La historia de nuestra profesión está marcada por el silencio. Éramos invisibles para la sociedad porque se nos alentaba a trabajar sin cuestionar ni exigir.
Gestores y determinados colectivos nos veían más dúctiles y manejables propiciando, y perpetuando, una posición de subordinación y dependencia. No querían otra cosa que una excelente mano de obra, barata y voluntariosa, que hiciese mucho y pidiese poco.
Y es que la gestión, liderazgo y toma de decisiones dependía de otras categorías profesionales que se habían visto arrogadas por esta potestad y no querían renunciar a ella en modo alguno, para así poder seguir beneficiándose de privilegios elitistas arrastrados desde el pasado.
Había mucho en juego como para dejar que enfermeras y enfermeros también planteasen sus necesidades y exigiesen mejoras en base a propuestas realistas y factibles. Un contexto opresivo y abusivo que, sin lugar a duda, no solo ha perjudicado a nuestra profesión sino a la atención y cuidados que prestamos a la sociedad y también al funcionamiento del propio sistema sanitario.
Con motivo de la celebración del Día Internacional de la Enfermera (12 de mayo), hemos decidido demoler este muro de silencio construido por intereses sectarios y egoístas, y alzar nuestra voz por nuestra profesión, los pacientes y la sanidad.
“Ya no nos callamos” es nuestro lema este año. Queremos trasladar una actitud activa y poderosa que enfatiza nuestra clara intención de poder alcanzar la posición y puestos que nos merecemos en base a nuestra cualificación, competencias y trabajo dentro del sistema sanitario. No queremos, ni más ni menos, que lo que nos corresponde.
No nos callamos y denunciamos que somos pocas e insuficientes, que nuestra sobrecarga de trabajo es permanente y estructural, y que el abuso de la temporalidad se ha cebado en nuestro colectivo, También trabajamos en entornos inseguros, donde nos agreden, y en los que la conciliación de nuestra vida laboral y personal es casi una “quimera imposible”.
El abandono de la profesión y la emigración laboral a otros países nos parecen, en muchas ocasiones, la única salida mientras constatamos que nuestra salud física, psicológica y emocional se resiente cada vez más por una responsabilidad extenuante que nos obligar a trabajar a turnos, por las noches, los fines de semana y festivos.
Y no nos callamos porque esta realidad que sufrimos tiene graves consecuencias en la atención y cuidados que prestamos a las personas, las cuales constatan que, pese a nuestra voluntad, no damos a abasto en nuestro día a día. Más riesgos, más complicaciones, más efectos adversos, más reingresos… en definitiva, menos seguridad en la asistencia.
Todo ello, además, sosteniendo una casa, la de la sanidad, cuyos cimientos están cada vez más fracturados. Un sistema infrafinanciado, infradotado, descoordinado, ineficaz y discriminatorio que está dirigido por gestores que anteponen, en muchas ocasiones, los intereses de partido a los del bien general. La sanidad, no nos engañemos, se sigue utilizando coma arma de confrontación política sin importar lo que realmente necesita su personal y los pacientes.
En definitiva, en el Día Internacional de la Enfermera, defendemos los cuidados y reivindicamos nuestros derechos. Garantizarlos con los recursos necesarios es asegurar un derecho esencial. Sin condiciones dignas, no hay salud posible ni un futuro mejor para la sanidad, sus profesionales y las personas.