La Noche de Reyes es una tregua: tal vez la última tregua antes de que el invierno devenga en puramente administrativo. La Noche de Reyes es una pausa delicada, casi clandestina, en la que el mundo —duro, ruidoso, demasiado seguro de sí mismo— acepta durante unas horas comportarse como si el asombro todavía fuera una forma razonable de inteligencia. La Noche de Reyes no es una noche cualquiera. Tampoco es solo una fiesta infantil, aunque los niños la habiten con una naturalidad que los adultos, ay, hemos perdido en el mercado de la estupidez. La Noche de Reyes una noche antigua, construida con una arquitectura de símbolos y memorias buenas, que sobrevive porque toca una fibra profunda de cada ser humano: la necesidad de creer que algo bueno puede llegar desde lejos, guiado por una estrella, sin exigir explicaciones previas.
Los Reyes Magos no vienen del futuro —ese lgar que nos angustia— sino del fondo del tiempo, de ese lugar en el que la historia se confunde con el mito. Son extranjeros por vocación, sabios de la periferia, errantes que caminan sin cesar por los senderos polvorientos de la realidad. No pertenecen al lugar al que llegan y, sin embargo, con su sola presencia lo transforman. Tal vez por eso siguen siendo necesarios: porque recuerdan que la verdad, la belleza o la justicia casi nunca nacen en el centro del poder, sino en los márgenes, en los lugares donde habitan los pastores y donde hoy, como hace dos mil años, los tiranos masacran a los inocentes.
Se llega a este umbral sagrado con las manos llenas de cartas escritas con las tintas de la humildad, del pudor y de esa mentirijilla necesaria que es casi una forma de esperanza: ¿qué niño no le ha jurado a los Reyes que se ha portado bien, buscando en ese autoengaño una absolución de última hora? En esta noche santa todo se llena de gestos pequeños y solemnes: los zapatos bien colocados —como si fueran barcas que esperan un cargamento de luz—, el agua para los camellos, el vino y los mantecados para unos reyes que aceptan nuestra sencilla hospitalidad doméstica.
Y luego, el duermevela, ese duermevela maravilloso que todos hemos sentido. Ese estado de gracia donde el sueño se pelea con la vigilancia, ese hacer turnos con los hermanos para intentar atrapar el roce de una capa o el eco de un paje, ese silencio fascinante y espeso que inunda las casas mientras se aguarda el milagro de los regalos posados sobre el cuero de los zapatos. Hay algo profundamente humano en esta liturgia que repetimos con una terquedad hermosa: en ella ordenamos el deseo, le damos nombre, lo formulamos y, al hacerlo, reconocemos que tiene límites. Gracias a esta noche comprendemos que pedir no es humillarse, sino aceptar que no somos autosuficientes. Y en una época que idolatra la autonomía absoluta y el “yo me basto”, aceptar que necesitamos que algo llegue de fuera es, posiblemente, un acto de resistencia contra un sistema podrido.
Los adultos fingimos a menudo que organizamos esta coreografía para los niños, pero sabemos, en el fondo del corazón, que no es del todo cierto: la organizamos también para nosotros mismos. Porque necesitamos creer, aunque sea por delegación; necesitamos que ese niño que fuimos nos habite durante unos segundos, una vez al año, para que no se nos muera del todo el alma bajo el peso de las facturas y del cinismo. Mirar unos ojos que esperan con esa fijeza luminosa, nos devuelve algo que creíamos haber perdido en algún recodo del camino: la capacidad de ser sorprendidos por la bondad desinteresada.
Hay en la Noche de Reyes una bellísima pedagogía silenciosa, una lección de madurez personal que ya no se imparte: nos enseña que la espera forma parte del regalo —puede, incluso, que la emoción de la espera sea el mejor regalo—; que no todo es inmediato; que hay que acostarse sin pruebas, sin garantías de que vendrán los Reyes, confiando en que, al amanecer, el milagro habrá sucedido un año más y algo habrá cambiado. Y en tiempos de gratificación instantánea, esa lección resulta casi subversiva.
Cuando amanece la mañana, el milagro se revela modesto, humano, imperfecto: lo que han dejado los Reyes nunca coincide del todo con la carta, siempre falta el juguete soñado, siempre sobra esa prenda de ropa demasiado útil. Y, sin embargo, es en ese desajuste donde aprendemos —o deberíamos aprender— que la felicidad no consiste en la exactitud del deseo cumplido, sino en la sorpresa de lo recibido: en aceptar que la realidad no se pliega del todo a nuestra voluntad y que, a pesar de esa resistencia de la vida, el regalo del amanecer merece ser celebrado. En cualquier caso, siempre nos quedará el roscón, que comparece al centro de la mesa investido de una altísima misión diplomática: la de endulzar, entre crema y naranja escarchada, el sinsabor de los fallos técnicos cometidos por los Reyes, restableciendo la paz entre nuestras altas expectativas y la realidad del zapato.
Y es que mañana de Reyes también hay decepciones y sombras. Es inevitable. Los Reyes enseñan pronto —pedagogía agridulce— que no todo llega, que no todo se concede, que hay ausencias que no se pueden envolver con papel brillante ni lazos de colores. Pero incluso ahí hay verdad básica: “Educar es enseñar a perder”, escribió alguna vez alguien con más lucidez que consuelo. Y esta mañana del 6 de enero, sin discursos, lo aprendemos por las malas y por las buenas: aceptando que la vida es un don que no siempre se ajusta a nuestros caprichos.
La Noche de Reyes es, en el fondo, una lección magistral sobre el tiempo: cierra definitivamente, con un portazo suave, el ciclo de la Navidad y nos devuelve, sin anestesia, a la intemperie de enero. Mañana volverán el trabajo, las facturas, las prisas, noticias que no invitan al optimismo y grisura peligrosa de los políticos que nos gobiernan. Pero hoy todavía no. Hoy el mundo se permite el lujo de una última inocencia. Quizá por eso conviene defender esta noche —con uñas y dientes— de la ironía excesiva, del cinismo fácil, de la tentación racionalista de desenmascararlo todo. Hay verdades que solo funcionan mientras no se explican demasiado, como la belleza del poema o las mariposas del primer amor. Desencantar el mundo no lo hace más verdadero, solo lo vuelve más pobre, más frío y mucho más aburrido.
Cuando los niños crezcan y los Reyes dejen de ser realidad y se vuelvan metáfora, quedará algo indestructible en su fondo humano si los adultos hemos sabido custodiar bien el secreto y la magia: guardarán como un tesoro la memoria de una noche en la que creer no era un acto ridículo, sino una forma de amor y de dignidad. Una noche en la que la bondad llegaba de lejos, sin pedir nada a cambio. Una noche en la que sabíamos que alguien pensaba en nosotros mientras dormíamos.
Tal vez eso sea lo esencial que no deberíamos permitirnos perder: la certeza —frágil, discutible, pero necesaria— de que no estamos completamente solos en mitad de la noche. La certeza de que, incluso en la oscuridad más densa, alguien sigue con paso firme el rastro de una estrella. Y mientras esa posibilidad exista, aunque sea solo una noche al año, el mundo no estará del todo perdido y seguirá valiendo la pena poner los zapatos en el balcón. Y nosotros, seguiremos estando a salvo.