El próximo 3 de julio, el Ayuntamiento de La Carolina se vestirá de gala para nombrar Intendente de Honor a José María Aznar por, según explica, la proyección y el apoyo que prestó a la localidad entre 1996 y 2004.
Cada Ayuntamiento es libre de entregar los honores a quien considere oportuno. Faltaría más. Pero, ya que hablamos de proyectar La Carolina al mundo, quizá convendría hacer un pequeño ejercicio de memoria. Porque, con permiso de los protocolos, las medallas y los discursos, quien de verdad consiguió que el nombre de La Carolina sonara hasta en el último rincón de España fue un personaje irrepetible: Bartolín.
No necesitó Consejo de Ministros. No necesitó un bando, un edicto. No necesitó una investidura. Le bastó con ser Bartolín.
Hubo una época en la que parecía que existían excursiones no oficiales para conocer "el pueblo de Bartolín". La Carolina se convirtió en un lugar de curiosidad para miles de personas que jamás habrían señalado el municipio en un mapa... hasta que apareció él. Eso sí que era promoción turística. Y completamente gratuita.
Resulta curioso que ahora se premie a quien, según el relato oficial, proyectó el municipio, mientras el auténtico fenómeno mediático sigue sin placa, sin busto y sin calle. Aunque, bien pensado, quizá Aznar y Bartolín sí tengan algo en común: los dos protagonizaron episodios que dieron mucho que hablar; los dos pronunciaron frases que aún hoy siguen recordándose; y en ambos casos hubo momentos en los que una parte importante de la opinión pública escuchó aquello de: "¿De verdad pretende que nos creamos eso?"
Eso sí, ahí terminan las similitudes. Porque mientras uno necesitaba comparecencias institucionales para convencer, Bartolín no convencía a nadie... pero hacía reír a todo el mundo. Y eso tiene mucho más mérito.
Quizá el Ayuntamiento debería ampliar el acto del 3 de julio. Primero, el nombramiento oficial. Y después, un minuto de reconocimiento al hombre que logró algo que ni las campañas institucionales, ni los presupuestos de promoción, ni los discursos políticos han conseguido jamás: que cuando alguien escuchaba "La Carolina", inmediatamente respondiera:
—¡Ah, el pueblo de Bartolín!
Al fin y al cabo, los títulos honoríficos los concede un Pleno.
La fama popular, esa, la concede la gente.
Y esa no necesita votación.