Hay un momento en La velada en Benicarló, en el que Garcés pronuncia unas frases demoledoras contra los nacionalistas —vascos y catalanes—, que señalan su responsabilidad en las sucesivas derrotas cosechadas por la República en el transcurso de la guerra. Garcés, que en gran medida es trasunto del propio Azaña, dice que “Los catalanes y los vascos hablan de la guerra como si fuese un accidente ocurrido en España y no con ellos. Para ellos la guerra es un estorbo para sus negocios políticos”. Y, seguidamente, señala que cada una de esas fuerzas políticas lo único que quiere es “salvar su autonomía, su pequeño Estado, aunque perezca la República que se la otorgó”. Buen ejemplo de ese intento de salvar su chiringuito, sin importarles ni la República ni la democracia, es el pacto del PNV con las tropas de Mussolini, que luego Franco se encargó de no respetar, para poner fin a la guerra en el País Vasco. Por otra parte, en su extraordinario Guerra y vicisitudes de los españoles, nos cuenta Julián Zugazagoitia que, en un momento de 1938, hastiado del chantaje permanente de los nacionalistas, Juan Negrín exclamó que “Los nacionalistas son gente insoportable. No les preocupa la guerra ni la suerte de la República; sólo su Estatuto y sus competencias. Quieren aprovechar la guerra para agrandar sus prerrogativas. Así no puede hacerse una guerra seria”.
Ni el Presidente Azaña ni Juan Negrín eran nacionalistas españoles; ni sospechosos de sentir simpatías por los ideales que sostenían al bando sublevado. Eran patriotas cívicos y los más perfectos representantes de un republicanismo liberal, que entendía que el Estado era el medio mejor para el desarrollo de España y para conseguir las conquistas sociales necesarias que mejoraran las condiciones de vida del pueblo español. Pero, pese a estas lúcidas advertencias, desde los años 70 la izquierda española vive atrapada en una especie de encantamiento que le hace adorar —con reverencia casi fanática y sin ningún atisbo de crítica— todo cuando tiene su origen en los nacionalismos que niegan la existencia de un marco común de convivencia y de mejoras sociales llamado España. Posiblemente la gran anomalía histórica de la izquierda siga siendo la renuncia a sus raíces históricas y la negación de la idea de Nación española, que a buen seguro ellos piensan fue un invento y creación del general Franco y no algo construido con los anhelos de Azaña y de Negrín, pero también con los de Galdós, Giner de los Ríos o Antonio Machado.
Sólo desde esta ceguera para con su historia y para con la realidad presente, podemos entender que el Plan Rufián se haya convertido en el ariete de las neoizquierdas españolas para frenar el auge de la extrema derecha. O sea: que mientras el populismo de derechas crece en la rabia y el descontento y el desconcierto instalados en, por ejemplo, esos cientos de miles de jóvenes que saben que no van a poder tener un trabajo decente, un hogar digno y un proyecto vital cierto, las neoizquierdas están dispuestas a ofrecer… un gran espectáculo de fuegos artificiales. Porque en eso, y en nada más, consiste el Rufianato.
Hubo un tiempo en el que la política española se fundamentó en grandes acuerdos que cerraran los espacios en los que podían crecer los extremismos que podían dar al traste con la democracia: ejemplo perfecto, los Pactos de la Moncloa. Pero, de degradación en degradación, la democracia ha dejado de ser un sistema de toma de decisiones colectivas y se ha convertido en un concurso de ocurrencias. Y, como en todo concurso, la estrella principal es el personaje que mejor domina el formato. ¿Quién puede ganarle a Rufián en ocurrencias… y en incoherencias? El estilo Rufián parece perfecto para este tiempo de política huera: la intervención ingeniosa, la réplica fulminante y ácida, las frases construidas a la perfección para circular por las redes sociales: la oquedad imprescindible para ser alguien en medio del ruido y del discurso vacío de nuestros días. Rufián ha entendido, como casi nadie, que la política es nada más una gran performance, muy apropiada para una ciudadanía tensionada que no escucha y que sólo reacciona.
