El bar de la esquina

Antonio Reyes

¿Personas?

Soy de los que piensa que la naturaleza hará el trabajo sucio en las economías más potentes

Existe un rasgo extraordinario en la mayoría de personas que define muy bien el camino que deberíamos seguir para no desfigurar, precisamente, esa palabra: persona. Porque son muchos los rasgos excepcionales que nos definen, o que nos deberían definir: bondad, empatía, benevolencia, colaboración, generosidad, honradez, respeto… Por el camino, la sociedad actual está tirando por la borda muchos de estos, pero nuestra obligación ante el nuevo panorama, orientado a destruir a quienes siguen en su día a día una ideología, que la mayoría de veces no depende de un pensamiento político, pero que sí se acerca a unos y se aleja de forma voluntaria de otros, es luchar por mantenerla por el bien común.

¿Qué está ocurriendo para que la ola que intenta derrumbar un mundo más justo y humanitario esté triunfando? Las políticas ultras ganan terreno a otras que buscan salvar vidas, siempre con las excusas de «proteger nuestras fronteras», «integridad nacional» o «no hay barra libre para todos». ¿Por qué el racismo y el odio al pobre crece como la mala hierva? Es más, ¿por qué personas que no tienen ni donde caerse muertas han abrazado ese ideario? Básicamente, porque los dirigentes de los países desarrollados han dejado de lado las políticas sociales, abrazando al enemigo silencioso que hemos hecho nuestro compañero de viaje: el capitalismo y su ente fantasmagórico, el mercado, que ven estas políticas como un gasto excesivo imposible de mantener. Vamos, que todo lo que no sea negocio para ellos y sus contactos es despilfarro. Y esto, queridas, es lo que de verdad nos afecta a todas. Porque el estado actual de la sanidad pública o la educación, es consecuencia de ese pensamiento de que no todo puede ser gratis.

Nosotros, a seguir los pasos que nos marcan. Cansa escribir siempre sobre lo mismo, pero hay que seguir en la brecha o terminaremos comiéndonos unos a otros sin saber qué nos lleva a tanta y tanta dentellada sin sentido. Que nos dicen que por nuestras fronteras solo entran terroristas o niños en edad militar, nos lo creemos. Que nos dicen que las personas ilegales se llevan todo el dinero de nuestra sanidad y educación en paguitas, nos lo creemos. Que nos dicen que nos invaden por todos lados sin que nadie haga nada, nos lo creemos. Seguramente, coincidiremos todos en que los movimientos de personas por todo el mundo debe tener un control, hasta aquí bien, pero llegar al punto de ver cómo hay quien se lanza a los brazos del mar o se pega meses huyendo de la miseria, guerras o abusos en sus países de origen y pensar que, poco menos, lo hacen por gusto, es tan horrible como rastrero. Pensamientos reduccionistas que nos alejan de la definición de persona.

¿Qué tipo de miedo tenemos pues a estas personas que están dispuestas a morir por el camino para venir a España, Italia o cualquier otro país? ¿Qué hace Europa en este asunto? ¿Por qué no se intenta zanjar el tráfico de personas en los países de origen? Hay quien dirá que por mantener «buenas relaciones internacionales con estos países», pero la realidad es que son estos territorios los que facilitan el éxodo. Les abren las puertas, porque a pobre que huye, puente de plata y evitar así posibles revueltas exigiendo mejores políticas en sus territorios.

