Abierto por derribo

Manuel Madrid Delgado

Lecciones de Cuaresma

La Cuaresma es una oportunidad de vivir el desierto en el corazón mismo de nuestro ajetreado día a día

La Cuaresma de los católicos comienza con el rito de la ceniza, marca de finitud que se graba en la frente y que se alza como uno de los pocos reductos de honestidad radical de nuestro tiempo. El pasado miércoles, el puñado de hombres y mujeres que salían de los templos signados por la ceniza podían parecer paladines de un anacronismo sin lugar en nuestro tiempo medido por la eficacia y la productividad, seres atrapados en un rito polvoriento que sobrevive por inercia. ¿Lo eran? No lo creo, honestamente. En un tiempo como el nuestro, donde el vacío lo ocupa todo y donde se imponen como modos de presencia pública el retoque digital, el ensalzamiento de la eterna juventud y la esclavitud de la producción frenética, la ceniza cuaresmal nos decía, una vez más, una verdad insobornable: polvo eres, en polvo te convertirás. Asumir la verdad de esa sentencia, salir con la ceniza a la calle ofreciéndola al viento para que el viento la disperse en la nada, es asumir una forma de rebelión, la expresión cierta de una liberación: la rebelión contra un mundo sustentado en las apariencias, la liberación de nuestra desnudez y de nuestra fragilidad, de lo que somos realmente. Cuando la Iglesia marca nuestra frente con la ceniza no nos está castigando, ni siquiera advirtiendo: nos está despertando del sueño de la soberbia y de la arrogancia de nuestros días, de la falsa omnipotencia de nuestra época, para recordarnos que es en nuestra fragilidad donde, precisamente, el Misterio puede levantar sus tiendas de campaña.

Recuerda que serás ceniza no es un mazazo lúgubre que se estampa sobre nuestra cabeza sino la certeza de una hondura filosófica ineludible: somos seres finitos y solo cuando aceptamos que no gira el universo alrededor nuestro, solo cuando damos por bueno que nuestro tiempo es un hilo fino y quebradizo, empezamos a vivir con autenticidad. No somos, como afirmaba Heidegger, un ser-para-la-muerte: el cristianismo da un salto audaz y nos convierte en habitantes de una muerte nueva, de una muerte con horizonte que no naufraga en la Nada; no somos seres angustiados por su fecha de caducidad, sino seres que esperan con temblor. Seres que, como los Magos del poema de T.S. Eliot, se sabrán dichosos de encontrar otra muerte. Y eso es lo que la ceniza susurra sobre nuestra frente: somos polvo, ceniza que el viento se llevará, sí; pero somos polvo destinado a la luz. Polvo serán, más polvo enamorado. Esta es la clave: no somos polvo inerte que el viento dispersará en el vacío, peregrinando hacia ninguno lado, sino materia cargada de un anhelo de eternidad que no puede explicar la pura biología. Somos polvo de estrellas que no ha olvidado su origen mineral, pero que ha aprendido a decir te quiero. Con esa emoción poética profunda comienza la Cuaresma, imponiéndonos ceniza de lo que una vez ardió para que nosotros queramos también arder. La Cuaresma, al cabo, es el ofrecimiento que se nos hace desde el Misterio para que podamos comprender que es preferible amar y quemarse en el fuego de la vida, que malvivir protegidos por el frío de una existencia intacta: tan aséptica como egoísta, tan huera.

Con ese punto de partida, la Cuaresma deviene en invitación personal. Mientras la sociedad nos empuja a construir un perfil propio en las redes sociales capaz de acumular muchos me gusta, la travesía cuaresmal nos invita a despojarnos. La Cuaresma es una oportunidad de vivir el desierto en el corazón mismo de nuestro ajetreado día a día; la Cuaresma es el recordatorio insobornable de que debajo de la ropa de marca y detrás de la foto en Instagram o el vídeo en TikTok, late un corazón hambriento que busca un sentido que las cosas no pueden dar.



 

Es sorprendente comprobar cómo, mientras las naves de los templos católicos se vacían, nuestra sociedad busca desesperadamente sustitutos carentes de trascendencia para esa ascesis antigua. Lo que durante siglos se llamó ayuno, abstinencia, penitencia, limosna… hoy se llama biohacking, mindfulness, voluntariado o minimalismo. Nuestros días le han cambiado el nombre a las prácticas antiguas, para no tener que nombrar a Dios, pero el hambre de desierto es la misma, pero es exactamente igual la necesidad de adelgazar el alma de tanta grasa como acumula. Vemos como se pone de moda el ayuno intermitente, no por espíritu de penitencia sino para recuperar el dominio sobre nuestro cuerpo esclavizado por comida basura; somos testigos de “retiros de desconexión digital”, que no son otra cosa que una huida del ruido salvaje que nos rodea, para ver si aún podemos salvar una atención secuestrada por los algoritmos; aceptamos como beneficiosas las ducha de agua fría o los entrenamientos de fatiga extrema, buscando una mortificación moderna y descreída que temple la voluntad frente a la blandura vital en la que nos ha instalado el poder tenerlo todo al alcance de una tecla de móvil. Nos sumamos a causas loables —llevar los plásticos al contenedor amarillo, ser socios de alguna ong, firmar cartas de protesta en plataformas digitales— para tranquilizar nuestra conciencia dando una limosna que no nos complique mucho la vida. Incluso el minimalismo doméstico que implica vaciar la casa de trastos, no es sino una paráfrasis estética de la pobreza evangélica. El ser contemporáneo tiene sed de poda, pero desea una poda que no le enrede la existencia en trascendencias.

