Abierto por derribo

Manuel Madrid Delgado

Barbacid

Ocurre que en España partimos de un problema de base: el desprecio por la educación

El “que inventen ellos” unamuniano sintetizó una manera castiza, y ciega, de entender la relación de España con la ciencia. Reflejaba, también, un desprecio de una parte importante de nuestra historia. El reciente hito alcanzado por Mariano Barbacid y su equipo en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas, logrando la regresión de tumores de páncreas avanzados, puede parecernos un accidente afortunado, cuando realmente es otro logro que debemos sumar a la historia de la ciencia española, un último eslabón de una cadena de milagros formados en la tenacidad de un puñado de personas ejemplares, pero también en la adversidad de un país que, sin ningún empacho y a nivel generalizado, desprecia la ciencia, la educación y la cultura. Desde la izquierda ilustrada bien haríamos, en este momento importante de la ciencia española, en reclamar que la ciencia y la investigación no son un adorno accesorio del Estado sino parte existencial de su columna vertebral.

Hay en la historia de España, aunque nos cueste verlo y, sobre todo, nos cueste valorarlo, una larga genealogía de amor al saber. La ciencia española es una realidad tangible nacida de la rebeldía de un puñado frente al dogma, la cerrazón y la escasez de recursos. Por eso, Barbacid no es una anécdota, sino un nuevo gigante que camina sobre los hombros de colosos que no sólo alumbraron conocimientos fundamentales sino que, desde la razón y la investigación, intentaron modernizar una nación que a menudo —como ahora hace con el descubrimiento contra el cáncer— les dio la espalda. Ahí tenemos a Miguel Servet, el primer gran mártir del pensamiento libre, que al descubrir la circulación pulmonar desafío la cosmología establecida y fue quemado por los fanáticos calvinistas. O ahí está la historia fascinante de Francisco Javier Balmis, que consiguió una proeza médica que asombraría al mundo aún hoy si hubiera sido obra de un inglés. Incluirle es el hito de la figura gigantesca de Ramón y Cajal, constructor de la neurociencia moderna, que demostró que la inteligencia española no era una excepción individual sino un potencial colectivo que sólo necesitaba método y voluntad. O la personalidad, tan injustamente tratada, de Juan Negrín, uno de los grandes fisiólogos del siglo XX, cúspide intelectual de esa España que entendió que el único camino hacia la verdadera democracia y hacia la justicia social pasaba por la educación y por la ciencia. Miremos la figura de Severo Ochoa, cuyo premio Nobel no podemos poner en nuestro haber porque formó parte de ese exilio de los mejores que tuvo que huir de esa España basada, precisamente, en el desprecio de las ideas de la razón, de la ciencia y de la educación.

El logro de Mariano Barbacid y su grito angustiado pidiendo financiación para poder culminar la investigación contra uno de los cánceres más letales que existen, nos obligan a poner fin a esa retórica, estúpida, que clasifica la inversión en I+D como un gasto superfluo, accesorio o, en el mejor de los casos, como una ayuda graciable, sujeta a que sobre dinero en el presupuesto. Porque ocurre que realmente la ciencia —y la cultura: que le pregunten a los ingleses el valor añadido de su idioma— son la infraestructura más rentable, en todos los sentidos, de una nación. Construimos carreteras para poder mover turistas y productos, pero nos escandalizan que se construyan laboratorios para poder mover nada menos que el futuro: los españoles somos así.



El éxito de Barbacid y de su equipo es el resultado de años, de décadas de investigación callada, silenciosa, apartada de los focos y del ruido mediático; el fruto de fracasos, de éxitos parciales y acumulados, de un éxito a lo mejor inesperado que desatasca todo el proceso e ilumina lo tan largamente buscado. Es el resultado de esa ciencia que los miopes sociales y políticos —esos que solo saben leer a corto plazo y desde el inmediato cálculo electoral— suelen podar por su "falta de aplicación inmediata". Son tan profundamente inútiles que les resulta imposible entender que no hay ciencia aplicada sin una base teórica sólida y que recortar en la paciente investigación es exactamente igual que querer construir un edificio sin cimientos, porque los cimientos no se ven. 

