Después de Extremadura y Aragón, y con Castilla y León en el calendario inmediato, el país ha entrado en ese estado tan nuestro en el que cada elección autonómica se convierte en “plebiscito nacional” y cada encuesta en profecía bíblica.
Se habla de cambio de ciclo. Se habla de desgaste irreversible. Se habla de giro histórico. Pero cuando uno mira los datos agregados con algo de frialdad, el relato se vuelve menos heroico y más incómodo.
La derecha en España —sumando Partido Popular y Vox— lleva años moviéndose en una franja bastante estable: en torno a un tercio largo del electorado. No hay explosión demográfica conservadora. No hay marea desbordante. Hay constancia.
Constancia y transferencia interna. Si Vox crece, el PP cede. Si el PP recupera, Vox retrocede. Pero el bloque, en conjunto, se mantiene.
Es un sistema de vasos comunicantes que funciona con disciplina casi mecánica. Una especie de cooperativa ideológica donde pueden pelearse por la presidencia, pero no pierden clientes.
Y aquí viene la primera ironía. El Partido Popular ha planteado este ciclo autonómico como plataforma de lanzamiento hacia un duelo nacional entre Feijóo y Sánchez. Sin embargo, cada vez que el PSOE tropieza, el impulso no siempre fortalece al PP; en demasiadas ocasiones fortalece a Vox.
Es decir: el trampolín está ahí, pero quien salta más alto no siempre es el convocante.
Feijóo aspira a gobernar en solitario mientras su principal competidor dentro del bloque crece cuando el PSOE se debilita. Estratégicamente, eso no es una victoria en diferido. Es una cesión progresiva de hegemonía.
No hay nada más peligroso para un partido de gobierno que necesitar estructuralmente a quien trabaja para sustituirte dentro de tu propio espacio.
Pero el verdadero problema no está en la derecha. Está en la izquierda.
Para entenderlo, quizás sea bueno mirar fuera primero.
En Europa se ha extendido el modelo polaco, donde la izquierda desaparece o queda testimonial y la competición real se produce dentro de la derecha, entre una versión institucional y otra populista. El eje ya no es izquierda-derecha, sino derecha clásica contra derecha identitaria. También nos encontramos el modelo francés, donde derecha populista e izquierda populista dominan la primera vuelta, el centro queda tocado pero aún útil como árbitro en la segunda. Polarización fuerte con frenos institucionales.
También podemos ver lo que ocurre en Italia, donde la derecha populista se ha convertido en hegemónica, pero cuando llega al poder se modera lo suficiente como para no incendiar el edificio. La socialdemocracia resiste como alternativa. La derecha tradicional sobrevive como comparsa. Y, por supuesto, nos queda EE.UU: la derecha populista no funda nada nuevo; simplemente toma el partido conservador por dentro y lo redefine.
Ahora volvamos aquí. Cuando el PSOE cae, la izquierda alternativa no absorbe automáticamente ese voto. No hay redistribución compensatoria. No hay mecanismo de recirculación eficaz. Parte del electorado se abstiene. Parte se va a partidos territoriales. Parte, simplemente, desconecta.
La derecha se comporta como bloque. La izquierda se comporta como agregación contingente. Y en un sistema multipartidista donde la suma decide mayorías, eso es un problema estructural, no retórico.
Podemos hablar de modelo polaco, francés, italiano o estadounidense. Podemos teorizar sobre hegemonías populistas o institucionalizaciones tácticas. Pero el dato frío sigue siendo este: el bloque conservador mantiene su base con disciplina; el progresista depende de la movilización y la coordinación.
Si la participación cae, un 35 % del censo movilizado hacia la derecha puede convertirse en mayoría parlamentaria. No porque haya conquistado nuevas almas, sino porque el resto decidió quedarse en casa.
La derecha no necesita crecer demasiado. Le basta con que la izquierda se desactive. Y aquí es donde la crítica ya no puede ser cómoda.
La izquierda española muestra síntomas claros de acabar como la italiana, es decir, desaparecer: fragmentación, competencia interna permanente, liderazgo discutido, debates estratégicos convertidos en disputas identitarias. Cada reorganización se presenta como refundación histórica. Cada diferencia táctica se dramatiza como dilema moral.
Mientras tanto, el votante medio observa.
Observa que cuando el PSOE pierde fuerza, no aparece automáticamente una alternativa atractiva dentro del mismo bloque. Observa que las disputas internas ocupan más espacio que el proyecto común. Observa que el relato a veces sustituye a la organización.
Y cuando el votante percibe desorden, no siempre cambia de bloque. A veces simplemente se va. Ahí está el riesgo real.
El actual Gobierno se sostiene sobre una mayoría transversal, plurinacional y periférica que sociológicamente existe. No es un artefacto artificial. Pero esa mayoría no funciona por inercia. Funciona por activación. Y la activación exige algo más que miedo a la derecha.
Exige cohesión. Exige claridad estratégica. Exige una mínima sensación de proyecto compartido. Si no, el escenario puede parecerse mucho más a 2011 de lo que muchos están dispuestos a admitir.
Ahora bien, también conviene desmontar otro mito: no estamos ante una ola imparable de la derecha. No hay un crecimiento estructural desbocado. Hay estabilidad en un lado y fatiga en el otro.
Y eso cambia mucho la interpretación. La pregunta no es si el país se ha vuelto conservador de repente. La pregunta es si el bloque progresista es capaz de comportarse como sistema cuando uno de sus pilares se debilita.
Porque hoy la derecha, con todas sus tensiones internas, se comporta como bloque funcional. La izquierda, no.
Y ahora la parte incómoda para el lector progresista.
Si crees que la amenaza es real pero no votas porque estás
enfadado.
Si consideras que el proyecto es imperfecto pero decides castigarlo quedándote
en casa.
Si asumes que “ya se movilizarán otros”. Entonces el resultado no será una
lección estratégica.
Será un cambio de mayoría.
La derecha no está conquistando terreno con una épica irresistible. Está esperando a que el adversario se fracture y se canse.
Y en política, a veces, no gana quien más crece. Gana quien resiste mientras el otro se dispersa.
Si el bloque progresista quiere seguir gobernando, el reto no es inventar una narrativa brillante. Es comportarse como bloque.
Todo lo demás son tertulias. Y las tertulias no suman escaños.