El bar de la esquina

Antonio Reyes

Al borde del precipicio

Llegó como una lanzada a mis emociones y empatía propias el desalmado desahucio de la malograda Mari Carmen

Entre los miles de asuntos sobre los que puede uno dar la impresión de controlar (icono de la carita llorando con lágrimas), desde hace años tengo el tema vivienda a la cabeza de mis preocupaciones con respecto a toda nuestra sociedad. Llegó como una lanzada a mis emociones y empatía propias el desalmado desahucio de la malograda Mari Carmen.

No voy a entrar en la respuesta ciudadana, mostrando el hartazgo de miles de personas que asumen como propia la derrota social de este país con la vivienda, tanto a la hora de acceder a una como lo fácil que resulta a toda la estructura poner de patitas en la calle a personas vulnerables, porque me emociona haberlo visto. Así que, por obligación moral como alguien que tiene la suerte de tener un techo digno bajo el que vivir, hoy dirijo mi diana hacia esa gente que… Espera un segundo, que ya está bien de esquivar la palabra adecuada. «Gente» no, basura humana, seamos exactos. Sigamos. Esa basura humana que muestra tanto odio y desprecio hacia quienes queremos una vida digna para el mayor número de personas posible.

Cuando miles de personas salen a la calle a pedir derechos sociales, mejor sanidad, educación, acceso a una vivienda y otras cosas de comunistas y perroflautas, ¿qué sucede en la mente de los del otro lado para pensar que esos derechos solo los quieren para los que piensan como ellos y no para todo el mundo? Es habitual, por desgracia, que las tristemente caras conocidas llenen espacios televisivos o de prensa para soltar sus vómitos contra todo lo que no sean las bondades del liberalismo. «Prioridad nacional», «a tu abuela le niegan una pensión digna mientras a los menas les dan paguitas», «viejos que han tenido toda una vida para ahorrar y quieren vivir en los mejores barrios»…



Estos eslóganes demuestran que han hecho un buen trabajo con nosotros, porque damos por bueno que solo quienes se lo pueden permitir tienen el derecho divino de vivir en las mejores zonas. ¿En serio? Es cierto que por una simple cuestión de física, no podemos meter a toda la población de una gran ciudad en el mismo barrio. Recuerdo cómo hace tiempo aceptábamos que un piso fuese más caro que otro simplemente porque estaba al lado o cerca de un El Corte Inglés, como si eso fuese tener la vida resuelta. ¿Por qué no es más caro si está al lado de un hospital, un centro de salud, un colegio o una biblioteca? ¿Qué tiene esa gran superficie para elevar el precio de una vivienda? Pero el problema de raíz es ese mismo, el hecho de aceptar que como no somos hijos de un magnate, solo podemos vivir en el extrarradio de las ciudades, que nuestra vivienda tenga un toldo verde y dejar las zonas nobles solo a la gente de pasta.

Entre todo este sunami que provocó Mari Carmen, me faltaban personas que saliesen en su defensa. Quienes semanas antes se manifestaban por lo ocurrido en Ceuta, los de la dictadura comunista que nos somete y tal, mientras tanto, España se rompe desde dentro, no por los que vienen escapando del horror, sino por los invasores que llegan con la cartera llena de oro y les vendemos lo que antes fue pagado con dinero de todos, en este caso, viviendas de protección oficial. ¿Nadie cae en este pequeño detalle? Claro que España se vende, vaya que sí. Se vende, se alquila y se desahucia, porque a ver si va a resultar ahora que todos vais a querer una casita para dormir en paz, so pobres, que sois todos unos muertos de hambre. 

Es inquietante cómo atacamos a personas que no se pueden defender y hacemos propios los mensajes de quienes viven cómodamente, esas personas que no tardan en soltar cosas como «los pequeños propietarios», «lo que tengo me lo he ganado solo»… Los pequeños propietarios no son el problema porque siempre han existido. La plaga son los fondos de inversión que, gracias a la falta de políticas sociales dignas en temas de vivienda en España y la barra libre que se les ha montado, mojan la cama cuando piensan que aquí se les deja hacer lo que quieran. Pero tranquilos, que todos los ultras patrios que quieren tanto a sus conciudadanos españoles y muy españoles saldrán en nuestra defensa, porque, ¿qué mejor momento que este para demostrar el amor a la patria y la gran defensa de la españolidad en vena que llevan? Ultraespañoles que odian a los españoles más necesitados. Este es el nivel al que nos enfrentamos.

No es complicado pensar que todo este ejército armado hasta los dientes de odio, forma parte de ese liberalismo que riega con pasta gansa a los listos, los que no están en el frente de batalla. Mandan a los lápices menos afilados del estuche a hacer el trabajo sucio, a los «Mocito feliz» micro en ristre y camisetas negras para provocar lo que llevan años buscando: que el Estado no intervenga en sus planes de negocio sin tener en cuenta a las personas. Lo comenté hace poco al leer una noticia, comparándola con una escena de V de Vendetta. Era algo así: «Llevan tiempo buscando un detonante para dar rienda suelta a sus planes, una chispa que lo prenda todo». Este es el mayor riesgo al que nos enfrentamos. El sector ultra, escondido en sus madrigueras pero arropados por prensa y descerebrados, están buscando ese «algo», un incidente. Desgraciadamente, no será nada amable, sino lo adecuado para abrir las puertas del infierno y devolvernos a la edad de piedra. Ochenta años atrás, para entendernos. Y, sí, ese incidente puede ser sangre en una acera.  

Todavía estamos a tiempo de elegir qué bando preferimos. Pero antes de dar ese paso, pensemos sobre lo que estamos hablando: la vivienda. Tú, que tienes en tu cuenta menos dinero que Mari Carmen y que desprecias a quienes se movilizan por solidaridad con los más necesitados y el futuro de la juventud, quizá deberías pensar en cómo se enfrentarán tus hijas mañana a este problema. Así que escucha las reivindicaciones de las plazas, porque por mucho que los llames perroflautas, comunistas, guarros o lo que sea, estas personas están haciendo más por ti y tu prole de lo que, posiblemente, hagas tú en toda tu vida.

Ya nos veremos, Mari Carmen. Espero poder contarte que este país ha cambiado su forma de entender el mundo y que hemos conseguido parar los pies a este liberalismo tan salvaje que tanto daño nos hace como sociedad.