La tirilla

Santiago Donaire

Las pajaritas no tienen edad

Aunque haya cambiado casi todo, hay algo que permanece

Con el tiempo cambia la percepción de los sentidos y nos ocurre que no sabemos distinguir cuánto ha cambiado todo y cuánto hemos cambiado nosotros, y por eso lo vemos de otra forma. Lo pienso cuando contrasto los recuerdos veraniegos de mi niñez en Ventas del Carrizal con los veranos actuales, ya en la más que madurez, en la ciudad.

Quizá entonces no veíamos el mundo de otra manera, quizá éramos nosotros los que estábamos estrenando los sentidos. Recuerdo el olor sensual de la higuera, la albahaca, los jazmines y el fresco de la alberca. El olor que desprendía el suelo recién regado cuando los vecinos sacaban sus sillas de enea a la puerta y comenzaba la tertulia. Las calles, sin coches, nos pertenecían. La chiquillería corríamos de un lado para otro; los jóvenes pelaban la pava y los mayores, retrepados en sus sillas, hablaban y hablaban mientras la noche avanzaba.



Había belleza en cosas que entonces ni siquiera sabíamos que eran bellas: en el olor de la tierra mojada, en los gusanicos de luz que eran las luciérnagas, en una estrella fugaz atravesando aquel cielo inmaculado. En sentarnos en la puerta a hablar sin necesitar una terraza, una consumición ni nada que comprar para sentir que la noche era nuestra.

No quiero caer en la nostalgia. Aquel mundo tenía también sus penurias y sus injusticias y hoy vivimos mejor en muchas cosas. Pero quizá hemos perdido algunas formas de felicidad que no tenían precio y que tampoco sabíamos que estábamos disfrutando.

Con los años también ha cambiado mi idea de belleza. Ya no está solamente en unos rasgos, en una piel sin arrugas o en la frescura de la juventud. Está en una mirada, en una voz, en una forma de reír, en la manera de moverse, en lo que alguien transmite cuando se acerca. Está en un olor, en una conversación, en una noche de verano. Quizá en eso sí hemos ganado: hemos aprendido a encontrar belleza en más sitios.

Y hay algo que me desconcierta: las pajaritas en el estómago. Esas siguen ahí. Las recuerdo por primera vez una noche de San Juan, en la verbena del pueblo, cuando tocaban Los Ángeles Negros y aquella niña que me gustaba me sonrió. No sé qué cantaban, ni siquiera recuerdo bien qué pasó después. Sí recuerdo aquel extraño revoloteo en el pecho, como si de repente todo lo que había alrededor hubiera adquirido otra intensidad.

Han pasado muchos años. Las arrugas han llegado, la vida ha cambiado y también mi manera de mirar. Pero algunas noches de verano siguen teniendo algo de aquella noche de San Juan. Quizá porque todavía puede aparecer una mirada, un olor, una canción o cualquier otra cosa capaz de hacer que por un instante volvamos a estrenar los sentidos.

Y entonces aparecen otra vez. Las pajaritas. Las mismas de aquella verbena, las que no saben de arrugas ni de calendarios. Las que me recuerdan que, aunque haya cambiado casi todo, hay algo que permanece: seguimos siendo capaces de sentir belleza y de que alguien nos haga cosquillas por dentro.

Las pajaritas no tienen edad.

Salud.