 

La Cuaresma va más allá: aspira a más, propone algo mucho más subversivo que la simple optimización del bienestar personal a través de las privaciones y las mortificaciones. Mientras el capitalismo cool nos brinda la oportunidad de privarnos de algo para ser más eficientes, más bellos, más sanos, más solidarios y más progresistas, la Cuaresma nos invita a la renuncia profunda para ser más libres —más radicalmente libres — y para poder ser mejores hermanos. La Cuaresma no es un ejercicio de autoayuda para mejorar nuestro yo, sino una sacudida que remueve nuestro interior para agrietarlo, para desposeerlo de todo cuanto estorba a sus genuinas ansias de construir horizontes: la Cuaresma quiere romper la cáscara de nuestra marca personal, de nuestro perfil en redes sociales, para que a través de las grietas pueda entrar la luz de lo que nos trasciende. Porque no somos ceniza, porque somos carne que grita y espíritu que busca: por eso la ascesis cristiana no es un “plan de entrenamiento” para superhombres —o supermujeres —, sino un reconocimiento de nuestra propia indigencia. La Cuaresma propone silencio, para que escuchemos el gemido del mundo; la Cuaresma propone ayuno, para que sintamos el hambre del otro; la Cuaresma propone abstinencia, para que frenemos la soberbia de nuestro ego; la Cuaresma propone penitencia, para que reconozcamos en el perdón la única vía de reconstrucción del alma; la Cuaresma propone limosna, para que comprendamos que nada de lo que poseemos nos pertenece si al hermano le falta lo necesario para vivir con dignidad.

 

Ni el ritual de la ceniza ni la Cuaresma son prácticas rancias con olor a sacristía, sino manifestaciones de una religiosidad que se vive a la intemperie, de una fe que se ensucia con la realidad del mundo. La Iglesia no nos impone una mancha para avergonzarnos, sino para recordarnos nuestra común vulnerabilidad: no hay jerarquías en la cola de la ceniza, porque en ella el éxito y el fracaso, la pobreza y la riqueza, el poder y la pequeñez, se igualan en un mismo color gris. La ceniza es la democracia de la vulnerabilidad en la que todos habitamos; la ceniza nos dice que somos humus, humanidad: tierra que camina. Con la ceniza iniciamos un camino despojándonos del personaje construido para el escaparate: con la ceniza volvemos a ser personas abrazadas a la verdad desnuda de su precariedad. Y es ahí donde comienza la verdadera fortaleza.

 

Porque hay que ser fuertes para la poda. Y la Cuaresma no es un periodo de tristeza rancia sino la herramienta para la poda necesaria. Bien saben los jardineros y los labradores que sólo se poda aquello que se ama, ese bien en el que se confía que dé más fruto cuando se le quita la carga de lo inútil. Para podarnos necesitamos clarividencia, esa que nace en la soledad del desierto, en su infinitud, en su silencio: clarividencia para preguntarnos y para ver qué es lo que queremos que quede de nosotros cuando cortemos —y quememos— todo lo que nos era accesorio y prescindible.

 

El pasado miércoles, la ceniza que manchaba nuestra frente era una provocación contra un siglo —el siglo más estúpido de la Historia— que huye de la vejez y de la enfermedad y de la muerte como si fueran errores del sistema y no realidades que ya habitan dentro de nuestra carne llena de vitalidad. Aún tenemos los días espaciosos de la Cuaresma para mirarnos de frente en el espejo de esa fragilidad, para recordarnos que, precisamente porque somos ceniza, cada segundo que vivimos con honestidad y fidelidad, cada segundo que vivimos atravesados de luz, es un milagro absoluto. Para los cristianos, la ceniza no es un punto final: es la señal que se nos da para que entendamos que el terreno está listo, fértil, para que sembremos en él algo nuevo. Porque sólo aquel que acepta su pobre condición de tierra, su vulnerable condición de polvo, puede, con humilde audacia, permitirse el lujo de esperar el cielo: polvo somos, más polvo enamorado.