Lo último que querría es hablar mal de David Uclés. Este país necesita más gente, mucha más gente que se le parezca, y no solo por ser un hombre de izquierdas, lo cual solo aplaudiríamos quienes también lo somos, sino por ser un ciudadano de talante juicioso, tolerante y apacible, sin que esa inteligente y civilizada forma suya de ser le lleve a mostrarse descuidadamente benévolo con, pongamos por caso, los negacionistas de toda estirpe y condición, entre quienes bien cabria incluir a los que aseguran que la Guerra Civil la perdimos todos o que Franco no fue en realidad tan sanguinario como lo pinta la historiografía nacional e internacional más solvente.
El lector estará sin duda al tanto de que Uclés la lio más o menos parda días atrás cuando renunció a participar en unas jornadas sobre la Guerra Civil organizadas por el también notable escritor, aunque ciudadano algo irascible y machote de más para mi gusto, Arturo Pérez Reverte. ¿Las razones del escritor jiennense? El título de las jornadas (La guerra que perdimos todos) y la participación en ellas de nombres como José María Aznar o Iván Espinosa de los Monteros. Creo que Uclés se equivocó al desertar de esa batalla, pero no parece que tal renuncia merezca la cruel crucifixión a que lo vienen sometiendo las derechas y ultraderechas políticas y mediáticas desde que el pobre decidió que no quería participar en aquel encuentro.
Mi primera noticia directa de Uclés fue meses atrás, cuando participó junto a Iñaki Gabilondo en el acto estelar de Multimedia Jiennense con motivo de su 25 aniversario. ¡Qué bien me cayó aquel muchacho que desde mi lejano asiento en la sala me pareció aún más joven de lo que es, que es mucho! El diálogo que mantuvieron ambos fue ejemplar: civilizado, distendido, inteligente. Fue allí donde Gabilondo elogió con tanta pasión y desmesura la novela de Uclés ‘La península de las casas vacías’ que, de vuelta a Sevilla, me faltó tiempo para pedirla prestada en una biblioteca pública, con la idea de comprármela más tarde si sus páginas me convencían.
Por desgracia, mi opinión de lector no coincidió no ya con la de Gabilondo, sino con la de varios cientos de miles de lectores y con la de la mayoría de los críticos literarios, casi unánimes en su apreciación del talento de Uclés y de la gran altura narrativa alcanzada en su novela. No ha sido mi caso, lo cual no quiere decir que la considere una mala novela, sino quizá simplemente que no es para mí; tal vez dentro de unos años sí me guste: no sería la primera vez que me ocurre con un libro. Sí creo, sin embargo, que Uclés tiene madera de narrador y que ese árbol acabará, antes o después, dando frutos que incluso el lector cansado e inapetente que ya va siendo uno podrá degustar con agrado.
Mientras, acaba de salir la venta la nueva novela de Uclés, premio Nadal de este año, un galardón que, siento decirlo, está hoy tan bajo sospecha como lo está el otro gran premio anual del Grupo Planeta. Al contrario que ‘La península de las casas vacías’, ‘La ciudad de las luces muertas’ no ha gustado a la crítica, aunque tal vez, quién sabe, sí guste al público. Algunos profesionales la han criticado con respeto, pero otros se han ensañado con ella simplemente porque se la tenían guardada y bien guardada al de Úbeda. Los críticos literarios de los periódicos de derechas se lo están pasando bomba: probablemente temían que la novela de Uclés fuera buena y no les quedara más remedio que hablar bien de un libro escrito por un tipejo de Jaén que ha tenido la desfachatez de hacerle un feo a uno de los nuestros, de nombre Arturo y primer apellido Pérez.
Visto lo visto, no creo que me compre el Nadal de Uclés, aunque puede que lo pida prestado en la biblioteca pública, para al menos echarle un vistazo confiando en que los críticos se hayan equivocado de nuevo, como en mi opinión ya lo hicieron, pero al revés, con ‘La península de las casa vacías’. Pocas veces deseé con tanta intensidad que un escritor me gustara más de lo que este me ha gustado. Y si finalmente siguen sin enamorarme sus libros, seguro que él sabrá perdonarme, pues justamente por eso, porque –antes ciudadano indulgente que artista egocéntrico– perdonaría sin reservas a los lectores honestamente adversos, por lo que lo tengo en la alta estima en que lo tengo.
Solo espero, finalmente, que las críticas negativas no estén afectando mucho al ánimo de Uclés, hombre con toda seguridad sensible y quizá frágil. Espero que ni el fabuloso éxito inicial, ni el virtual fracaso posterior, ni la injusta crucifixión que hora padece conviertan al joven David en un juguete roto.