Hay una teoría según la cual España vive instalada en una polarización insoportable. Uno enciende la televisión y parece que el país está a dos minutos de romperse definitivamente. Abres las redes sociales y descubres que la mitad de los españoles son una amenaza para la otra mitad. Da igual la hora. Siempre hay alguien anunciando el fin de la convivencia.
Luego sales a la calle y ocurre algo desconcertante. En el Paseo de la Estación de Jaén un niño pide un Frigodedo. En Madrid una pareja comparte un Magnum porque "con uno nos llega". En Barceona alguien sale del supermercado con una caja de polos de fresa y nata. En San Roque un abuelo compra cuatro helados distintos porque sabe que cada nieto tiene sus manías. En Pontevedra alguien se queja de que antes el Frigodedo era más grande, una discusión que lleva abierta desde aproximadamente 1998 y que, sorprendentemente, nunca ha acabado en una comisión parlamentaria.
Es curioso. Nos hemos especializado en convertir cualquier diferencia en una frontera moral. Ya no basta con pensar distinto. Ahora hay que sospechar del otro. Convertirlo en un personaje. Si vota lo que no votas tú, probablemente desayune petróleo, odie a los perros y aplauda cuando cierran una biblioteca. La caricatura ha sustituido a la persona.
Pero el helado sigue sin enterarse. El Magnum no distingue entre conservadores y progresistas. El Frigodedo jamás ha preguntado a nadie qué papeleta metió en la urna. El polo de fresa y nata continúa siendo exactamente el mismo en Sevilla que en Bilbao, aunque algunos estarían encantados de abrir un debate sobre si debería cambiar de nombre para adaptarse a los nuevos tiempos.
Lo verdaderamente español no es la discusión política. Es que alguien diga que antes los helados sabían mejor. Esa conversación sí atraviesa generaciones, ideologías y comunidades autónomas. Ahí no hay polarización. Hay consenso.
Quizá el país real se parezca bastante menos al que describen los algoritmos y bastante más a la cola de un chiringuito. Personas esperando bajo el mismo sol, resoplando por el calor, mirando con impaciencia cómo el niño de delante tarda tres minutos en decidir entre un Calippo y un Frigodedo mientras el suyo empieza a derretirse. Es difícil odiar a quien también está intentando que no se le caiga el helado encima de las sandalias.
La política tiene derecho a exagerarse. Vive de eso. Los medios necesitan conflicto. Las redes necesitan indignación. Pero la vida, afortunadamente, sigue siendo otra cosa. La vida consiste en discutir sobre quién va a por el pan, en buscar sombra, en llamar a tu madre porque hace días que no hablas con ella y en descubrir que el vecino al que habías convertido mentalmente en un enemigo irreconciliable también sale a comprar un helado después de cenar.
Quizá la polarización exista. Sería ingenuo negarlo. Lo que ocurre es que a veces da la impresión de que la contemplamos con tanta devoción que acabamos alimentándola. Como quien riega una planta que dice querer arrancar.
Mientras tanto, España continúa haciendo cosas de país normal. Llena las playas, protesta por el precio de las terrazas, dice que este calor no es normal y sigue comprando millones de Frigodedos, Magnums y polos de fresa y nata sin necesidad de un pacto de Estado.
A lo mejor la convivencia no necesita grandes discursos. A lo mejor solo necesita recordar que casi nunca preguntamos a quien tenemos al lado qué vota antes de ofrecerle un helado.
Manuel Palomo
Palomos de papelEl país del Frigodedo
Quizá este país real se parezca bastante menos al que describen los algoritmos y bastante más a la cola de un chiringuito