Régimen Abierto

Antonio Avendaño

Adamuz no es la DANA ni el 11-M

Cuando hay controversia política en torno a una desgracia, el partidismo vence a la piedad y el enfrentamiento ideológico arruina el respeto hacia las víctimas

Uno. Golpes bajo

He aquí una desalentadora constatación: cuando hay controversia política en torno a una desgracia, el partidismo vence a la piedad y el enfrentamiento ideológico devora sin contemplaciones el reconocimiento debido a las víctimas, de modo que la opinión pública desatiende el dolor de las familias doloridas para centrar el foco en el obtuso cuadrilátero donde políticos de ambos bandos se zurran a conciencia. Los golpes bajos que se propinan unos a otros y las gotas de sangre, aparatosas pero insignificantes, que salen disparadas de la ceja de este contendiente o del pómulo de aquel otro acaparan toda la atención de un público tan ávido de emociones pueriles que rápidamente se olvida del respeto, la memoria y la consideración debidos a quienes perdieron la vida o quedaron mutilados por la explosión de una bomba, la crecida de una rambla o la colisión de unos trenes.



Dos. La excepción a la regla

Los reproches políticos a los dirigentes que están al frente de las instituciones competentes o incluso la politización descarada de tales desgracias no son hechos necesariamente ilegítimos o infundados, pero sí ventajistas y sí inoportunos si tienen lugar inmediatamente después del suceso, sin que medie un tiempo prudencial entre la tragedia y su instrumentalización política. Hay, no obstante, una excepción a este regla: los reproches políticos son no solo legítimos sino también oportunos y hasta inexcusables si el comportamiento de los gestores institucionales ha sido tan escandalosamente irresponsable y nefasto que resulta política y humanamente imposible pasarlo por alto ni aun en las horas inmediatamente posteriores a la desgracia.

Tres. Mentir o no mentir, estar o no estar

Quiere decirse: el debate político era no ya imposible de eludir sino francamente inexcusable en casos como los atentados del 11-M o la DANA de Valencia, pero no así en el caso del accidente ferroviario de esta semana en Adamuz en el que han perdido la vida 45 personas y varias decenas han resultado heridas. En el 11-M la politización fue inevitable porque el Gobierno de José María Aznar mintió intentando endosar a ETA un atentado de cuya autoría hubo en pocas horas constancia de que correspondía al yihadismo islamista: aquella mentira le costó las elecciones. En la DANA, la politización fue igualmente inevitable porque el presidente de los valencianos estuvo política y personalmente desaparecido en las horas claves de la tragedia y además mintió sobre dónde estaba y qué estaba haciendo. En ambos casos se trataba de dirigentes del PP, pero podrían haber sido de otro partido pues el descaro, la negligencia y la mentira no son patrimonio de la derecha.

Cuatro. Zafiedad y prudencia

El caso de la tragedia de Adamuz es bien distinto: en él no cabe, no debería caber por ahora la polarización ideológica o el debate político porque ni el ministro de Transportes ni los presidentes de ADIF y Renfe han mentido o no estaban donde debían estar. La investigación, por definición lenta y minuciosa, determinará si hubo negligencia en los controles de la calidad de la vía, en la fabricación de los raíles, en el estado del tren descarrilado o en cualquier otra circunstancia todavía por determinar. Hacer ahora, ya, como están haciendo el PP y Vox, política del accidente de Adamuz no está justificado por los hechos ni por la razón, aunque sí pueda estarlo por el resentimiento, el revanchismo o la codicia electoral. La derecha no ha refrenado sus ansias de desacreditar al ministro Oscar Puente, tan zafio e inoportuno ciertamente en otras ocasiones pero tan prudente y cabal en esta.

Cinco. ¿Ley del silencio?

“No somos el partido del 'pásalo'. Ni el que llama asesino a un político cuando su gestión genera inseguridad o fallecimientos”, dijeron al día siguiente desde la sede de Génova 13. En efecto, dirigentes del PP comparaban así políticamente las tres tragedias, pero tal comparación es difícil de sostener desde la ecuanimidad o la buena fe. Difícil ver ecuanimidad o buena fe en la dirigente del PP que más lejos ha llegado en su ciego sectarismo: “No puede ser que impere la ley del silencio y del miedo a pedir responsabilidades, debemos saber qué ha pasado con el accidente y enfrente tenemos un gobierno que no invierte, entregado a ser un rodillo para el independentismo vasco y catalán, sometido a su chantaje y no invirtiendo en el resto de España”, ha dicho Isabel Díaz Ayuso. Lo dijo durante una entrevista en Onda Madrid, aunque más que decirlo por cuenta propia, seguramente recitó lo que alguien le había escrito. De nuevo y aunque la izquierda andaluza quisiera que no fuera así, Isabel Díaz Ayuso no es Juan Manuel Moreno Bonilla; de hecho, tampoco es Feijóo. A quien más se parece, aparte de a ella misma, sin duda es a Santiago Abascal.