Estilo olivar

Juan José Almagro

Corrupción y desigualdad

Reflexionar sobre corrupción y/o desigualdad es priorizar -creo yo- los asuntos que les importan a las personas, hartas ya de tanta palabrería

La desigualdad corrompe la democracia, escribió el profesor escocés Angus Deaton, premio Nobel de Economía en 2015, nacionalizado norteamericano y autoridad reconocida en la materia, que nos tiene dicho alguna cosa de especial interés cuándo habla del bienestar: “Con el termino bienestar me refiero a todas las cosas buenas para una persona que hacen que la vida sea mejor. El bienestar incluye el bienestar material, tal como el ingreso y la riqueza; el bienestar físico y psicológico, representado por la salud y la felicidad; y la educación y la capacidad de participar en la sociedad civil a través de la democracia y del imperio de la ley”.

Reflexionar sobre corrupción y/o desigualdad es priorizar -creo yo- los asuntos que les importan a las personas, hartas ya de tanta palabrería como la que sin descanso nos inyectan los políticos, sus asesores, los tertulianos todólogos, los medios de comunicación y el “sursum corda”. Personalmente, estoy hasta las narices de la situación porque nos hemos acostumbrado a vivir enfangados, incapaces de exigir a los que nos gobiernan que trabajen para sacar adelante los proyectos que importan a todos los ciudadanos en lugar de estar permanentemente insultándose, tratándose sin respeto y buscando desesperadamente el titular que joda al adversario político y sirva para retroalimentar tertulias en los medios que se prestan al juego. De las barbaridades de las redes fecales mejor no hablamos. La polarización parece que no tiene cura…

Me preocupa, por ejemplo, que recientes encuestas o análisis sobre las cosas que más importan, como las condiciones de vida o la corrupción,  hayan tenido muy escasa presencia en periódicos, radios e informativos de televisión, y que los editoriales de los medios se hayan olvidado de informar, analizar y buscar soluciones para otros asuntos, exigiendo a los gobiernos remedios urgentes. Por ejemplo:



El 5 de febrero pasado se publicó por el INE la Encuesta de Condiciones de Vida (EVC) correspondiente a 2025 que se realiza en todos los países europeos. Este trabajo arroja los principales y vergonzosos resultados para España:

. La tasa AROPE (el porcentaje de población en riesgo de pobreza o exclusión social) se situó en 2025 en el 25,7%, frente al 25,8% de 2024.

. El porcentaje de población que se encontraba en situación de carencia material y social severa se redujo hasta el 8,1% frente al 8,3% del año anterior.

. El 8,5% de la población llegó a fin de mes con “mucha dificultad”, frente al 9,1% de 2024, aunque los ingresos medios por persona alcanzaron los 15.620 euros, un 5,5% más que el año precedente.

. Las tasas AROPE de riesgo de pobreza o exclusión social más elevadas en el año 2025 se dieron, madre mía, en Andalucía (34,37%), Castilla-La Mancha (34%) y Región de Murcia (32,5%).

Oxfam Intermon presentó en enero pasado, y coincidiendo con el Foro Económico Mundial de Davos, su informe anual (“Contra el imperio de los más ricos. Defendiendo la democracia frente al poder de los mil millonarios”) y concluye que la concentración extrema de riqueza no solo implica un enorme poder económico, sino también un creciente poder político que permite a estas élites moldear las normas que rigen nuestra economía y sociedad en su propio beneficio y en detrimento de los derechos y libertades del conjunto de la ciudadanía. Solo con mirar hacia USA, y al señor Trump y sus compañeros de viaje, se me abren las carnes: en 2025, la riqueza conjunta de los milmillonarios en todo el mundo creció más de un 16% hasta alcanzar un máximo histórico de 18,3 billones de dólares, es decir, diez veces el PIB español entre unos cuantos. Desde 2020 la riqueza combinada de estos milmillonarios ha crecido un 81%. En España, por ejemplo, la concentración de riqueza se acelera: 33 supermillonarios acumulan más que el 39 por ciento de la población.

Un ejemplo más de la degradación moral en la que estamos sumidos está representado por el análisis del Índice de Percepción de la Corrupción, presentado hace una semana por la ONG Transparencia Internacional. Aunque España aprueba con un cinco raspado, empeora en la percepción de la corrupción y cae tres puestos (ahora ocupa el 55 entre 171 países) en la clasificación mundial, un descenso que se repite desde 2019. La tendencia a la baja es global por el debilitamiento de la lucha contra la corrupción en la mayoría de los países. Sin cambios estructurales, España seguirá cayendo, aunque repetidamente los políticos invoquen con la boca pequeña que creen y practican la necesaria y desaparecida transparencia.

Olvidamos que en España, y así lo recuerda el periodista Carlos Sánchez, desde la desamortización de Mendizábal “floreció una vieja expresión que refleja bien el orden social de la época: el termino recomendación, que es el antecedente inmediato de eso que hoy se llama amiguismo, y que en ocasiones es la puerta de entrada de la corrupción”. Así parece ser la condición humana y en el Génesis ya se decía que Yavhe miró a la tierra y “he aquí que estaba corrompida”. Lo grave no es, pues, que la corrupción, la avaricia y desigualdad existan; lo perverso es que resulta evidente que estas lacras han llegado para quedarse, y ahora las aceptemos como lo más natural del mundo. Y los políticos, sabedores de que el fundamento moral de la Sociedad se ha hecho frágil, y que la honradez y la lealtad pierden su significación, han decidido que estos asuntos les importan poco, y los derechos ciudadanos aún menos.