A las siete de la tarde comenzó a llegar la gente. Venían de todas partes y eran originarios de decenas de países, turistas que disfrutan de sus vacaciones de verano en el levante andaluz y habían decidido contemplar el fenómeno astronómico frente a otros muchos a los que el eclipse solar les importaba un rábano, bien porque su trabajo coincidía con el magno acontecimiento, porque preferían estar en casa o darse un baño, ir al cine, hacer deporte, tomar copas sin levantar la vista o bien por cualquier otra razón, vaya usted a saber, incluido el argumento de que no se fiaban de la eficacia de las gafas, aun las homologadas con todas las certificaciones del mundo mundial.
Nosotros, familia y amigos, habiamos elegido para el avistamiento un lugar protegido, un salar, un humedal costero salino de casi sesenta hectáreas, ubicado en la desembocadura de dos ríos que alberga mas de 150 especies de aves, incluidos flamencos y malvasías, y que actúa como un importante regulador contra inundaciones. Incluso el dia anterior habiamos limpiado el terrenillo que pretendíamos que fuera nuestro punto de observación y nos habiamos pertrechado con sillas de camping compradas en uno de los comercios chinos que sirven a la zona porque la astronomía no está reñida con una cierta comodidad para una espera de dos horas. Incluso queríamos grabar el proceso del eclipse con un dron registrado que manejaría un técnico debidamente autorizado y singularmente experto. Nuestro gozo en un pozo y la primera en la frente: la policía municipal (la autoridad se llamaban los guardias a si mismos) se encargo de prohibirlo sin más por razones de seguridad. Yo creo que con razón no exenta de cierta chuleria uniformada.
Lo del eclipse se esperaba en España, digan lo que digan, como una Epifanía laica que se iba a celebrar el miercoles 12 de agosto; la manifestación, aparición o revelación de una nueva realidad, el eclipse, que se repetirá en 2027 y 2028 y podrá contemplarse desde algunos lugares de España. Una fiesta donde mandan los sentimientos y en la que, llegados al clímax, sobran las palabras, no hace falta decir nada. Manuel Jabois, en su crónica del acontecimiento, escribe en el periódico bellamente del silencio impresionante que nos trajo el eclipse allá donde se disfrutó completamente : “las playas llenas, los montes en los que se apostaron grupos de personas, las fincas, los balcones de las casas, las sillas de verano delante de las caravanas. Callaron primero los pájaros, que volaron a meterse en los nidos, y después ya sólo hubo silencio. De emoción, de estupor, de belleza insólita. Siempre levanta ternura el hecho de que, cuando el ser humano no encuentra palabras para describir lo que esta pasando, de repente renuncie a buscarlas, calle (por fin) y observe en silencio con la boca abierta”.
Y así fué en los lugares donde el eclipse se pudo apreciar en toda su integridad, de principio a fin, y debió ser muy hermoso. En nuestro salar, sentados en sillas baratas compradas a los chinos, pertrechados de gorras, sobreros y gafas “ad hoc”, cuando se acercaba el momento cumbre, una nube densa cubrió la luna y el sol y nos dejó con la boca abierta y sin nada que ver, “interruptus”, por decir algo. Por eso, la foto de mi eclipse no es alguna de las que se han viralizado en medio mundo, que también; la imagen de mi particular Epifanía es ver a mi nieto Luis (10 años), sentado en una silla playera y pertrechado con una gafas homologadas, echarse una siestecita mientras la nube se retiraba y el ocaso finalizaba. Bendito él que tendrá ocasión de contemplar mas eclipses y llorar de emoción con la boca abierta. Al leerle esta crónica, Luis ha sentenciado: “Correcto”. Y en esa espera estamos.