Abierto por derribo

Manuel Madrid Delgado

La bandera

Tengo la impresión, con la victoria de la Selección Española nos ha llegado el momento histórico de la devolución de la bandera a todos los españoles

Reconozco que me va a salir un primer párrafo con mucho “fútbol”, porque de que el fútbol se ha convertido en algo más que un deporte —el fútbol es la religión civil de la postmodernidad— da buena cuenta el hecho de que hasta a los que no nos gusta el fútbol, el fútbol nos interese en momentos tan relevantes como un Mundial. Y no por lo deportivo, sino por todo lo demás que en ese momento futbolero cumbre, el fútbol sugiere. Así, a los que no nos gusta el fútbol, la Selección Española nos ha hablado estas semanas de trabajo en equipo, de responsabilidad compartida, de sacrificio de lo individual para hacer posible la victoria común. Y en Luis de la Fuente hemos visto un ejemplo de honestidad y coherencia personal al que, para nada, estamos acostumbrados en personajes públicos, porque, al contrario, lo que abundan —y los que triunfan por ello— son los que carecen de respeto a la palabra dada, los que viven como si el honor o la decencia personales no fueran importantes.

De todos los aspectos de los que podríamos hablar al hilo de la Selección Española, me voy a quedar con la bandera nacional, o sea, con la bandera roja y amarilla, que estos días hemos visto como, sin ningún complejo, inundaba las calles y las plazas de España. Y la hemos visto, sobre todo, anudada en los cuellos de los adolescentes, o en sus manos levantada al aire. La lección que podemos extraer de todo esto es tan interesante como relevante.

Inteligentes como son los lectores, no creo que haga falta realizar un repaso histórico por la problemática construcción de la nacionalidad española y por las limitaciones identitarias de sus símbolos, ese himno sin letra —materia pendiente del régimen constitucional— y esa bandera que no siempre ha podido ser la de todos. Nuestra historia es la que es, con tantas sombras y tantos problemas que casi nos hemos convencido de que, cuando tenemos la oportunidad de ser felices, no merece la pena intentarlo o de que cuando podemos encontrarnos en algo que es de todos, tenemos que buscar excusas para despreciarlo. La realidad es que durante casi cuarenta años la bandera roja y amarilla fue la bandera de la mitad de España, la bandera zurriago de la España excluyente y sectaria que creía que la otra mitad de la nación, la otra España, no era sino la antiespaña.



La idea de la antiespaña fue acuñada por Menéndez Pelayo, que pensaba que, aunque eran españoles por nacimiento, no lo podían ser de corazón los erasmistas, los protestantes, los judíos, los musulmanes, los liberales, los krausistas, los socialistas, los republicanos y cualquiera que no comulgara con su idea de nación étnica sostenida sobre el catolicismo de la Iglesia siempre rouca y valera. Esta nación excluyente, que expulsaba del cuerpo nacional a la mitad del pueblo español, fue la que durante cuarenta años se apropió ad nauseam de la bandera roja y amarilla. Por eso, ha costado mucho tiempo que esa bandera volviera a ser la bandera de todos. Pero, tengo la impresión, con la victoria de la Selección Española nos ha llegado el momento histórico de la devolución de la bandera a todos los españoles, porque las nuevas generaciones se reconocen en esa bandera sin complejos ni vergüenzas y se niegan a verla como una bandera de parte: en su rojo y en su amarillo, caben todos.

A partir de aquí, sería conveniente que no dejáramos que nadie vuelva a apropiarse de la bandera ni que nadie la utilice para expulsar de la idea de España a quien no comulgue son sus ruedas de molino. Posiblemente los jóvenes y los adolescentes nos han dicho que lo mismo que se puede sacar la bandera para celebrar una gran victoria deportiva, debería salirse con ella a la calle cuando lo que esté en juego sea la defensa de todos aquellos logros tan trabajosamente conseguidos y que con tanta facilidad están siendo destruidos: la sanidad pública, la escuela pública, los derechos de los trabajadores, las pensiones… Una Copa Mundial de Fútbol es una anécdota en el ser y el quehacer de una nación, porque la nación, una nación como la española, es todo ese entramado social y sentimental que permite que nadie se quede atrás, que hace posible que todos se sientan acogidos y respetados. España no es una prioridad nacional racista y odiadora, sino el fecundo deseo expresado por Salvador Espriú cuando le pedía a la patria “que sean seguros los puentes del diálogo”, que comprendiera y amase “las razones y las hablas diversas” de sus hijos, cuando suplicaba que “la lluvia caiga poco a poco en los sembrados / y el aire pase como una mano tendida / suave y muy benigna sobre los anchos campos” para que Sepharad —que es España— “viva eternamente / en el orden y en la paz, en el trabajo, / en la difícil y merecida / libertad”.

No deja de ser paradójico, y sonrojante, el concepto de la antiespaña. Porque en él se incluye todo ese tronco fecundo del pensamiento que surge “de la tradición generosa de Cervantes” (Cernuda dixit):  son los antiespañoles los que construyen la idea de Nación española. Pero el problema es que los españoles no leemos, porque si leyésemos los “Episodios Nacionales” de Galdós —esa magna narración novelada del surgimiento de España como nación— veríamos como la antiespaña es la heredera de aquellos que desde 1808 gritaban “¡Viva la Nación y viva la Libertad!”, oponiéndose a los que enfrente —los ancestros de los que hoy se siguen considerando propietarios de la patria común— lanzaban vivas a las cadenas, al rey absoluto y a la ley vieja opuesta la Constitución. En la antiespaña están los hombres y mujeres mejores de nuestra historia —Goya, Larra, Galdós, Giner de los Ríos, Antonio Machado, Unamuno, Lorca, Clara Campoamor, Chaves Nogales y un etcétera interminable—, los poemas y palabras más hermosas jamás dedicadas a España, las canciones y la música más bellas escritas sobre España. Los que hasta ahora sentían vergüenza de llevar la bandera española en la muñeca o en el corazón, son herederos de ese derroche de españolidad. Por respeto a tanta lucha histórica y a tanto afán de construir el futuro, por respeto a tanto levantarse a pesar del garrote y de los pelotones de fusilamiento, los herederos de la antiespaña —que es la más española de todas las Españas: la patria es un sentimiento esencialmente popular, decía Machado— no deberían ya dejar que nadie les arrebate su bandera, esa bandera que los jóvenes y los niños han puesto en las manos de todos.

Y sí, la bandera es nada más que un trozo de tela. Pero la bandera puede servir para simbolizar lo mejor que un país es y dice. ¿No habéis visto a los niños de Gaza con las banderas españolas en las manos celebrando la victoria de nuestra Selección? Una bandera que levantan quienes han sufrido tanto, no puede ya volver a ser cosa de fachas. Esa bandera de todos es de ya la bandera de la sanidad y la educación públicas, la de la lucha contra el machismo, la de la protección de los parados, la de la investigación y la ciencia, la del deporte, la de los derechos de los trabajadores, la de la igualdad entre los ciudadanos de todos los territorios… ¿Quién, con tantas cosas buenas cosidas en los hilos rojos y amarillos de la bandera, podrá ya avergonzase de gritar “viva España”?