Del Castillo de Santa Catalina a los Reales Alcázares de Jaén

Cuarto episodio de “Las siete maravillas del Jaén de todos los tiempos”. El catedrático Juan Carlos Castillo defiende que ya hay que hablar de reales alcázares

Video: RAMÓN GUIRADO

Del Castillo de Santa Catalina a los Reales Alcázares de Jaén.


El catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Jaén y futuro cronista oficial de la Ciudad de Jaén, Juan Carlos Castillo, defiende que es necesario dejar de hablar del Castillo de Santa Catalina para comenzar a denominarlo los Reales Alcázares de Jaén, ya que el enclave alberga la fortaleza de Abrehuí (actualmente en proceso de recuperación), el Alcázar Viejo, el Alcázar Nuevo y los espacios palaciegos.



Todo este conjunto defensivo se alza majestuosamente sobre el cerro de Santa Catalina, una estribación de la Sierra de Jabalcuz a 820 metros de altitud, desde donde se divisa casi toda la provincia de Jaén: al norte y al oeste la campiña y Sierra Morena, surcadas por el valle del Guadalquivir y sus infinitos olivares; al sur la Sierra Sur de Jaén; y al este Sierra Mágina, territorio vinculado durante siglos a la frontera del Reino de Granada.

No se trata solo de una fortaleza: es un libro de piedra abierto en más de 2.500 años de historia, en el que se superponen la memoria íbera, romana, musulmana, castellana, y hasta napoleónica. A través de sus muros y torres puede leerse la historia entera de Jaén.

Los orígenes más remotos: la época ibérica (siglo IV a.C.)

Los primeros pobladores del Cerro de Santa Catalina fueron los íberos, allá por el siglo IV a.C. En la ladera septentrional del cerro construyeron un oppidum —un poblado amurallado— del que aún se conservan restos ciclópeos. Este asentamiento estuvo relacionado espacialmente con el cercano enclave de Puente Tablas, del cual habría absorbido buena parte de su población.

Romanos y árabes reaprovecharon posteriormente parte de estas antiguas estructuras para realizar sus propias fortificaciones, convirtiendo el cerro en un espacio de ocupación continuada durante más de dos milenios.

La dominación musulmana (siglos VIII–XIII)

En el año 711, las tropas musulmanas lideradas por Táriq ibn Ziyad desembarcaron en la península ibérica. Ese mismo año, la ciudad de Jaén fue ocupada, convirtiéndose en una importante plaza fuerte para proteger la región de las incursiones cristianas. A mediados del siglo IX, durante el emirato de Abd al-Rahman II, se configuró como núcleo urbano relevante, tomando el nombre árabe de Yayyan.

La primera fortificación propiamente dicha que se construye en el cerro tras la etapa ibérica la llevarán a cabo los musulmanes durante los siglos VIII y IX, período en el que se construirá una alcazaba a media ladera con funciones administrativas y defensivas. Esta alcazaba fue sustituida posteriormente por un gran alcázar defensivo en la cumbre del cerro, levantado a partir del siglo X.

El castillo musulmán se convirtió en una de las más importantes plazas fuertes de Al-Ándalus, controlando el paso estratégico entre el valle del Guadalquivir y las tierras del Reino de Granada. Su posición era considerada prácticamente inexpugnable.

Fernando III el Santo y la entrega pacífica (1246)

Este es uno de los episodios más singulares y determinantes de la historia de la Reconquista. En 1246, el rey moro Alhamar —fundador de la dinastía nazarí— entregó pacíficamente la fortaleza a Fernando III de Castilla, el Santo. A cambio, Alhamar pasó a ser vasallo del rey castellano y obtuvo licencia para fundar el Reino Nazarí de Granada. Este vasallaje permitió la pervivencia del último reino musulmán peninsular durante casi tres siglos más, cuando el resto de Al-Ándalus había sido ya reconquistado.

No es de extrañar que Fernando III eligiera esta fórmula diplomática contemplando la posición del castillo, de apariencia inexpugnable, ahorrándose así el enorme esfuerzo militar que hubiera supuesto tomarlo por las armas.

El nombre de Santa Catalina procede del día de la entrega del castillo a los cristianos: el 25 de noviembre de 1246, festividad de Santa Catalina de Alejandría, quien se convertiría con el tiempo en patrona de Jaén.

La etapa cristiana medieval (siglos XIII–XV)

Tras la conquista, Fernando III reparó las murallas islámicas e inició la construcción de una nueva fortaleza sobre la parte más alta del antiguo alcázar musulmán. Esta fortaleza, más compacta pero defensivamente más poderosa, sería conocida por los cristianos como el Alcázar Nuevo. Las obras se iniciaron a mediados del siglo XIII y continuaron durante los reinados de Alfonso X y Fernando IV.

Durante toda la etapa medieval cristiana coexistieron en la cumbre del cerro tres fortificaciones: el Alcázar Nuevo, el denominado Alcázar Viejo —con los restos de la antigua edificación islámica— y un reducto amurallado también de época musulmana conocido como castillo de Abrehuí.