Vivimos un tiempo lleno de progresistas que quieren un progreso fácil de cartón piedra — las triunfantes y militantes novelas hueras y la televisión cutre atelecincada valgan como ejemplo de sus ideas— y de archipatriotas de la bandera al viento y el himno en el móvil. Pero en nuestros días el progreso y la soberanía nacional no se defienden ni con las gracias de un bufón en el prime time ni en las fronteras geográficas: hay mucho, muchísimo más progreso y muchísimo más patriotismo, en la lengua, en los museos, en las placas de Petri y en los secuenciadores de ADN. Porque al final, un país que no investiga ni defiende la educación y el saber, es un país que retrocede y obedece. Y si España no es capaz, de una vez por todas, de sacudirse su odio al conocimiento y a la ciencia, si no es capaz de poner en valor su idioma y de generar sus propias patentes, sus propios fármacos y su propia tecnología, está condenada a seguir siendo una colonia energética y tecnológica de las potencias que sí están entendiendo que el conocimiento es el nuevo patrón oro. Y está condenando, otra vez, a sus hijos mejores a tener que huir al extranjero para que otras patrias se lleven el mérito y el reconocimiento y la ganancia de sus investigaciones y sus logros.

Progresistas ciegos, patriotas ciegos. Legiones de fanáticos que nos gobiernan sin entender que la verdadera libertad de una sociedad se mide por su capacidad para poder resolver sus problemas, sin injerencias ni tutelas, tampoco científicas. Seguir haciéndonos depender de la investigación y la innovación ajenas, cuando tipos fantásticos como Barbacid nos han mostrado nuestro potencial, nos convierte en vasallos permanentes de algoritmos y farmacéuticas extranjeras. ¿Hay mayor acto de patriotismo racional, de progresismo de largo aliento, que la inversión pública en ciencia y en educación?

Pero claro, ocurre que en España partimos de un problema de base: el desprecio por la educación. Desde ahí poco se puede construir. Desde esa realidad social que considera que el gasto educativo es un despilfarro —por eso los colegios son los únicos edificios públicos en los que se puede uno helar en invierno y derretir en verano, por eso la cantinela contra maestros y profesores es una constante en nuestra vida colectiva—, es imposible construir una sistema sólido y ambicioso, un sistema educativo que deje de fabricar trabajadores dóciles para el precariado y alumbre ciudadanos críticos. La ciencia, la cultura, el conocimiento logrado con el esfuerzo, deben ser los ejes vertebradores de una educación en la que se premie la curiosidad ambiciosa y la búsqueda de la excelencia sobre las competencias vacías. Estoy absolutamente convencido de que un país que no teme en gastar para educar a sus hijos en la admiración a Balmis, a Ramón y Cajal, a Galdós o a Chaves Nogales, es un país preparado para liderar este confuso mundo que nos ha tocado vivir.

Nuestro presente reproduce nuestra historia en todos esos investigadores que tienen que hacer las maletas: porque su contrato es precario, porque su laboratorio carece de fondos, porque la sociedad desprecia tener que pagarles un sueldo por estar asomados a un microscopio onleyendo artículos científicos. Con cada exilio de la inteligencia, perdemos una parcela de futuro y de bienestar: lo estamos viendo con la huida de los médicos. Esto no es “movilidad exterior” sino una hemorragia de capital intelectual, que hemos pagado entre todos y que termina aprovechando a otros: ¿somos o no somos el país más tonto de Europa?

El éxito de Barbacid es un chute de esperanza, pero también un grito de auxilio.  El descubrimiento de Barbacid nos ha demostrado que el talento está aquí, que la herencia es inmensa y que somos capaces de lo mejor. Pero hemos visto al científico por los platós televisivos, en entrevistas y en las redes pedir, mendigar 30 millones de euros: es lo que necesita para poder dar el siguiente paso, el salto desde la cura del cáncer de páncreas en ratones a la cura del cáncer de páncreas en personas. ¿Tendrá que irse Barbacid al exilio para poder culminar su investigación? ¿Tendrá que ser acogido en alguna universidad inglesa o norteamericana para que la cura del cáncer de páncreas sea una realidad dentro de un plazo razonable de tiempo?

Hoy en día, la ciencia o la educación siguen siendo nada más que eslogan de campaña, en la derecha y en la izquierda. Hacen falta que se conviertan en una inversión innegociable y blindada por el Estado.  Para no tener que pasar la vergüenza cívica de ver cómo mientras Mariano Barbacid, que ha dicho que en España la investigación depende de la caridad, pide 30 millones de euros para avanzar en la cura de un cáncer criminal, se tiene el poco tacto de anunciar un gasto de 31,5 millones de euros en un show de la televisión pública. Barbacid no encuentra el dinero para salvar vidas en el presupuesto público, tan generoso con otros menesteres totalmente secundarios: ¿cabe mayor despropósito? El problema de España no es, a la vista está, que no haya dinero: lo que no hay es ni interés ni vergüenza cívica.