Valdepeñas de Jaén, en el corazón de la Sierra Sur, fue bendecida por los dioses con el gran elemento de la vida: el agua. Allí nace un río que responde a varios nombres —Vadillo, Vaíllo para los oriundos, Chorrillo o Susana—, todos válidos para nombrar una hermosa cicatriz abierta en la piel de la tierra, por la que mana su sangre líquida desde lo más hondo.
Recién nacido, el río comienza su andadura sesgando tierras y rocas, esculpiendo figuras tobáceas, siempre escoltado por zarzas e hiedras, fresnos, higueras y ortigas. Un bosque de galería lo acompaña, silencioso testigo que se nutre de la frescura de este lugar bucólico.
Los habitantes de la zona han sabido convivir con este paraje a lo largo del tiempo. Hubo, sin embargo, una época en la que la vegetación cerró casi por completo aquel sendero por el que los jóvenes valdepeñeros acudían, en plena canícula estival, a buscar alivio en las pozas ocultas del río. De entonces nació una leyenda: la de un muchacho ahogado. Imagino que, como tantas otras, pretendía disuadir a los jóvenes del riesgo que entrañaba bañarse en aquellas aguas gélidas y profundas.
De esa leyenda pervive una versión popular, recogida de la tradición oral, que aquí transcribo bajo el nombre de:
Romance del mozo de las Chorreras
En la sierra
de Jaén,
donde el agua se despeña,
corre un río cristalino
por entre rocas y breñas.
Con la calor
de la tarde
bajaba un mozo del pueblo,
buscando el frescor del agua
sin que nadie le acompañe.
—No vayas a
las Chorreras —
le decía su madre anciana—,
que el agua guarda un secreto
y es traicionera la parra.
Pero el joven
no escuchó,
que el ímpetu lo guiaba,
y al llegar a la poza honda
en su cristal se lanzaba.
El agua, que
era de hielo,
sus miembros fue atenazando,
y el remolino del fondo
poco a poco lo fue ahogando.
Dicen que en
noches de luna,
cuando el Vadillo va lleno,
se oye un lamento que sube
por el barranco del trueno.
Es el alma del
muchacho
que en la poza se quedó,
avisando a los valientes
de lo que allí le ocurrió.
La primera vez que este loco de los senderos visitó las Chorreras fue cuando el lugar aún yacía en el abandono. Preguntamos a un vecino y él, con la amabilidad serena de quien guarda un secreto antiguo, nos acompañó hasta el barranco. Las zarzas se alzaban como cortinas afiladas que cerraban el paso, pero nuestro improvisado guía, armado con una vara, iba abriendo camino a golpe de palo, como un explorador de selva espesa que avanzara machete en mano en busca de una civilización perdida. Hubo instantes en los que blandía el palo con tal ímpetu que temimos salir zarandeados por la fuerza de sus bríos.
Con el paso de los años, el lugar fue acondicionado. Se limpió la maleza, se tendieron puentes y pasarelas, y las cascadas, al romper en sus pozas, pasaron a formar parte de un recorrido accesible para cualquier caminante. La sucesión de saltos de agua, aquella caída inesperada y altiva que alimenta el río desde lo alto, el angosto pasillo natural… todo ello es puro romance entre el agua y su caprichoso afán de modelar la piedra.
Incluso en sus rincones más ocultos habita un pequeño y singular morador: el musgaño de Cabrera, raro insectívoro nunca antes documentado en la Sierra Sur de Jaén. Un diminuto animal acuático, de hocico alargado como el de la musaraña —aunque no sea un roedor—, discreto habitante de estas aguas claras.
Pasear por las Chorreras del Vadillo, en Valdepeñas de Jaén, es reconciliarse con el murmullo del mundo: escuchar a la naturaleza, respirar entre una vegetación exuberante y descubrir un vergel escondido, arrullado por el canto del agua.
Y, como
siempre os digo: caminad, perdeos por los senderos y disfrutad de todo cuanto
nos ofrece nuestra Madre Naturaleza.
Nos vemos por las sendas y parajes de nuestro paraíso jiennense.