Desde hace años, decir en Jaén aquello de “aquí no hay nada” es casi una forma de hablar. Una frase automática. Un reflejo. Lo hemos dicho todos alguna vez. A veces con resignación, otras con ironía y casi siempre con una mezcla rara de costumbre y tristeza. Porque durante demasiado tiempo esta ciudad ha vivido instalada en la sensación de que las cosas importantes siempre pasan en otro sitio.
Y, sin embargo, estos últimos meses —y especialmente este fin de semana— costaba mucho seguir repitiendo aquello de que aquí no hay nada.
Porque igual sí lo hay.
Y no hablamos solo de deporte. O, al menos, no únicamente de deporte.
Lo que ha pasado en Jaén estos días tiene algo mucho más profundo. Algo que tiene que ver con cómo una ciudad se mira a sí misma. Con cómo se reconoce. Con cómo vuelve, aunque sea durante unas horas, a sentirse orgullosa de pertenecer a un sitio.
En marzo estuve en Granada, dentro de aquella locura colectiva amarilla de la Copa de España. Miles de jiennenses convirtiendo unas semifinales y una final de fútbol sala en una especie de invasión emocional. Y este domingo no pude estar en Cáceres viendo al Jaén Paraíso Interior FS levantar por fin la Copa del Rey pero sí estaba en La Victoria, junto a doce mil jiennenses, empujando al Real Jaén CF.
Y quizá precisamente por eso empecé a pensar en lo relacionado que puede, o debería, estar lo que ocurre en esta ciudad.
Porque una cosa es la celebración de nuestro fútbol sala, la de un modelo consolidado, de un club que ya forma parte de la historia deportiva y emocional de Jaén, y otra muy distinta la esperanza todavía frágil e inacabada de un histórico equipo e fútbol intentando volver a levantarse. Pero ambas comparten algo: una ciudad entera queriendo creer.
Lo del Jaén FS vuelve a ser difícil de explicar sin caer en la exageración. Porque lo extraordinario, cuando se repite demasiado, corre el riesgo de parecernos normal. Y no lo es. En absoluto.
No es normal que un club de una ciudad como Jaén haya construido una de las historias más improbables y admirables del deporte español contemporáneo. Y tampoco conviene hablar de ello como si hubiera aparecido de la nada. Porque el Jaén FS también tiene historia. Mucha. Una historia humilde, sufrida y profundamente nuestra. De años gloriosos que terminaron convirtiéndose en una lucha por sobrevivir, de viajes imposibles, de recursos mínimos y de muchísimo trabajo silencioso hasta volver a convertirse en lo que hoy representa para esta ciudad.
Precisamente por eso esta Copa del Rey tenía algo especial.
Nos debían una.
Cuatro finales perdidas pesan mucho. Demasiado. Y por eso esta quinta sabía distinto. No era solo otro título. Era una especie de deuda emocional saldada. Una recompensa a la insistencia y al trabajo. A seguir estando ahí después de cada golpe. Muy jaenero todo, en el fondo.
Porque si algo representa este club es justamente eso: la capacidad de perseverar, de seguir compitiendo, cuando parecía más fácil rendirse.
Y aquí conviene insistir también en algo importante. Porque detrás de cada éxito sostenido hay mucho más que buenos jugadores o buenos resultados. Lo del Jaén FS no se entiende sin un modelo. Sin estabilidad. Sin una idea clara de club.
Quince años de Dani Rodríguez en el banquillo no son una casualidad romántica; son una decisión estratégica brillante, tan brillante como algunas de sus decisiones en la mismísima final. Las de un genio con mono de trabajo, que estudia y prepara cada cita hasta el detalle para seguir sorprendiendo, mientras otros hablan de “suerte” o “trampas”. Pero, de la misma forma en la que se ha ido dando forma a “el proceso” (¿recuerdan?), igual de brillante y difícil, es haber mantenido una estructura reconocible, una identidad propia y una conexión emocional con la ciudad que ya querrían muchos clubes con muchísimo más dinero. Y ahí también hay nombres imprescindibles, empezando por Nicolás Sabariego y toda la gente que, desde dentro del club, lleva años empujando esto muchas veces lejos de los focos.
Gente de aquí queriendo que lo de aquí crezca.