He visto cómo currantes normales, clase trabajadora que ni tiene ni tendrá nunca lujos, se quejan de que pobres muertos de hambre y sin futuro, hagan lo indecible por intentar cambiar de vida y piden a gritos que los echen a patadas de aquí. Estos gestos y manera de pensar, están haciendo crecer un sentimiento patriótico muy peligroso, porque se empieza odiando al pobre y se continúa odiando al vecino que no piensa como tú. Ciertos partidos tienen la gasolina, nosotros la cerilla que prende la llama. Han sabido mojarnos a todos con el combustible del desprecio y el odio visceral sin darnos cuenta de que su estrategia nació hace tiempo y ha ido triunfando a base de hacer fracasar las políticas nacionales, ya que era la única forma de que su plan llegara a buen puerto. Es lo mismo que se hace cuando las grandes empresas entran en lo público: hacer fracasar la gestión pública a posta y lo vender lo de todos diciendo que solo lo privado podrá ayudarnos. De nuevo, el capitalismo y quienes quieren sacar tajada, sean empresarios o politicuchos de tres al cuarto que sueñan con tocar pelo, ganan la batalla ante nuestra ignorancia y permisividad.

Detrás del racismo, xenofobia y aporafobia, se esconde el no derrochar ni un euro público en ser mejores personas, porque el capital no entiende de benevolencia. Todo lo que no tenga un rendimiento económico se ignora y se destruye, no vaya a ser que mañana vuelvan a pedir ayuda. Porque «si no tienen una vida mejor, es porque no se lo han ganado ni han luchado para que así sea», como dicen muchos de esos influencers que llenan sus redes de maldad y de los que nuestros jóvenes beben, creyendo que es cierto lo que vomitan.

El tiempo pondrá a cada uno en su lugar. Yo soy de los que piensa que la naturaleza hará el trabajo sucio en las economías más potentes. Aquí, por ejemplo. Cuando el calor apriete en la mitad sur del país, cuando el agua escasee, cuando los cultivos no produzcan como se espera, empezará una migración hacia el norte de España. ¿Nos acogerán los cántabros, vascos, gallegos o asturianos a tantas personas? ¿Dónde nos meterán a todos? ¿De qué trabajaremos? ¿Nos atenderán en su centros de salud o dirán que no hay recursos para todos?

Imaginad un mar entre vuestros hogares y el lugar de destino que elijáis y una mala barca hecha polvo para deplazaros. Ahora pensad que los españoles del norte empiezan a decir que son las mafias las que nos llevan a sus puertas a consumir sus escasos recursos. Duele solo pensarlo, ¿verdad? Ese realismo ingenuo, sesgado por la influencia de los malos, es una fábrica de odio sin sentido ni humanidad, porque detrás de cada persona y su situación límite, hay muchas más razones que explican sus movimientos desesperados.

No es ninguna locura lo que estoy diciendo, porque la realidad nos demuestra lo contrario. Observad lo que ocurre en iuesei. Ciudadanos anónimos armados hasta los dientes con armas semiautomáticas que se echan a la calle a «defenderse de los invasores» sin que la policía les diga ni media. ¿Acaso es esto racional? El éxito de las políticas reaccionarias ha tenido éxito. Plantaron la semilla del odio y ha brotado sin regalarla demasiado. Porque así es el guion: crea un enemigo que no existe, riégalo con miedo, odio y desprecio, y listo, ya tienes a todo un ejército de descerebrados ansiosos por hacer la guerra por su cuenta, violentos que han perdido el miedo y la vergüenza a decir lo que realmente son.

Con todo esto, somos muchos los que nos planteamos abandonar ese nido de mentiras y manipulación cognitiva que son las redes sociales. Mucha gente pensará que no, que hay que seguir ahí para luchar contra tanto odio y desconocimiento, a pensar que eso, el conocimiento, va más rápido que la gente y por eso nadie lo alcanza. El hartazgo es tal a todos los niveles geográficos, que empieza a darme igual por dónde estalle el panorama. Pero puede que ese sea el gran objetivo final de muchos, que el resto baje los brazos y ellos tengan vía libre para sus objetivos, que para nada son cuidar de la gente.

Pues en esas andamos. Nos estamos convirtiendo en otra cosa a la que la palabra «persona» le viene grande. Somos demasiado pequeños para asignarnos el significado tan grande de algunas palabras que ni siquiera nos rozan.