni reconocimiento público. Porque la historia no se sostiene por los grandes nombres, sino por una fidelidad silenciosa y mientras exista alguien dispuesto a velar en la noche, a ponerse en camino sin garantías o a interponerse con ternura y firmeza entre la fragilidad y el miedo, la luz seguirá encontrando dónde nacer.