Parece una frase simple, pero probablemente ahí esté una de las claves de todo esto.
Porque el Jaén FS no ha construido únicamente un equipo competitivo. Ha construido identidad. Sentido de pertenencia. Orgullo colectivo. Ha conseguido que miles de personas sientan el club como algo propio. Y eso, en una ciudad demasiado acostumbrada a la resignación, tiene muchísimo valor.
También debería servir como ejemplo.
Porque el Real Jaén todavía no ha ascendido. Conviene decirlo. Queda un partido. Queda sufrir. Queda competir. Y cualquiera que conozca mínimamente la historia de este club sabe que las euforias prematuras nunca son buena idea. Pero incluso manteniendo toda esa prudencia, lo vivido ayer en La Victoria ya dice muchas cosas importantes.
Porque más allá del resultado, el verdadero triunfo fue volver a ver a la ciudad conectada emocionalmente con su equipo. Volver a sentir que el viejo estadio importaba. Que el escudo seguía significando algo enorme para miles de personas. Que todavía existía un vínculo capaz de movilizar a toda una provincia.
El Jaén FS representa seguramente el mejor ejemplo de lo que esta ciudad ha sabido construir en las últimas décadas. El Real Jaén representa algo distinto, pero igual de importante: memoria, historia, orgullo herido y necesidad de reconstrucción. Uno simboliza el futuro que Jaén puede crear. El otro recuerda todo lo que Jaén se resiste a perder.
Y quizá por eso ha sido tan especial que ambos caminos se hayan cruzado precisamente ahora.
Porque durante demasiados años en esta ciudad hemos vivido mirando más al pasado que al futuro. Celebrando recuerdos. Hablando continuamente de lo que fuimos. Recordando lo que perdimos. Y, de repente, durante unas horas, Jaén pareció una ciudad que volvía a ilusionarse con lo que todavía puede llegar a ser.
Y eso importa mucho más de lo que parece.
Porque hoy casi todo está fragmentado. Cada uno vive en su pantalla, en su algoritmo y en su pequeña parcela. Quedan muy pocas cosas capaces de hacer que miles de personas sientan exactamente lo mismo al mismo tiempo. El deporte todavía conserva algo de eso. Esa capacidad extraña de construir comunidad real. De generar pertenencia. De hacer que durante noventa minutos o cuarenta de partido desaparezcan las diferencias y solo quede una sensación colectiva difícil de explicar.
Y Jaén llevaba demasiado tiempo necesitando algo así.
Yo, sinceramente, me acordé mucho estos días de esa frase tan nuestra: “aquí no hay nada”.
Y pensé justo lo contrario.
Porque me gustó ver a mis hijos viviendo todo esto. Viendo la marea amarilla en Granada en marzo. Viendo La Victoria ayer. Guardándose recuerdos que probablemente los acompañarán siempre. Y quizá ahí esté lo verdaderamente importante.
Tal vez el mayor valor de todo esto no sea únicamente una copa o un posible ascenso. Tal vez sea que una generación de niños jiennenses empiece a relacionar su ciudad no solo con resignación, sino también con orgullo, ilusión y posibilidad.
Porque durante demasiado tiempo en Jaén hemos vivido instalados en la sensación de estancamiento. En la idea de que las oportunidades siempre estaban fuera, de que el futuro ocurría en otra parte y de que aquí solo quedaban la resignación, la marcha de los jóvenes y la costumbre de conformarnos con poco. A veces por incapacidad propia. Muchas otras por abandono, intereses particulares y una forma demasiado cómoda de asumir que las cosas simplemente “son así”.
Y de ahí nació ese desánimo tan nuestro. Esa frase repetida durante años, casi como una verdad indiscutible: “aquí no hay nada”.
Pero quizá estos días hayan servido para recordar algo importante. Que una ciudad no empieza a cambiar solo cuando llegan las inversiones o las grandes promesas políticas. También cambia cuando vuelve a creer en sí misma. Cuando deja de mirar continuamente lo que le falta y empieza a valorar lo que sí tiene. Lo que sí construye. Lo que sí emociona.
Porque el problema de Jaén nunca fue no tener nada.
El problema fue acostumbrarnos a creerlo.