Pisa nos pesa y nos pesará más si no invertimos esta gran bajada en ciencias, matemáticas y lectura. Especialmente grave es el desplome de la comprensión lectora en jóvenes, fundamental para entender lo que se lee y para que puedan aprender, (-45 puntos desde 2015). Se equivoca quien crea que es un problema netamente educativo o cultural, porque el déficit lector genera un efecto negativo en el ámbito económico y social. Los países que menos leen tienen Índices más bajos en Desarrollo Humano (IDH).
Vivimos en un país que lee poco, en una comunidad andaluza que lee menos, (siempre ha ido 4 puntos por debajo de la media española), y en una provincia, Jaén, que está por debajo de Andalucía. Los informes anuales del gremio de editores, realizados mediante encuestas de opinión telefónica, adolecen de cierto optimismo interesado.
No es fácil desenredar un problema sistémico complejo, en el que las medias bajan por muchas causas: herencia cultural del analfabetismo funcional y tendencias tecnológicas vigentes; zonas geográficas y personas con rentas bajas, (familias con bajo índice socioeconómico y cultural, ISEC); casas con pocos libros y municipios con paupérrimas bibliotecas, algunas sin bibliotecarios; centros educativos sin o con Planes Lectores más o menos eficaces; uso y abuso de pantallas digitales desde edades muy tempranas; teléfonos “tan listos” que roban nuestra atención, nuestro tiempo y nuestros datos sin darnos cuenta (scroll infinito), y redes sociales adictivas (X, Instagram, Facebook…); inversión y disgregación de valores humanos; uso inadecuado, (sin esquemas básicos de encaje del conocimiento) de la Inteligencia Artificial, etc. etc. Sin duda, un problema sistémico tan complejo que exigiría, a su vez, una planificación sistémica que nos implique a todos.
Si cree que la culpa es de unos u otros, pero no tiene solución, no siga leyendo. Si controla su atención para leer un texto de más de cuatrocientas palabras, y si tiene una actitud proactiva y social… gracias por seguir leyendo.
Un ejemplo: el diagnóstico de cáncer existe, aunque muchas veces quien lo tiene no lo sepa o, peor, se niegue a tratarlo. No veamos el déficit lector de niños y jóvenes como otro conflicto político más, simplista y arrojadizo entre partidos, sino veámoslo como un grave problema que podríamos intentar solucionar poco a poco, con decidida responsabilidad institucional y colaboración colectiva.
APRENDER DE LAS EXPERIENCIAS
Quienes me conocen saben que es un tema que, como maestro que fui y como editor que he sido, me preocupa y ocupa desde hace más de 25 años. Por eso ejerzo como “promotor social de la lectura”, he dado más de medio centenar de conferencias para fomentarla en entornos locales, mediante Planes Locales de Lecto-Creatividad, he impartido seminarios prácticos sobre cómo Sembrar la lectura con amor en la familia y, en 2009, redacté el I Plan Integral de Lectura y Comprensión Lectora para Alcalá de Guadaíra (Sevilla), bajo la mentoría del filósofo José Antonio Marina, como modelo piloto de referencia para otras localidades.
Un periódico tan respetable como La Vanguardia ha resumido el problema reciente en un titular: “Las claves del fracaso del informe PISA: los alumnos no leen, están menos dispuestos a esforzarse y sucumben al móvil.”
En El Diario.es, José A. Marina pone el foco en las pantallas: “Una parte importante de los déficits de atención que estamos detectando no son trastornos neurológicos, sino educativos. Se nos está olvidando educar la atención voluntaria, y el entorno colabora a esta amnesia”.
En el año 2024 el neurocientífico francés, Michel Desmurget, publicó sus investigaciones en su obra “Más libros, menos pantallas” en el que demostraba rigurosamente que el efecto de las pantallas de móviles, tabletas u ordenadores en los niños estaba influyendo muy negativamente, mediante una reducción de la “lectura por placer” en los jóvenes, la merma consiguiente de su vocabulario y una clarísima bajada en los índices de comprensión lectora en comparación con el anterior informe PISA.