Detrás de ese proyecto en ciernes que es el Rufianato no hay nada. Y, en realidad, lo importante no es que haya algo detrás, sino que la marca funcione. ¿Qué proyecto puede articularse en torno a un batiburrillo de siglas encabezadas por personas como Rufián que, sistemáticamente, han impugnado el marco constitucional y que están absolutamente convencidos de que hay ciudadanos en España —sus primos de los comedores escolares de Jaén— que vampirizan al sufrido pueblo catalán? No hay, no puede haber ningún proyecto, ni Rufián lo ofrece ni lo puede ofrecer. Él, y quienes lo jalean, lo único que pueden ofrecer para frenar a la extrema derecha es un buen encuadre para la foto de Instagram y un community manager inspirado: para frenar a Vox no se ofrecen soluciones a los problemas reales, materiales, agobiantes de la gente, sino una estrategia basada en la viralidad. La política se reduce un hilo de Twitter y un vídeo de TikTok.
Después de ocho años del gobierno de coalición del PSOE con las neoizquierdas, la pobreza infantil sigue siendo vergonzante, los salarios de cientos de miles de trabajadores no les permiten tener una vida digna, los derechos laborales siguen sin estar plenamente garantizados, la brecha social se agranda, la vivienda se ha convertido en un artículo de lujo… y lo único que quiere ofrecer la izquierda es a Gabriel Rufián, un líder para el gesto y la ironía. Pero no para todo lo demás. Porque Rufián es el que defiende una financiación para Cataluña que le garantice que no va a sostener servicios públicos en las regiones más pobres. Porque Rufián puede tener algún interés en mejorar las condiciones de vida de un trabajador de Hospitalet, pero si legislase seguiría considerando a una cajera de Linares o a un transportista de Badajoz como ciudadanos de segunda, como una clase parasitaria sostenida con el esfuerzo… del expoliado pueblo catalán. Porque para Rufián —la cabra nacionalista siempre tira al monte del egoísmo: ya nos lo advertían Azaña y Negrín— la identidad va a seguir siendo más importante que la realidad. Y la realidad son los servicios públicos deteriorados, la sanidad pública puesta en almoneda ante la inacción del Estado, la educación laminada por boutades ultraliberales, la amenaza para los derechos de las mujeres, la ausencia de viviendas dignas y asequibles, la incomparecencia de leyes para luchar contra la pobreza infantil y contra los abusos laborales. La realidad es todo ese bestial ataque coordinado por los mileis y los trumps del mundo contra todo aquello que nos hizo mejores, que nos alejó de los fantasmas de los años 30. Y contra eso, las neoizquierdas españolas ofrecen a Rufián.
Rufián ha construido su personaje sobre la impugnación permanente del Estado del 78 y sobre la pedagogía del agravio. Obsesionado por la particularidad de su terruño, ¿puede resultar creíble para un programa común? ¿Qué garantías de que no va a trabajar por laminar el espacio común, por jerarquizar a unos territorios sobre otros, puede ofrecerle a un joven de Albacete, a una parada de Huelva o a un jornalero de las Cabezas de San Juan? Entiendo que no puede ofrecer ninguna garantía quien ha construido su proyecto político sobre la excepcionalidad permanente del caso catalán ni sobre la insolidaridad fiscal. A quienes están esperando una operación durante meses en una lista de espera, o a quienes no pueden encender la calefacción en su casa para que sus hijos no pasen frío, la épica rufianesca se les va a quedar muy lejos. Y en esa desesperación, seguirá creciendo el tumor de la extrema derecha, que no viene a arreglar nada, sino a alimentar la rabia para que todo perezca. Rufián convencerá, nada más, a los convencidos: a las clases medias “progresistas” —con un progresismo de tuit y pose—, encandiladas con los discursos gaseosos de la izquierda posmoderna, ese amplio puñado de votantes a los que se les queda muy lejos la precariedad laboral, la pobreza energética o la falta de futuro para sus hijos.
Y no, claro que no se trata de que Rufián quiera romper a la España eterna: se trata de que Rufián no cree en la España mejor que desde 1978 garantizó libertades públicas, autonomías regionales, derechos sociales, ascensores sociales y servicios públicos. Porque lo importante no es la bandera rojigualda sino que un jiennense o un zamorano tengan el mismo derecho —ni un derecho más, pero tampoco ni uno menos— que un ciudadano de Lérida a gozar de una vida digna, amparada y protegida por la ley. Y, mucho me temo, los rufianes sólo quieren aprovechar el que viene el lobo de la ultraderecha, para aumentar sus competencias y agrandar la brecha que separe a Cataluña —o al País Vasco o a…— del resto de España.