Durante meses —quizá años— llevamos discutiendo desde estas líneas una idea incómoda: el mundo en el que crecimos ya no existe, aunque sigamos actuando como si nada esencial hubiera cambiado. La dificultad no está en que los acontecimientos sean incomprensibles, sino en que los seguimos interpretando con categorías que pertenecen al final del siglo XX y principios del XXI.
Desde dentro de una época histórica, los cambios profundos rara vez se perciben como tales. Se viven como una sucesión caótica de decisiones absurdas, liderazgos extravagantes o crisis puntuales. Solo con perspectiva se entiende que aquello no era ruido, sino una mutación del sistema. Brexit no fue un error aislado. Trump no fue un accidente. El auge de la ultraderecha no es una anomalía pasajera. El final del neoliberalismo no es un eslogan académico. Todo forma parte de lo mismo: la descomposición del orden que reguló el mundo durante las últimas décadas.
Y ahora, en apenas diez días de 2026, la sensación se acelera; parece que todo/s está/n loco/s.
Un presidente secuestrado en Venezuela. Estados Unidos amenazando abiertamente con intervenir en Groenlandia. Rusia mantiene el cerco a Ucrania. México revolviéndose contra la postura de Trump. Protestas masivas en Irán. China aumentando la presión sobre Taiwán. Tensiones internas también en EE. UU. Conflictos que antes habrían sido considerados impensables, hoy se enuncian con naturalidad.
No es que el mundo se haya vuelto loco. Es que ha dejado de obedecer las reglas que creíamos universales.
El sistema internacional de posguerra —basado en normas, instituciones multilaterales y cierta previsibilidad— está erosionado hasta el hueso. No porque alguien lo haya abolido formalmente, sino porque las grandes potencias ya no se sienten obligadas a respetarlo.
La nueva lógica es brutalmente simple: zonas de influencia, fuerza, coerción y hechos consumados.
Rusia no discute ya el marco de seguridad europeo: lo rompe. China no debate el estatus de Taiwán: lo rodea y lo presiona. Estados Unidos no se presenta como garante del orden liberal: actúa como potencia desnuda, sin complejos normativos.
Y en ese mundo, las declaraciones solemnes, los comunicados institucionales y las apelaciones al “derecho internacional” pesan exactamente lo que pesan cuando nadie está dispuesto a hacerlo cumplir: muy poco.
Esto no significa que la ley haya desaparecido. Significa que solo existe allí donde coincide con el interés de los poderosos.
Conviene decirlo con claridad, aunque incomode: Occidente no atraviesa una crisis coyuntural, sino una decadencia estructural. No económica solamente. No tecnológica únicamente. Sobre todo, política y estratégica.
La democracia liberal no colapsa porque la ataquen desde fuera, sino porque ha dejado de ofrecer respuestas materiales y sentido colectivo dentro. La polarización, el repliegue identitario y el auge de fuerzas autoritarias no caen del cielo: crecen sobre frustraciones reales.
Y mientras tanto, seguimos explicando el mundo como una lucha moral entre “demócratas” y “autócratas”, cuando la realidad funciona cada vez más como una competencia entre Estados con intereses, capacidades y voluntad de poder. La moral sin poder no ordena nada. Y el poder sin análisis acaba mal.
Lo que hay que tener presente desde ya es que la competencia estratégica entre Estados Unidos y China es la columna vertebral del nuevo orden mundial.
China ha venido expandiendo su influencia económica, diplomática y militar con una estrategia que combina cooperación con Rusia, presiones en torno a Taiwán y una profundización de su presencia en regiones clave.
Lo decisivo aquí no es solo si China “invade Taiwán” o no en los próximos años —eso sigue siendo un riesgo no descartable—, sino qué estrategia concreta adopta Beijing para confrontar la primacía estadounidense una vez ya se ha adelantado el camino que ha decidido emprender Trump. Esa estrategia abarca desde la acumulación de fuerzas navales en Asia, la profundidad de su penetración económica y tecnológica en los mercados globales, hasta su papel en conflictos proxy y redes de alianzas alternativas.
Del lado estadounidense la respuesta no es uniforme ni unilateral. La nueva Estrategia de Seguridad Nacional combina elementos de presión sobre China —por ejemplo, la reducción de dependencia en materias críticas como tierras raras— con intentos de reforzar alianzas tradicionales y atraer nuevos socios.
La pregunta geopolítica central ya no es si EE. UU. o China “ganarán” la competencia global, sino cómo se reconfigurarán las alianzas y qué rol asumirá cada poder en la definición de normas, esferas de influencia e instituciones internacionales.
Y, por último y por lo que nos afecta, hemos de decir que el actor que peor está leyendo todo este cambio de época, es la Unión Europea. No por falta de recursos, población o capacidad económica. Sino por falta de conciencia estratégica.
La UE sigue actuando como si el mundo fuese un mercado regulado y no un tablero de poder. Como si bastara con normas, incentivos y sanciones para moldear comportamientos. Como si la seguridad fuera algo externalizable indefinidamente.
Europa no carece de valores. Carece de voluntad de sostenerlos cuando dejan de ser cómodos. Mientras otros redefinen sus zonas de influencia, Europa discute procedimientos. Mientras otros invierten en soberanía industrial, tecnológica y militar, Europa confía en que el pasado vuelva. Mientras otros asumen que el conflicto ha regresado como categoría central, Europa lo trata como una anomalía temporal.
El resultado es claro: riesgo de irrelevancia estratégica.
Pero Europa aún tiene margen. Pero ese margen se estrecha rápido. Y exige decisiones incómodas.
Primero, asumir que la autonomía estratégica no es un eslogan, sino una necesidad. Defensa, energía, tecnología crítica e industria no pueden seguir dependiendo de terceros con intereses divergentes.
Segundo, pensar la política exterior como política de poder, no como extensión administrativa del mercado interior. Diplomacia, capacidad militar y presión económica deben integrarse en una estrategia coherente.
Tercero, reconstruir legitimidad interna, ofreciendo seguridad material, cohesión social y proyecto colectivo. Sin eso, cualquier política exterior será frágil.
Y cuarto, dejar de esperar que alguien venga a restaurar el orden anterior. No va a ocurrir. El mundo no “volverá a la normalidad” porque esa normalidad era excepcional y ya no es sostenible.
La diferencia es que durante décadas vivimos bajo un paraguas que nos permitió olvidar una verdad incómoda: la política internacional no es un espacio moral, sino un campo de fuerzas. Ese paraguas se está cerrando.
2026 no va a ser un año raro. Va a ser un año coherente con el nuevo mundo que emerge. Quien lo entienda, podrá actuar. Quien no, seguirá sorprendiéndose… hasta que sea demasiado tarde.