La campaña olivarera 2025/2026 se ha transformando en un escenario que nadie preveía, ni por asomo, cuando allá por finales del mes de septiembre del año pasado el consejero vino a Jaén para presentar el aforo. Esa producción ajustada que esperaban las administraciones se ha ido al traste debido a las considerables pérdidas que nos han causado los reiterados temporales sufridos desde el inicio de 2026. Vientos y lluvias continuadas que nos han impedido realizar las tareas de recolección con normalidad y que han dado con la mayoría de nuestras aceitunas por los suelos. Sobre el terreno, en los tajos, una vez que se ha podido retomar la actividad, los olivareros han podido constatar una realidad incuestionable: hay menos aceituna y los rendimientos son únicamente normales, lo que configura una producción global muy inferior a la pasada.
Ante estas adversidades, motivadas por lo que, a mi corto entender, es un claro cambio climático por mucho que haya quien todavía insiste en ver que inviernos tan lluviosos y ventosos eran normales hace cincuenta años, se hace más importante que nunca el adelanto de cosecha y la apuesta por la máxima calidad. Primero, porque se refuerza la diferenciación, que a medio plazo conlleva un mayor precio en origen. Segundo, porque en los meses de octubre y noviembre, las fechas más tempranas en las que comienza la recolección, hay menos problema de mano de obra y menos riesgo de pérdidas, tanto económicas como de calidad del aceite, como ha sucedido con estos temporales, al evitar la caída de fruto en circunstancias excepcionales.
Dejando a un lado la producción, la otra pata sobre la que se sustenta el futuro del sector, la de la comercialización, sigue haciendo historia, con unas salidas que mejoran cada mes y que, de seguir esta tendencia, superarán con creces la campaña pasada y, por supuesto, la producción que tengamos. Esta clara reducción de cosecha, unida al ritmo de ventas, apuntan a un enlace de campaña muy justo. Es decir, nos vamos a encontrar con un mercado equilibrado entre oferta y demanda. Y en este contexto, no hay razón para que los precios en origen no mantengan una clara tendencia al alza hasta alcanzar la horquilla de los cinco y seis euros por kilo para vírgenes extra normales, puesto que los de máxima calidad, los tempranos, deben tener unos precios diferenciados muy superiores a estos niveles en los que los olivareros tendrían rentabilidad.
Por eso, insisto, es fundamental que el sector se dé cuenta de una vez por todas de la importancia de la diferenciación, de la importancia de apostar por la calidad, de la importancia de valorar la certificación bajo el paraguas de una denominación de origen o de una identificación geográfica, como la de Jaén. Hablamos de figuras que dan un plus de confianza al consumidor y que, por supuesto, permiten que los aceites de oliva virgen extra que se comercializan bajo estos sellos, coticen a unos precios superiores debido a las mayores exigencias de calidad. Calidad y valorización como base de la estrategia de diferenciación que debe calar en todo el sector para que el olivar tradicional tenga el futuro que todos le auguramos.