Detrás de la columna

Juan Manuel Arévalo Badía

Camino de imperfección

En las últimas décadas asistimos a un proceso progresivo de deconstrucción de la democracia

Casi cinco siglos nos separan de Camino de perfección, la obra en la que Teresa de Ávila guiaba al lector por los senderos de la mística, proponiendo una vía de transformación interior basada en la contemplación, el silencio y la disciplina espiritual. En sus páginas, la mística no era un fin en sí mismo, sino un vehículo para cuidar valores esenciales como la humildad, la justicia y el bien común. Aquella propuesta, profundamente personal, se desenvolvía en un contexto donde la vida contemplativa era posible y, en cierto modo, necesaria para dar sentido a la acción humana.

La democracia, sin embargo, no permite la vida contemplativa en esos términos. La gobernanza de los colectivos exige una acción constante, una atención permanente a los conflictos y necesidades de la ciudadanía. Gobernar democráticamente implica decidir, negociar y consensuar a través de representantes elegidos libremente, con el objetivo de alcanzar la eunomía, el buen gobierno, orientado al bienestar del pueblo mediante la equidad. La democracia es, por definición, praxis antes que contemplación, movimiento antes que recogimiento.



No obstante, en las últimas décadas asistimos a un proceso progresivo de deconstrucción de la democracia. Sus principios fundacionales se erosionan bajo la presión de intereses económicos y narrativas que priorizan el mercado sobre la ciudadanía. El neoliberalismo económico, lejos de ser un fenómeno reciente, se fue filtrando tras la Segunda Guerra Mundial como reacción al fascismo derrotado en gran parte de Europa. Bajo el disfraz de la eficiencia y la libertad individual, este modelo ha debilitado los mecanismos de redistribución y ha reducido la política a mera gestión técnica.

España constituye una excepción histórica en este recorrido. Durante cuarenta años permaneció al margen de esa evolución democrática debido al golpe de Estado perpetrado por los militares, sostenido y legitimado por amplios sectores de las burguesías agrarias y bancarias, así como por una parte significativa del estamento eclesiástico. Esa ausencia prolongada de democracia dejó una huella profunda en las estructuras políticas, económicas y culturales del país.

Hoy, ese pasado no resuelto dialoga con un presente marcado por la desafección política y la fragilidad institucional promovidas por las nuevas derechas. Tal vez, frente a este camino de imperfección democrática, sea necesario recuperar no la mística contemplativa de Teresa, sino su exigencia ética: una reflexión profunda que devuelva a la acción política su sentido moral y su compromiso con el bien común.