Estilo olivar

Juan José Almagro

6-7

El compromiso no es tarea exclusiva de las grandes corporaciones; también lo es de personas e instituciones

“Six seven”, seis siete, es la palabra del año 2025 para Dictionary.com Obviamente no es una palabra y, además, por mucho que preguntes nadie sabe exactamente qué es lo que significa; quizás mis nietos, nacidos todos después de 2010 e integrantes de la llamada generación “alfa”. Parece increíble que entre los muy jóvenes se haya convertido en viral una expresión (?) nacida de la letra de la canción ‘Doot Doot 6 7’ del rapero Skrilla. La prensa (Guillermo Alonso, “El País”) recoge algo que publica Dictionary para aclarar el significado de la expresión de marras: “Algunos dicen que significa ‘más o menos, o ni una cosa ni otra’; especialmente cuando se acompaña de su característico gesto con las manos, en el que ambas palmas miran hacia arriba y se mueven alternativamente de arriba abajo. Algunos jóvenes, intuyendo una oportunidad para fastidiar a sus mayores, lo usan como respuesta a casi cualquier pregunta: ‘Hola, cariño, ¿qué tal el cole hoy?’ ‘¡6-7’. Pregunto a mi nieto mayor, Yago, con 14 años, que vive y estudia fuera de España, y me confirma que la palabra no tiene un significado exacto y que, en el fondo, los jóvenes la utilizan como broma para tomarle el pelo a los mayores. Y hacen bien, digo yo, integrante de la generación “baby boomer” que aprovecha esta ocasión para pedir perdón: poder, podíamos; pero no hemos sabido/querido dejar un mundo mejor a las generaciones que nos siguen. Tomar un poquito el pelo me parece  escaso reproche.

Con la que está cayendo, y lo que se avecina, he recordado una magnifica viñeta de El Roto que muestra la imagen de un preboste político anunciando desde la tribuna: “Queda proclamado el estado de ansiedad permanente”. Ni que decir tiene en qué situación nos encontramos los sufridos ciudadanos en estos tiempos donde, como tantas veces hemos repetido, la única certeza que atesoramos es, precisamente, la propia certeza de la incertidumbre: no sabemos lo que va a pasar, ni como, ni cuando, ni donde, ni de qué manera, ni como nos afectará, ni si saldremos de esta, con instituciones inoperantes y caducas, con o sin autócratas como Trump y compañeros mártires.

Imaginemos la angustia de los que están sin trabajo o con sueldo precario, los inmigrantes, los que no pueden tener una vivienda digna, pagar la calefacción, una hipoteca o llegar a fin de mes; las personas que sufren cada día por la perspectiva de un futuro incierto y desesperante atenazados por el desasosiego de no poder cumplir con sus responsabilidades. Por un porvenir que, sobre todo para los jóvenes, se funde en negro en la película de la vida.



Y, como creo que la hora del cambio ha llegado, deberíamos -hablo de la Sociedad Civil y me olvido de los políticos- hacernos presentes amparados por aquel deseo que nos enseñó Borges: “El futuro no es lo que pasará. El futuro es lo que hagamos hoy”. Pongámonos, pues, a la tarea y avancemos recordando que ningún proyecto se puede construir desde el olvido y el desdén.

No podemos olvidar que la principal responsabilidad de cualquier individuo y, sobre todo, de las instituciones, de cualquier empresa o asociación, y de sus gestores, es -en primer término- cumplir con su deber y con el fin para el que fueron concebidas, dando beneficio, creando puestos de trabajo y riqueza, y siendo innovadoras y eficientes, además de competitivas. Sin embargo, la empresa y las instituciones, y sus dirigentes, tienen otras responsabilidades y algún compromiso que van parejos, y aún más allá del fundamental resultado económico: cumplir su función social y hacer posible un escenario mucho más humano y habitable. Y contribuir, desde la Ética, a formar el carácter de los ciudadanos Es, no lo olvidemos, también su responsabilidad. La función social no es sólo un compromiso de las empresas, y la necesidad de un quehacer responsable se extiende a instituciones, organizaciones y ciudadanos. Estamos desde hace años en la Era de la Responsabilidad Social, de la recuperación de los valores y del Compromiso como auténtica respuesta global. El compromiso no es tarea exclusiva de las grandes corporaciones; también lo es de personas e instituciones, y la solidaridad un derecho y un deber de todos y cada uno de nosotros, como recuerda el art. 29 de la tan olvidada Declaración Universal de los Derechos Humanos. Los valores y, a su través, la satisfacción de las necesidades humanas, que no otra cosa es el Bien Común, son la infraestructura moral básica e indispensable de toda sociedad justa, y de cualquier empresa, institución o Universidad que quiera obtener el preciado título de organización ciudadana: aquella que, además de cumplir con su deber y con la ley, promueve y desarrolla el Buen Gobierno, ayuda a resolver los problemas que preocupan e inquietan a los ciudadanos; practica el dialogo y las relaciones de equidad con todas las partes interesadas, se comporta éticamente y se compromete social, solidaria y activamente con la Sociedad, como querría y dejó escrito Cicerón hace veinte siglos. Hay un horizonte ético de responsabilidad sin el cual la vida en común es imposible. Y no podemos resignarnos a un mediocre 6-7. Se lo diré a mis nietos.