Sobre nuestras piedras lunares

Manuel Montejo

Venezuela o el día en que la política dejó de fingir

Durante años se repitió la idea de que el voto era “la herramienta más poderosa”. Como si una victoria electoral, sóla, pudiera imponerse a una autocracia

Durante unas horas —quizá días— se nos pidió que miráramos a Venezuela con los ojos de siempre, fueran de un lado o de otro: los de la épica, los del bien contra el mal, los de la democracia asediada por la tiranía y, cómo no, los de la indignación selectiva por el imperialismo. Pero cuanto más avanzaban las horas, cuanto más se acumulaban declaraciones contradictorias, silencios estratégicos y giros de guion, más evidente se hacía algo incómodo: aquí no estaba pasando lo que nos habían contado. Estaba pasando otra cosa. Mucho más sencilla. Mucho más cruda. Mucho más política.

Porque lo ocurrido en Venezuela no es, sobre todo, una historia de valores. Es una historia de poder. Y cuando uno mira los acontecimientos desde ahí, todo encaja de golpe. Incluso lo que resulta desagradable.



Conviene recordarlo, aunque moleste: la política no es un tribunal ético. No es una competición de virtudes. No es una lucha metafísica entre el bien y el mal. Es una relación de fuerzas organizada.

En política importa cuánta gente mandas, no cuánta gente te admira. Cuántos territorios controlas, no cuántos votos simbólicos obtienes. Cuántos militares, jueces, medios, alcaldes y gobernadores te obedecen, no cuántas banderas ondean en tus actos. Si eres muy puro, muy coherente y muy inspirador, probablemente te harán una foto. Pero no estarás en la mesa donde se negocia.

Y este es el drama —recurrente— de la oposición venezolana y de muchos de sus aliados internacionales: haber confundido legitimidad moral con poder político.

Durante años se repitió la idea de que el voto era “la herramienta más poderosa”. Como si una victoria electoral, por sí sola, pudiera imponerse a una autocracia. Como si un régimen que controla el aparato del Estado fuera a retirarse por respeto a una aritmética que no controla.

No se preparó la defensa del resultado. No se construyó una capacidad real de movilización sostenida. No se articularon centros de poder alternativos. No se organizaron estructuras capaces de resistir el choque.

El 29, cuando llegó el momento decisivo, no hubo nada. Ni protestas masivas. Ni cacerolazos. Ni parálisis del país. Ni fractura visible del aparato estatal. Y eso, en política real, es definitivo.

La gente fue a votar y volvió a casa. Lo primero se organizó bien. Lo segundo —salir a defender lo votado— no. Este es el drama para la derecha venezolana, para la europea y para la española. Nada de lo que han ido contado se ha cumplido y, lo peor, se va a cumplir.

En el otro lado del tablero, tampoco se ha cumplido el relato de nuestra izquierda, ni en la defensa del régimen de Maduro como un luchador por la democracia del pueblo venezolano y contra la tiranía del imperio estadounidense. Ni el régimen era tan democrático ni representativo, ni ha luchado contra EEUU, sino que ha negociado para cambiar de líder y continuar.

Se han caído demasiadas mentiras. Y queda otra más, muy persistente.

Estados Unidos no actuó para “liberar Venezuela”. Ni para traer democracia. Ni para cumplir ningún mandato moral. Actuó porque quería orden, control y previsibilidad. Y eso exige estabilidad.

Un país inestable no sirve. Un conflicto civil prolongado no sirve. Una guerra de guerrillas no sirve. Un poliducto necesita paz. Las infraestructuras estratégicas no funcionan entre sabotajes, insurgencias y caos. Quien crea lo contrario no entiende cómo funciona el mundo material.

Por eso Washington descartó a quien no podía garantizar control. Y por eso apostó por quien sí podía hacerlo, aunque fuera incómodo, contradictorio o moralmente impresentable para muchos.

María Corina Machado tenía capital simbólico. No tenía músculo político. No tenía capacidad de ordenar el país. Delcy Rodríguez, sí. No es una elección ética. Es una elección funcional.

Reducirlo todo al petróleo es tentador, pero insuficiente e ingenuo. Estados Unidos es prácticamente autosuficiente en energía. Canadá cubre estructuralmente el crudo pesado. El Merey venezolano es caro, complejo y marginal en el balance energético global. Reactivar PDVSA requiere años y miles de millones. La electrificación de nuestros países va reduciendo la dependencia futura del petróleo.

Entonces, ¿por qué Venezuela?

Porque Venezuela no es solo petróleo. Es geoestrategia. Es control regional. Es doctrina Monroe sin disimulo. Es un mensaje al continente: aquí se juega con reglas claras y quien no las entienda queda fuera. Pero también es un juego de poder interno: política republicana, elecciones de mitad de mandato, la reelección de Trump y el votante latino conservador, etc. Muchas cuestiones en juego.

Esto va de quién manda, no solo de qué se extrae.

La operación fue limpia. Demasiado. Sin resistencia significativa. Sin bombardeos indiscriminados. Sin descabezamiento total del régimen. Sin entrega del poder a la oposición. Eso no es una invasión clásica. Eso es una intervención quirúrgica con consentimiento parcial interno. Contactos previos. Pactos cruzados. Garantías. Silencios comprados.

Que Delcy Rodríguez hable ya de un futuro “relacionamiento cordial y respetuoso” no es propaganda: es confirmación. El marco estaba hablado. Y la oposición no estaba en la habitación.

Las reacciones internacionales han sido previsibles y reveladoras. Rusia protesta, pero no escala. China condena, pero calcula. Ambos entienden perfectamente este lenguaje porque lo hablan. No existe un bloque moral alternativo. Existen potencias que negocian.

Europa, mientras tanto, emite comunicados solemnes. Derecho internacional. Preocupación profunda. Llamamientos al multilateralismo. Traducción: irrelevancia estratégica envuelta en retórica. La Unión Europea no decide nada aquí. Y lo sabe.

En España, este episodio ha dejado a todos mal colocados.

La derecha celebraba la “liberación de Venezuela”. Soñaba con el final del chavismo. Aplaudía antes de saber el desenlace. Hoy guarda silencio. El régimen sigue, la oposición queda fuera y Estados Unidos pacta con quien decía combatir.

La izquierda denunciaba el imperialismo. Se indignaba con la agresión. Hablaba de soberanía. Pero cuando el mismo poder mantiene al régimen y descarta a la oposición, el marco moral se deshace. No hay respuesta posible sin reconocer que el mundo no funciona como el discurso.

Ambos compartían el mismo error: creer que la política va de relatos.

El problema de fondo es que hemos infantilizado la política. Llevamos años discutiendo la política como si fuera una serie. Con buenos, malos y giros dramáticos. Creyendo que tener razón equivale a ganar. Que denunciar equivale a actuar. Que los valores sustituyen al poder.

Venezuela nos devuelve a la realidad: manda quien puede mandar; decide quien tiene con quién pactar; gobierna quien puede garantizar orden.

Todo lo demás es opinión publicada.

Lo ocurrido en Venezuela no es solo una tragedia venezolana. Es una advertencia global. Para oposiciones sin músculo. Para partidos que creen que la moral sustituye a la organización. Para países que se creen actores cuando solo comentan.

Y especialmente para España, donde seguimos hablando del mundo como si estuviéramos en 2005 o en 1970, según seamos, mientras otros ya juegan sin complejos en el siglo XIX.

La política ha dejado de fingir. La pregunta es si nosotros vamos a seguir fingiendo que no lo vemos.