Cada cierto tiempo vuelve el debate sobre el traslado de la estación de autobuses del centro de Jaén. Sus defensores suelen apoyarse en tres argumentos: que los autobuses contaminan demasiado, congestionan el tráfico y que ese espacio tendría un mejor uso. Sin embargo, los hechos demuestran exactamente lo contrario.
Los datos del Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE) y del Ministerio para la Transición Ecológica sitúan al autobús interurbano entre los medios de transporte con menores emisiones de CO₂ por pasajero y kilómetro. Cada viajero que llega en autobús supone, muy probablemente, un coche menos circulando por nuestras calles. Si queremos una movilidad sostenible, debemos facilitar el transporte público, no dificultarlo.
Tampoco es cierto que la estación provoque congestión. Un autobús transporta unas treinta personas; para desplazar a esos viajeros harían falta alrededor de diecisiete automóviles, con mayor consumo, ocupación del espacio y contaminación. Los autobuses no colapsan el centro: evitan que lo hagan miles de coches. En cambio, el gran aparcamiento proyectado en ese solar sí generaría un efecto llamada sobre el tráfico. Los autobuses atraen personas; los aparcamientos atraen coches.
También se afirma que trasladar la estación revitalizaría el centro. Sucede lo contrario. Miles de viajeros recorren diariamente sus calles para trabajar, estudiar, acudir al hospital, realizar gestiones, comprar o consumir. La estación no es solo una infraestructura de transporte; es un servicio público que vertebra la provincia y uno de los principales motores de actividad económica del centro.
Además de ocupar uno de los edificios racionalistas más singulares de Jaén, la estación se asienta sobre un codiciado solar de unos 6.000 metros cuadrados, objeto del deseo de distintos intereses privados. Periódicamente resurgen propuestas para destinarlo a un gran aparcamiento, un centro de ocio o un supermercado, siempre con la promesa de revitalizar el centro. Sin embargo, ningún uso aportaría más vida que el actual. La estación genera actividad económica, facilita la vida de miles de usuarios y sitúa el transporte público en el corazón de la ciudad. Cuando se inauguró estaba en las afueras; el crecimiento urbano la integró en el centro, donde hoy cumple una función que muchas ciudades desearían conservar.
Desde hace más de veinte años defiendo que permanezca donde está y que, si algún día fuera imprescindible trasladarla, lo haga junto a la estación de ferrocarril, formando un verdadero intercambiador intermodal. Decenas de artículos, conferencias y mesas redondas respaldan una posición que he mantenido siempre con los mismos argumentos, nunca rebatidos de forma convincente.
La estación constituye la principal puerta de entrada de la provincia a su capital. Su ubicación céntrica es su mayor fortaleza: acerca el transporte público a los principales servicios y evita desplazamientos adicionales. Alejarla del centro significaría hacer menos competitivo el autobús frente al coche. Una ciudad inteligente no aleja el transporte público de las personas; lo sitúa donde más útil resulta.
La alternativa no es trasladarla, sino rehabilitarla, recuperar el antiguo hotel, modernizar sus instalaciones y mejorar su integración urbana, mientras Jaén desarrolla aparcamientos disuasorios en la periferia y un transporte urbano más eficiente.
El debate no es una estación de autobuses. El debate es qué ciudad queremos: una que sustituye un servicio público por un aparcamiento o una que entiende que la mejor utilidad pública de ese espacio es la que ya tiene. La estación no ocupa espacio; llena de vida el centro de Jaén.
Salud.