Según el Diccionario de la RAE, zasca es “respuesta cortante, chasco, escarmiento”, es decir, algo que podría cuadrar con lo que el 2 de octubre pasado, ocurrió en la sesión plenaria del Congreso de los Diputados. El partido de Puigdemón, Junts, dio un pedazo de zasca al Gobierno cuando, después de haber negociado hasta última hora y promovido cambios en la letra del decreto “Maricarmen”, votó en contra y permitió que no se aprobara la norma. Eso sí es un zasca estratosférico que, tal como están las cosas, seguramente necesitaría como respuesta de otro zasca galáctico, por decir algo.
Convocadas ya elecciones generales para el 29 de noviembre y atisbando lo que se avecina, esta mañana, arropado por la incertidumbre que se ha instalado entre nosotros, me he sentado en mi sillón de pensar para recordar lo que Antonio Machado escribió en el prólogo de la segunda edición de “Soledades, Galerías y otros poemas”. Era abril de 1919: “Pero amo mucho más la edad que se avecina y a los poetas que han de surgir, cuando una tarea común apasione las almas”.
Los políticos, que parecen haber nacido para vivir en tiempo permanente de elecciones y cada vez gestionan menos y peor, se están preparando para una campaña electoral y, antes, para una precampaña que será larga, dura, llena de insultos y, probablemente de despropósitos; recurrirán -ya lo veréis- a la IA para lanzar eslóganes sin fin y redactar sus propuestas/programas (¿los escriben todavía?), para zaherirse y para disputar con malas artes los apoyos que necesiten. Y nos espera a los sufridos ciudadanos un tiempo difícil, entre otras razones porque hemos de aguantar (y no hay otra) mítines, propaganda electoral en todos los medios, discursos a todas horas, entrevistas mil, propósitos engañosos, mentiras piadosas y falsas promesas que nunca se cumplirán. Los representantes de todos los partidos nos van a llenar los oídos de propuestas y futuribles sobre temas y asuntos que les interesan a ellos pero no a los ciudadanos. Los votantes queremos una tarea común que les apasione, propuestas ciertas y factibles que nos acerquen, precisamente, al bien común, es decir, a la satisfacción de las necesidades humanas. A eso aspiramos y dudo que los políticos se den cuenta.
Plutarco recuerda en “Consejos a los políticos para gobernar bien” que el Rey de los persas tenia encargado a uno de sus chambelanes para que, por la mañana, entrara en su habitación y le dijera: “levántate, mi Rey, y piensa en los asuntos de los que el gran Oromasdes ha querido que tú te ocupes”. Y Plutarco nos cuenta que, más allá de lo que el dios supremo Oromasdes quiera, “la voz que siempre le dice y recomienda esto resuena dentro del gobernante instruido y sabio”. Pero en estos tiempos muchos mandamases no necesitan que nadie les recuerde nada; se bastan a sí mismos para saber lo que tienen que hacer y, claro, así nos va. Sus “influencers” no son personas normales, sino consejeros sabelotodo que cobran por asesorar sin percibir que hacer política no es pensar en las próximas elecciones sino en las próximas generaciones.
España es una suma de ciudades y de países/regiones que merecen la pena y, precisamente por eso, prefiero imaginarlas como realidades donde, sin estorbarse, se conjugan los valores que las impulsaron y les dieron carta de naturaleza, la historia que las ha hecho grandes y sus portentosos monumentos con hermosos paisajes urbanos habitados por gentes de cualquier clase y condición que sueñan y trabajan cada día por un mundo mejor, más solidario y justo, sin corrupción ni desigualdades hirientes, y con ciudadanos que persiguen la utopía para seguir avanzando. Frente a esa negación enfática, rotunda y coloquial que representa el “tararí que te vi” de nuestros políticos, con el que incumplen sus obligaciones y se desentienden, imagino una Sociedad Civil comprometida y pujante, sabedora con Platón, de que aprender es recordar, un principio que han olvidado nuestros gobernantes.
Mi amigo Salvador, que es un hombre sabio, dice que cuando transitamos por el otoño de nuestra vida somos más benévolos con los errores de nuestros semejantes. A mí, en edad provecta, me pasa, pero hasta aquí hemos llegado: tengo el pálpito de que algo va a suceder y de que debemos ser exigentes con lo que hacen/no hacen los políticos, españoles o extranjeros, tanto da, prisioneros de sí mismos y del llamado relato, es decir, de construir(se) una “historia” que les procure réditos electorales. Y con honrosas excepciones, esas manos y esas mentes son las que nos gobiernan.