En el año 2022, el divulgador americano Johann Hari demostró el peligro del “scroll infinito” en móviles y pantallas en su libro titulado: “El valor de la atención. Por qué nos la roban y cómo recuperarla”. Denunciaba que los diseños programados de las aplicaciones (apps) y las continuas notificaciones están dirigidas a la captura de nuestros datos, para recabar nuestra información hacia las grandes empresas tecnológicas, efectos que, a su vez, generan la actual “infoxicación” informativa y la polarización social incentivada por los algoritmos.
Al haberse producido una bajada general en los países de la OCDE, parece claro que el generalizado descenso de la lectura en papel incide directamente en la pérdida de vocabulario y en la menor comprensión lectora. Esto tiene una causa reciente que afecta a casi todos los países analizados: el uso y abuso de los dispositivos móviles desde 2015. ¿Podríamos hacer un uso más inteligente de los “teléfonos inteligentes”? Comencemos por no dejarlos al alcance de los bebés, los pediatras recomiendan no comprarles móviles a nuestros hijos hasta los doce años. Frenemos el impacto de las redes sociales hasta después de los 16 años como se está proponiendo en Australia y Francia. Evitemos depender de estos “maravillosos” ordenadores de mano, reservando tiempo para leer en papel y dar ejemplo a nuestros hijos.
UNA CAUSA COMÚN POR LA LECTURA
La lectura en papel aumenta la inteligencia porque desarrolla muchas redes neuronales del cerebro, entrena la concentración y el pensamiento crítico, como confirma la neurocientífica española Nazaret Castellanos, y aumenta el Coeficiente Intelectual, un índice promedio que parece haber bajado también desde hace diez años por el abuso de las pantallas.
Entre 2021 y 2022, Francia declaró la lectura como una gran causa nacional: “leer debe volver a ser uno de los compromisos centrales de todo el país”, proclamó su presidente. Porque la lectura constituye un factor fundamental para el éxito escolar, la integración de los ciudadanos y la eliminación de las desigualdades sociales. Pero, como nos dice Desmurget, “con la escuela no basta, hay que apelar a las familias, a través de intensas campañas de información y sensibilización”. A lo que yo añado, y “de formación”, porque sabemos cómo hacerlo.
Por eso, hace cuatro meses me reuní con el Secretario de Educación del Ministerio, Abelardo de la Rosa, natural de Jaén, y le propuse implementar económica y legislativamente —mediante proyectos ofrecidos en BOE a las comunidades autónomas, quienes tienen transferidas las competencias en Educación—, una línea estratégica prioritaria para formar a madres y padres, con la mediación de las AMPAS y sus colegios, para “sembrar la lectura con amor en la familia”. Un programa metódico por edades con un eje común, entre otros muchos recursos, a través del hábito de contarles cuentos y leerles libros a los pequeños antes de dormir, programa del que le dejé constancia gráfica.
La lectura de ficción acrecienta también el valor de la empatía, tan necesaria en estos tiempos complejos y su déficit, la intolerancia o la demagogia. Un estudio de la cadena de librerías más potente de Alemania (Thalia), en 2018, demostró que “en las regiones que menos se leía crecían las corrientes neonazis y de extrema derecha”.
En suma, los países con índices de lectura más altos alcanzan mejores notas educativas en las prueba PISA y tienen un índice de desarrollo humano (IDH) más alto, así como en sus niveles de integración e igualdad social.
Muchas gracias, si has llegado hasta este último párrafo, amigo lector. Y termino: No solo se trata de “leer por leer”, sino que hay mucho en juego si nos roban la atención y el hábito de “leer por placer”, al que aconsejo dedicarle, al menos, una hora al día. Por eso, le invito no solo a leer, sino a dialogar sobre el tema: ¿Podríamos seguir conversando para actuar en nuestro círculo familiar, escolar, en cada pueblo o ciudad? ¿Podemos actuar en grupo o colectivos quienes creemos en el potencial de la lectura, mientras exigimos un Pacto por la Educación estable y, al mismo tiempo, valoramos, cooperamos y confiamos en nuestro profesorado, restándole tareas burocráticas y dándole más autonomía didáctica?