Cuando no sabemos de qué hablamos, cuando sentimos desprecio por alguien, cuando nuestro cerebro no está para muchos trotes mentales, solemos encajar a las personas en marcos establecidos por otros sin conocer la realidad de esta gente que, normalmente, sufre nuestra ignorancia y desprecio con la estçupida excusa de que no son como nosotros, como ese «lo establecido» que no sabemos de dónde viene.
Extranjeros, gitanos, árabes, sudamericanos o chinos, suelen sufrir en sus carnes esa manía de generalizar que todos tenemos. O aquí, en casa. Quien vive en este o aquel barrio es porque es de esta determinada clase social. Quien viste con ropa tal, lo mismo. Quien lleva tatuajes varios es esto. Etiquetamos porque todo lo que se salga de nuestros marcos preconcebidos es malo o peligroso. Ninguna persona es de una determinada forma solo por un motivo, se llame lugar de origen, etnia o religión que procese. Por encima del factor de la personalidad está la tradición, la costumbre de su pueblo, la cultura adquirida y, por supuesto, su historia vital. Todos somos lo que somos por el constructo social al que estamos sometidos desde que nacemos.
Siempre que alguien se sale de esos marcos que otros nos han dicho que son los correctos, el miedo hace su aparición. Miedo, miedo, algunas veces, porque hace tiempo que el odio cogió las riendas. Así lo evidencian los mensajes que plagan cada esquina de este país. En un campo de fútbol, en la calle, en redes, en un bar. Da igual, porque hemos perdido la vergüenza y el pudor al etiquetar al diferente como peligroso si no coincide con los límites de nuestros marcos. A día de hoy, hasta nuestros propios conciudadanos son objetivo de ese odio.
Dicho todo esto a modo de introducción, vaya por delante algo con lo que no estoy de acuerdo y que otros muchos ya han comentado. Eso de que «todas las opiniones son respetables». Pues va a ser que no, querido paisano, va a ser que no. El respeto no es solo aceptar que tienes libertad para decir lo que quieras (que la tienes, por mucho que ahora digas que no), sino intentar que, al menos, lo que digas tenga algo de sentido común o no vaya contra las libertades de otros, que es lo que sueles hacer a diario, Rick. Decir que la Tierra es plana, que no hay cambio climático, que el principal problema es la vivienda mientras votas a quienes abrazan a los culpables, que las vacunas matan, que todos los árabes son terroristas, que hay una invasión con la idea del gran remplazo, que si las paguitas y demás sartas de estupideces, no merecen mi respeto porque, sencillamente, es falso. Lo puedes decir porque esa libertad que dices que no existe, te lo permite, pero déjame que te recomiende que hagas caso a lo que hayas comprobado por ti mismo y no vivas creyendo la manipulación que otros ponen en marcha porque saben lo tontísimo que eres. ¿Si soy demócrata tengo que respetar a quien no lo es? ¿Si soy tolerante tengo que respetar a quien no lo es? ¿Si soy respetuoso tengo que respetar a quien no lo es? ¿Respeto al racista, al homófobo, al xenófobo? Idos a tomar viento de una puñetera vez. Representáis la peor cara del ser humano y colocáis etiquetas con tanta facilidad porque no sois capaces de parad, pensar lo que estáis haciendo y comprobar vuestros errores. La generalización, Rick, la generalización. La ignorancia lleva al miedo, el miedo al odio y el odio a la violencia. Esto último lo ha reconocido hace poco un diputado en la asamblea de Murcia: «tenemos que combatir, incluso con violencia si es necesario, el aborto y la eutanasia».
Cuanto más odio se tiene dentro, más pequeños se hacen los marcos que dejan a más gente fuera. ¿Y sabes qué? De camino, tú también te haces pequeño y puede que mañana nadie te vea cuando pidas ayuda. Porque la pedirás, no te quepa duda. Todos necesitamos alguna vez una mano amiga, y tal y como está el mundo que te empeñas en alimentar, más te vale hacer examen de conciencia y expiar tus pecados. Te voy a desvelar un pequeño detalle que no has detectado: la gente que más daño ha hecho al mundo, a tus vecinos, a ti mismo, quienes se apoderan de las viviendas de los más necesitados, los que ponen precio a la gasolina, a la luz, a los alimentos, son personas con traje, bien vestidas, huelen muy bien, que tienen buena pinta, vamos. No sé de qué te sorprendes porque son a los que tú votas y a quienes adoras como adalides de un mundo perfecto.
En los últimos tiempos, cuando por edad (y supongo que por cierta madurez) dejé atrás las tonterías típicas de la juventud, empecé a fijarme en los comportamientos sociales de la gente, los míos incluidos. Y joder, no dábamos una. Vale que el mundo lo dirigen cuatro descerebrados que solo piensan en el poder y el dinero, vale que haya personas que por vagancia no muevan un dedo ni por su vecino de abajo, vale que las religiones siempre han buscado el control y sumisión social. Pero por lo que no paso es por creer que no podemos hacer nada. La historia de la humanidad está repleta de flautistas que nos cautivan con el sonido de su propaganda. Lo malo es que el final siempre ha sido el mismo, como el de las ratas del cuento, saltar por un acantilado por nuestra incompetencia y dejadez. Somos así, y cuanto antes lo aceptemos puede que tengamos alguna oportunidad para cambiar este mundo, en el caso de que realmente queramos que ocurra.
Lo estamos viendo en el presidente orange de pelo rebelde. Un día eres la mejor persona (o país) del mundo y al otro, si se te ha ocurrido señalarlo con el dedo, automáticamente te convierte en su enemigo. En esas personas no existen los grises. O estás con ellas o contra ellas. Les importa nada que el mundo se tambalee, que los países sufran represión o que los precios suban si con eso logran engordar como cerdos de dinero y poder. Nosotros no somos más que cucarachas que poder aplastar con sus botas de oro. Insectos que, además, les aplauden y vitorean porque ven a estas personas despreciables como los adalides del mundo «libre» que pervierten con su palabrería barata. El problema real no es esta gente, sino nosotros, que ante cualquier eslogan rastrero los adoramos como a vellocinos de oro, creyendo que nos van a hacer partícipes de sus éxitos.
Como dicen The Strokes en su tema Oblivius: «act like a fox but think like a sheep», actuar como un zorro pero pensar como una oveja. Cada minuto que pasa este rebaño se hace más grande.
Antonio Reyes
El bar de la esquinaRomper los marcos
Cuanto más odio se tiene dentro, más pequeños se hacen los marcos que dejan a más gente fuera