Europa se está convirtiendo en algo extraño, mutante, en cal hoy y arena mañana, pero, sobre todo, en la prueba evidente de que los Derechos Humanos no parecen ser motivo suficiente en el Parlamento Europeo para meditar bien las políticas migratorias que se están desarrollando. Antes de continuar, y para quienes no lo sepan, porque lloricas estamos muchos cuando Europa toma alguna decisión en el sector que sea, sobre todo en el agrario, que tanto revuelo forma siempre, cabe recordar que es la derecha la que gobierna desde su existencia las políticas continentales, así que nadie distraiga la atención para otro lado.
Con esta introducción de tintes kantianos, me refiero a las últimas noticias sobre la creación de los llamados «centros de retorno» en países extracomunitarios para deportar a inmigrantes ilegales. Este plan lo comenzó Georgia Meloni cuando creó los primeros centros en Albania, curiosamente, y luego os explico por qué, para echar de Italia a aquellas personas que estuviesen de forma ilegal en el país. Vamos, vertederos humanos para depositar a las personas que sobran, una especie de centro de reciclaje de carnes y huesos, despojos humanos, personas defectuosas, eso es lo que son para cada vez más países. Y cuando uno ve que el país desde donde se desarrolló el cristianismo, pues más le hierve la sangre. Pero bueno, los tiempos cambian y los modelos de fe también. Volvamos a Albania, que os va a gustar la explicación cuando os decía que allí instaló Italia los primeros centros para inmigrantes ilegales.
En 1991 llegaban a las costas de Brindisi (Italia) veintisiete mil albaneses que huían de su país por culpa de una grave crisis económica tras la caída del muro. Quien tenga buena memoria, recordará la imagen famosa de un barco a rebosar de personas hacinadas como cerdos en un camión y del muelle en iguales condiciones. Fue el resultado de una crisis humanitaria terrible. Ver cómo miles de personas se jugaban la vida para salir de su país conmovió a la opinión pública. En aquellos días, muchas personas abrieron sus casas y los brazos para ayudar ante tal despropósito. Con los años, la comunidad albanesa, unas quinientas mil personas, forma parte del tejido social italiano.
¿Sirve esto ahora para entender por qué Albania no puso impedimentos para que Italia crease en su territorio esas cárceles para inmigrantes? ¿Qué hubo en la cabeza de sus gobernantes para no recordar lo ocurrido en Brindisi? ¿Los inmigrantes de hoy, que huyen de los mismos horrores que los albaneses de ayer, tiene menos valor como personas que las que llegaron a la costa italiana en barco? La respuesta es que sí, valen mucho menos.
Pues parece que Europa está siguiendo la estela de Meloni y sus centros. La nuevas políticas europeas contra la inmigración ilegal se endurecen a pasos agigantados. Alemania, Países Bajos, Austria o Dinamarca, ya estudian la creación de nuevos centros fuera de Europa para deportar al instante a inmigrantes ilegales, sea cual sea la razón por la que salieron huyendo de sus países. Ruanda suena como uno de esos territorios que estaría dispuesto a permitir tal barbarie. Ruanda, sí, el mismo país africano (cuanto más lejos de Europa, mejor) que sufrió un terrorífico genocidio y tierra de grandes señores de la guerra.
¿Qué le está pasando a Europa? ¿Qué ocurre para que el odio y el desprecio por los Derechos Humanos esté a las puertas del Parlamento de todos? ¿Valen más unas vidas que otras dependiendo cuál sea su lugar de origen o cuenta bancaria? Hay que ver cuánto miedo y desprecio provocan quienes huyen del hambre y de una muerte casi segura y qué poco interés generan los fondos de inversión que están echando a la calle a miles de personas en España, ciudadanos europeos de nacimiento con todos los derechos inalterados. ¿También crearemos rediles para esos mayores que se ven en la calle de un día para otro? ¿A dónde los llevaremos, a Benidorm, a Fuengirola o a Etiopía? ¿Y las familias con niños pequeños a las que han dejado sin vivienda qué, a un gigantesco Chiqui Park en las montañas del Atlas marroquí?
De nuevo, el cine nos pone delante de lo que ayer era ficción. Estamos viendo en casa una serie que llevaba tiempo en mi lista, The man in the high castle (El hombre en el castillo para los españolitos). Es una distopía que cuenta cómo hubiese sido si los países del eje hubieran ganado la II guerra mundial. Es acojonante cómo la realidad se acerca de manera incontrolada a lo que se cuenta en muchas series del mismo estilo. La raza, el papel terciario de la mujer, la sumisión al líder y el exterminio ligero de todas persona que no asimile el nuevo orden.
Podríamos decir lo mismo con El cuento de la criada. Quien no vea lo que está ocurriendo es porque, o es ciego, o quiere que de verdad ocurra lo que en la gran pantalla. La deriva extremista a la que nos dirigimos sin control, evangelistas acosando a viajeros en el metro y reunidos para rezar en el despacho oval in the white house… Es como la escena de The Ring, cuando la chica sale del pozo y atraviesa la pantalla de televisión y llega al mundo real. El odio al pobre, al diferente, al que sufre, al extranjero, a la mujer, ha destrozado la barrera de la teoría y está forjando sus cimientos por todo el mundo con el beneplácito general.
No soy hombre de plegarias ni de rezos, pero si de verdad se espera una nueva venida de Cristo, tengo mis dudas. Podrían pasar dos cosas. La primera, es que pusiera en su sitio a tanto y tanto falso católico que solo busca fama, dinero y poder. La segunda, sobre la que no tengo ni una duda, es que vuelva a ser crucificado por las mismas personas que ahora le rezan.
O lo que podría ser más significativo, que termine en un centro de retorno, esas magníficas cárceles para inmigrantes que Europa está diseñando para pobres, muertos de hambre y de miedo. De todas formas, me queda algo de esperanza al pensar que esa asociación.