Durante el siglo XV, el Alcázar Nuevo vivió uno de sus momentos de mayor esplendor: el Condestable de Castilla Miguel Lucas de Iranzo lo convirtió en su residencia oficial por breves períodos. Fue bajo su impulso cuando se acometieron las reformas más significativas del período cristiano: la unión del Alcázar Nuevo con el Alcázar de Abrehuy —separados hasta entonces por una explanada— y la construcción de la imponente Torre del Homenaje, una de las más grandes de toda España.

De la continuidad de las obras durante el siglo XVI existe constancia documental: en 1529 hubo que destinar 10.000 maravedís a obras urgentes en el castillo.

La Capilla de Santa Catalina

Dentro del recinto cristiano se construyó entre los siglos XIII y XIV una capilla gótica dedicada a Santa Catalina de Alejandría, que daría nombre definitivo al conjunto de la fortaleza. Esta capilla es uno de los elementos arquitectónicos más valiosos del conjunto y contribuyó a consolidar el vínculo entre la advocación religiosa y la fortaleza militar.

Los siglos XVI–XVIII: declive relativo

Tras la conquista de Granada en 1492, el castillo fue perdiendo progresivamente su protagonismo militar al desaparecer la frontera que había justificado su importancia estratégica durante siglos. Sin embargo, se mantuvo como símbolo del poder castellano sobre la ciudad y continuaron realizándose obras de mantenimiento a lo largo de estos siglos.

La ocupación napoleónica (1810–1812)

 

Los cambios más profundos y drásticos que ha sufrido la fortaleza a lo largo de toda su historia tuvieron lugar durante la Guerra de la Independencia. Entre enero de 1810 y septiembre de 1812, el ejército napoleónico convirtió el castillo de Santa Catalina en la mayor y más importante base del ejército francés del Alto Guadalquivir.

Para ello se acometieron numerosas obras de acondicionamiento: se construyeron nuevos edificios (un hospital, pabellones para el gobernador, un área de oficinas y una plataforma artillera), se destruyó parte del aljibe original para habilitar un polvorín, y se instalaron caballerizas en el interior de algunas torres. Muchas de estas intervenciones alteraron o destruyeron estructuras medievales de gran valor.

Al retirarse las tropas francesas de Jaén en septiembre de 1812, volaron gran parte de las construcciones que habían levantado, dejando seriamente dañadas numerosas partes de la fortaleza. Fue uno de los episodios más destructivos de la historia del monumento.

El siglo XX: protección, debates y restauración

Tras la retirada francesa, fueron varios los intentos a principios del siglo XX de recuperar parte del antiguo esplendor del castillo. El 3 de junio de 1931 fue declarado Monumento Histórico Artístico mediante decreto, reconociendo oficialmente su valor patrimonial. En 1948, el Ayuntamiento de Jaén adquirió la propiedad del castillo, pasando a ser desde entonces de titularidad municipal.

En 1965 se construyó, sobre los restos del Alcázar Viejo islámico y el castillo de Abrehuí, el actual Parador Nacional de Turismo, cuyas obras destruyeron irreparablemente numerosas estructuras medievales y niveles arqueológicos, mientras otras quedaban ocultas tras refuerzos de mampostería. Una pérdida patrimonial que los historiadores aún lamentan, aunque el Parador de Jaén está hoy considerado uno de los diez mejores hoteles-castillo de Europa.

La actualidad

Desde finales del siglo XX y hasta la actualidad se han llevado a cabo sucesivas campañas de restauración, estudios arqueológicos y obras de acondicionamiento para el uso turístico y cultural de los Reales Alcázares de Jaén.

Hoy son una de las principales atracciones turísticas de Jaén, gestionado por el Ayuntamiento. El Alcázar Nuevo cuenta con un mirador desde el que se obtienen vistas panorámicas de la ciudad y de toda la provincia. A lo largo del año alberga exposiciones y actividades culturales, y su Centro de Interpretación permite a los visitantes recorrer la historia de la ciudad desde sus orígenes.

Elementos arquitectónicos destacados

El recinto amurallado del Alcázar Nuevo está defendido por seis torres, cada una con su propia historia:

Torre del Homenaje: Una de las más grandes de España, construida bajo el impulso del Condestable Miguel Lucas de Iranzo en el siglo XV. Escenario de numerosas leyendas, incluida la del Lagarto de Jaén.

Torre de la Vela: De planta pentagonal, es uno de los elementos más singulares del conjunto.

Torre de las Damas: Escenario de la célebre leyenda de las Tres Morillas, uno de los romances más conocidos de la tradición española.

Primera Torre Albarrana: En su interior se conserva una reproducción de la panorámica de la ciudad de Jaén del siglo XVI, obra del artista Anton Van den Wyngaerde.

Capilla de Santa Catalina: De estilo gótico, construida entre los siglos XIII y XIV, da nombre al conjunto entero de la fortaleza.

Pronto se podrá visitar la fortaleza de Abrehuí, una vez que finalicen las obras de restauración.